30 nov 2020

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ASUNTOS PROPIOS

Oliver Laxe: "Se impondrá el amor y punto"

La pandemia, su refugio en Os Ancares y un desprendimiento de retina han permitido al director de 'O que arde' filtrar lo esencial

Núria Navarro

Oliver Laxe: "Se impondrá el amor y punto"

Lejos de la urbe –y del cataclismo de la cultura–, en la silvestre Os Ancares, en Galicia, el cineasta Oliver Laxe (París, 1982), autor de la exquisita 'O que arde', tres veces premiado en Cannes, tiene una perspectiva singular de este año inclemente. Reforzada, quizá, por un inesperado desprendimiento de retina que le obliga a tener la cabeza gacha.

  

-¿Precisamente los ojos? ¿Usted?
-El guion del mundo está bien escrito. En una comida, hace dos semanas, le dije a una compañera: "Quiero matar al artista que llevo dentro". Y, pam, tuve el desprendimiento. ¿Y sabe cómo se cura? Manteniendo la cabeza agachada. [Ríe] Tengo que 'humillarme', a lo mejor porque no lo hice lo suficiente.

-¿Quiere matar al artista, dice?
-El arte es una herramienta para ser una persona más libre y soberana, pero las hay mejores. A veces, más que emanciparte, te aprisiona. Hay mucho ensimismamiento.

-Usted mira desde otro lado.
-Quizá la clave de mi mirada está en que he guardado la inocencia. Soy fuerte como un guerrero de las montañas de Os Ancares, pero esa fortaleza protege mi fragilidad y mi pureza. A los 38 tengo la inocencia de un niño. 

"Soy fuerte como el guerrero de las montañas de Os Ancares, pero a los 38 años tengo la inocencia de un niño"

-Podía no ser así. Vivió en París hasta los 6 años, pasó otros 10 en Marruecos.
-Soy un hijo de la modernidad, pero tuve la suerte de tener un pie en la tradición. Mi madre era portera en el distrito XVI, el más rico de París, donde trabajaban la mayoría de emigrantes gallegos, pero los veranos íbamos a aldeas que vivían en la Edad Media, sobre todo en los valores. Ver a la abuela llevar un cesto en equilibrio sobre la cabeza era un 'shock'. Y yo sigo ahí.

-Literalmente. Lleva un año en el pueblo.
-¡No te puedes permitir no vivir en el campo siendo gallego! [Ríe] Siento que estoy de vuelta a casa. Tengo mis cabras, desbrozo caminos. La naturaleza te pone en tu sitio. Eso sí me hace libre.

-¿Le incomoda la modernidad?
-No. Hubo épocas en las que sentí desarraigo. Pero cuando maduras te das cuenta de que la libertad es interior. No es una cuestión de clase, ni género, ni etnia. Ya no cometo el error de proyectar hacia fuera problemas que me pertenecen a mí. No echo la culpa a los padres o al Gobierno. El mundo que tenemos es el que proyectamos. Yo lo que quiero es vivir rodeado de belleza de la manera lo más radical posible. 

-¿Dónde está la belleza?
-En el momento en el que el amante, el amado y el amor son una sola cosa. En la comunión. Cuando eso sucede, no divides, ya no estás en el lenguaje. Es un calentar las manos en el fuego. Por eso creo que estoy en el camino de dejar de necesitar el bastoncito del arte.

"Ya no cometo el error de proyectar hacia fuera problemas que me pertenecen. No echo la culpa a los padres o al Gobierno"

-Dejaría muchos huérfanos.
-Mis películas no son tan importantes. Yo no idolatro al arte, no es un dios. No me surge la necesidad de hacer una película para contar algo que yo necesite entender. Y si surge, mi horno es de leña. Lo que sí tengo son ganas de compartir mi 'casa'.

-He oído que quiere montar un Proyecto Hombre para artistas neuróticos.
-[Ríe] Quiero crear un centro de desarrollo rural para revivificar el valle, porque quiero vivir en él. Y quiero compartir un espacio de desaprendizaje, de vaciado. Tenemos demasiado mundo interior, estamos demasiado en la cabeza. La sociedad venera a la personalidad –palabra que viene de 'máscara'–, que tapa la inocencia. Es el problema que veo en muchos artistas. Me interesa la esencia.

Oliver Laxe, antes de la pandemia. /josé luis roca

-¿Contará eso en el taller de Notodofilmfest, la próxima semana?
-Invitaré a simplificar la mirada.

-Simplifique este año que vivimos.
-El campo es determinista. Yo lo soy. Soy un 'believer'. Con todas las paradojas, las cosas pasan por algo. Detrás de las crisis hay mucha verdad.

-¿Qué verdad ha aflorado?
-No había que ser muy lúcido ni intuitivo para saber que esto iba a suceder. El coronavirus llegó al campo hace años. La muerte está ahí siempre. Estamos en un momento de cambio muy profundo y han caído las primeras fichas. Por algo será y así tenía que ser. Ahora mismo estamos en una centrifugadora, muy agitados, pero se está separando la pureza de las impurezas.

"Estamos en una centrifugadora,
muy agitados, pero se está separando la pureza de las impurezas"

-¿A qué impurezas se refiere?
-Vivimos con el culo en dos sillas. Tenemos una manera de sentir y otra de obrar. Como no somos disciplinados, la vida hará que cambiemos. Tenemos una manera de pensar dialéctica, excesivamente racional, muy política, que divide no que re-liga, que no es femenina. La independencia está dentro de nosotros.

-¿Olfatea qué vendrá?
-El artista es como esos elefantes que sintieron el tsunami antes de que llegara y subieron a las montañas. Sinceramente, creo que se impondrá el amor y punto.

-Eso es esperanza.
-No me gusta hablar de esperanza, porque es como un deseo que proyectas al futuro y puede frustrarte. Yo estoy más en el corazón que en la cabeza. Eso hace que vea el futuro con mucha paz.

-¿Se atreve a esbozar un guion del momento?
-A mí me ha operado un cirujano de 31 años. ¿No es conmovedor? Lo que más admiro en la vida son los que trabajan vocacionalmente. Así que haría una peli sobre gente que en momentos muy exigentes no toman el camino fácil y son capaces de mantener el control.