Pasión de historia

Walter Tull, jugando a la contra

Futbolistas atacados, insultados y discriminados por ser negros, pero que luego son utilizados por los países colonialistas como carne de cañón. A veces literalmente.

Walter Tull.

Walter Tull.

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Lilian Thuram se convirtió en ‘negro’ a los 9 años, cuando llegó a París procedente de Guadalupe. A partir de ese momento su identidad se redujo al color de la piel. Lo cuenta en su último libro ‘La pensée blanche’, donde reflexiona sobre las categorías raciales en Europa. El volumen aparece justo cuando en Francia se denuncian acciones de brutalidad policial contra colectivos racializados y cuando el estadio del PSG ha sido escenario de un nuevo episodio de racismo. En este caso un árbitro utilizó el término ‘negro’ para señalar el senegalés Pierre Webó. Por desgracia no será el último caso de un comportamiento que existe desde que el fútbol es un deporte de masas y que tiene episodios tan impresionantes como el de Walter Tull.

A pesar de haber nacido en 1888 en Inglaterra, sus raíces son muy similares a las de Thuram. Si el francés es originario de Guadalupe, el padre de Tull lo era de la isla vecina de Barbados. Procedía de una familia de esclavos africanos obligados a trabajar en las plantaciones antillanas, y cuando se abolió la esclavitud decidió irse a la metrópolis, donde fue carpintero de una naviera. Poco después se casó con Alice Palmer. A su quinto hijo le pusieron Walter, que al igual que Thuram, también vivió un momento durísimo a los nueve años: quedó huérfano y fue mandado a un hospicio.

Elogios de la prensa

Allí, mientras aprendía el oficio de impresor, pasaba las horas muertas jugando al fútbol, y lo hacía tan bien que acabó fichando por el Clapton FC. Desde su posición de centrocampista y delantero, Tull fue uno de los artífices de la buena campaña de aquel club. Su actuación no pasó desapercibida y el Tottenham Hotspur, que acababa de subir a primera división, lo fichó. Tenía 21 años y se convertía en el primer futbolista de campo negro de la máxima categoría inglesa.

Antes de empezar la liga, la formación hizo una gira por Argentina y Uruguay y por su calidad con el balón, fue uno de los más elogiados por la prensa local. Parecía llamado a triunfar, pero tras ser titular en los dos primeros partidos de liga, fue enviado al equipo suplente. Nunca se sabrá si el hecho de ser el único jugador no blanco fue motivo de discriminación, pero sí se tiene constancia de que recibía insultos en muchos de los campos donde jugaba.

Restitución

Si ahora conocemos la historia de Tull es gracias a historiadores como Phil Vasili, que durante los años 90 investigó su caso. Desde entonces, todos los clubes donde estuvo vinculado le han hecho homenajes. Además, se han editado libros, rodado documentales e incluso en 2018 el servicio de correos le dedicó un sello.

En 1911, el Northhampton Town no dudó en rescatarlo del ostracismo y lo incorporó a su plantilla. En los primeros 12 partidos consiguió nueve dianas. Tull estaba llegando al punto álgido de su carrera y el Glasgow Rangers inició conversaciones para ficharlo, pero los acontecimientos le obligaron a vestir otro uniforme: el de soldado británico para ir a luchar en la Primera Guerra Mundial.

Como tantos otros cientos de miles de hombres, fue enviado a las trincheras de Europa, sepultadas de barro, pulgas y ratas; donde estaban obligados a pasar días y noches con frío y calor, viendo morir a muchos de sus compañeros. Sin embargo, Tull siempre mantuvo su talante educado y generoso. Esto le hizo ganarse el respeto de sus compañeros y conseguir algo aparentemente imposible: ascender a subteniente. Según el reglamento del Ejército británico solo podían ser oficiales los descendientes puros de europeos. Tull rompía otra barrera.

En tierra de nadie

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En 1917, aprovechando una estancia formativa en la academia militar de Glasgow, firmó un precontrato con los Rangers, con la idea de jugar allí al terminar el conflicto. Pero nunca pudo vestirse la camiseta escocesa.

En 1918 su batallón, que ya había vuelto a primera línea, fue enviado a la zona de Calais para detener una ofensiva alemana. La táctica era sencilla: los soldados salían de la trinchera, corrían a campo abierto e intentaban matar al enemigo antes de que el enemigo los matara a ellos. El 25 de marzo Tull no lo consiguió y una ráfaga de ametralladora lo fulminó. Su cuerpo quedó en tierra de nadie entre las dos líneas de fuego y, por más que lo intentaron, sus hombres no pudieron recuperar el cadáver. Fue uno de tantos soldados que no recibieron sepultura y muy pronto su historia comenzó a ser olvidada. Tendrían que pasar 70 años para que alguien le hiciera justicia.