29 oct 2020

Ir a contenido

LA CONTRA

Incertidumbre. La palabra

Todos estamos descubriendo a lo largo de estos meses, incluso aquel otro Iglesias, Julio, que la vida ya no sigue igual

Josep Cuní

Colas en un comedor social de Barcelona.

Colas en un comedor social de Barcelona. / MANU MITRU

La incertidumbre siempre estuvo allí pero quisimos olvidarlo. Era más seductor buscar garantías de futuro para tener otro tipo de seguridad en nosotros mismos. Para fortalecer falsamente la idea de un mañana tranquilo tras un dramático pasado. Y nos obsesionamos en descuidar que fue aquella inseguridad convertida en aliciente la que nos dio la plenitud nunca antes alcanzada. Por algo Kant había concluido que la inteligencia del individuo se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar. Pero las teorías del filósofo no estaban en su mejor momento y el cambio de siglo y milenio no parecían tiempos propicios para él. Habíamos abrazado lo alternativo, la seudociencia y la autoayuda para tener la sensación de haber encontrado el manto protector que nos abrigaba. El equivalente a la falda de la madre a la que nos pegábamos de pequeños en momentos de temor. Y extendimos a nuestros hijos un certificado de garantía basado en la sociedad del consumo y la proyección tecnológica que les dio la inédita percepción de que nada de lo cotidiano podría confundirles. Antes de morir, el lúcido Isaac Asimov lo vio claro. Y desde la ciencia nos dejó pregunta retórica y respuesta clara: A cambio, ¿qué ofrecemos? Incertidumbre e inseguridad, sentenció. 

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Es duro vivir así. Nos damos cuenta ahora de que tenemos muy limitada la libertad. Por eso seguimos buscando dónde agarrarnos y convertimos las normas contradictorias que nos dictan en las dudas razonables que nos alteran. Podemos sentarnos en la mesa de un bar a desayunar acompañados pero no podemos tomarnos solos un café rápido en la barra vacía. Podemos ir a trabajar en un transporte público lleno pero no podemos reunirnos más de seis de familia. Debemos llevar a los niños a la escuela que no ha podido cumplir con la limitación pretendida sin apenas peligro para ellos por su condición pero cerramos los parques públicos donde juegan a la salida por precaución. Practicamos deporte en zonas cerradas de gimnasios y sin mascarilla a ritmo de zumba pero no podemos ir a la discoteca. Capítulo este que demuestra cómo los malentendidos no hacen más que avalar la idea ya generalizada de que las decisiones se toman por impulso más que por conocimiento. En consecuencia, si la pretensión es tranquilizarnos con normas de supuesta seguridad en tiempos de angustia, lo que se consigue es descolocar al respetuoso y provocar al temerario. Añadamos la decisión judicial de Madrid y la bendición de Donald Trump al virus para concluir que poco parece que hayamos aprendido siete meses después de aquella gran lección que debía impartirnos la alarma mundial.     

El ambiente está raro y las ciudades tristes. La desazón se palpa en el aire ahora de nuevo sospechoso. La sobredosis de información nos confunde mientras los políticos se esfuerzan en darnos los ánimos que ellos tampoco tienen. Y para mejorar el país alicaído nos lanzan promesas que no saben si podrán cumplir ni por capacidad,  ni por coyuntura ni por el incierto cambio permanente de rumbo. Nada es ya estable. Lo está constatando Pedro Sánchez a costa del giro judicial que afecta a Madrid o a Pablo Iglesias. Y cada país con su peculiaridad. Nadie se salva. Ni el otro Iglesias, Julio, que al final de su carrera descubre que la vida ya no sigue igual.