Que no pare la música

Cuando las luces se apagan

Roger Puiggener, titán de la iluminación de conciertos, combate la crisis de espectáculos y eventos desde su estudio-búnker en la calle Aribau

 Roger Puiggener, técnico de iluminacion y sonido de conciertos, en su estudio.

 Roger Puiggener, técnico de iluminacion y sonido de conciertos, en su estudio. / FERRAN SENDRA

Se lee en minutos

Jordi Bianciotto

Cuando, siendo un quinceañero, Roger iba a ver a uno de sus ídolos del rock, al terminar el concierto no tenía prisa por marchar, sino que se quedaba embobado viendo el vaivén de operarios que, como un ejército de hormigas, procedían a desmontar el escenario pieza a pieza. “Ahí seguía, fascinado, hasta que me echaban. Grupos como Queen, con ‘A kind of magic’ y aquel despliegue de logística”, se relame todavía este avezado técnico iluminador, que dedica su vida a la música desde un encuadre distinto, pero no menos poético: la danza de los reflejos y los colores, que envuelve cada canción de un aura.

Roger Puiggener iba para percusionista, pero un anuncio de la sala La Scala cambió su vida. “Pedían un batería, pero luego añadieron un detalle: ‘por cierto, también tendrás que llevar el cañón de luz’”, rememora. Ahí se abrió un camino que le llevaría a hacer de la iluminación de espectáculos su modo de vida, ampliado más tarde con las tareas de producción. Con Roger han trabajado desde Els Pets hasta Estrella Morente, y Van Morrison, y Kylie Minogue, y La Fura dels Baus se lo llevaron a Australia y a Argentina. Ejerció en el primer Doctor Music Festival, y más recientemente, en el Cruïlla. Y es el director técnico del Sónar+D. “Eso me da trabajo para medio año”. Cuando no hay virus, se entiende.

Para el 'momento Nescafé'

La luz debe ser “un músico invisible”, juzga, y hay que diseñarla estudiando las canciones, con sus altos y sus bajos. Pero, aunque el estudio de Roger en la calle Aribau, ocupado por ordenadores, aparejos tecnológicos y planos jeroglíficos, haga pensar en un búnker de la CIA, todo puede ser más simple y llano. “Escucho y tomo notas: ‘este clima es ‘tipo James Bond’, o si es una canción lenta apunto ‘momento Nescafé’, y sé que la iluminación será suave y azulada”. Él ya se entiende. Los colores y sus códigos. El verde “parece que esté prohibido en los conciertos”, impugna. Y el blanco, “con todas sus tonalidades”, le da juego.

Disfruta hablando de los artistas que han innovado: Genesis, con sus giras de los 80, bautismo de los Vari-Lite, focos robotizados. Y Peter Gabriel, a quien fue a ver a Milán, por puro deleite, en el 25º aniversario de ‘So’ (2013). A veces, el efecto más impactante es el más sencillo. “En las tres primeras canciones de Gabriel, las luces del pabellón estaban encendidas, y al apagarse se creó un vértigo, con la gente gritando ansiosa”, relata Roger. “Ahí había magia”.

Vínculos de confianza

Te puede interesar

Embolados de alto octanaje y fallas que se queman esa misma noche, pero también largos vínculos con artistas selectos, como Maria del Mar Bonet, a quien arropa lumínicamente desde el 2004. “Establecer una relación así es muy especial, y yo todavía necesito estar en un teatro cuando se apagan las luces y emocionarme”, confiesa Roger Puiggener, que ve ahora como su mundo va a cámara lenta, lentísima, por causa del covid-19.

O algo peor: el trabajo de ferias y congresos, otra pata de sus ingresos, se ha desmoronado. “Veo a compañeros que buscan trabajo en la informática o en los rodajes de series”, indica Roger, que sigue a flote, atento a encargos milagrosos: los bolos, el mes que viene, del 25º aniversario del sello Música Global, en el Auditori de Girona, con la Simfònica de Corda i Cobla, Elena Gadel, Manu Guix y Miki Núñez. “Pero la perspectiva es inquietante. Y la política no está a la altura”.