25 oct 2020

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LA CONTRA

El declive

Si todavía es cierta la metáfora de que Catalunya y el Barça son vasos comunicantes, no debería sorprendernos el momento futbolístico porque sería de obligada y derivada correspondencia al momento político

Josep Cuní

El socio azulgrana Jordi Farre   promotor de la mocion de censura contra la junta que preside Josep Maria Bartomeu   se dispone a coger alguna de las cajas depositadas en el Auditori 1899 que contienen mas de 20 000 firmas

El socio azulgrana Jordi Farre   promotor de la mocion de censura contra la junta que preside Josep Maria Bartomeu   se dispone a coger alguna de las cajas depositadas en el Auditori 1899 que contienen mas de 20 000 firmas / JORDI COTRINA

Si todavía es cierto que, como dijo Manuel Vázquez Montalbán, el Barça es el ejército desarmado de Catalunya, podríamos convenir que el país está desprotegido emocionalmente. Las miles de firmas recogidas y pendientes de validación para promover una moción de censura a la junta directiva a causa de sus errores, de los problemas del primer equipo y de las heridas por restañar de la vergonzosa derrota europea, van parejas a la situación política. Esta, abandonada a su desamparo y solo apuntalada por los habituales animadores de la grada, también parece estar en manos de quienes no distinguen entre equipos y partidos.

De hecho, viendo alguna intervención de diputados con quienes era fácil coincidir en el estadio cuando se permitía la entrada, su retórica no se aleja demasiado de su comportamiento como aficionados. Despropósitos verbales, gesticulaciones impostadas, conmociones gregarias y reparto de culpas entre los demás. Nunca la admisión de un error propio, no fuera que se le tuviera como un desafecto al régimen. El del club de los valores muertos o el de la comedia.

Si todavía es cierta la metáfora de que Catalunya y el Barça son vasos comunicantes, no debería sorprendernos el momento futbolístico porque sería de obligada y derivada correspondencia al momento político. Perdidas una parte de las referencias que exportábamos como sociedad emprendedora y avanzada, sin más presencia institucional que la reivindicativa y con todas las principales y más importantes puertas antes de calurosa bienvenida hoy prudentemente cerradas, el país parece castigado a redimir sus pecados si es capaz de admitirlos.

Mientras, la condena pasa por lamer las propias heridas reflejadas en una doble pantalla. La que muestra a un 'president' con un pie fuera resistiéndose a convocar elecciones a pesar del clamor y, al lado, a otro con fecha de caducidad que tampoco se da por aludido cuando le reclaman responsabilidades.

Esto no sería Catalunya si la trama no fuera un poco más sofisticada, los puñales no se blandieran por debajo de la mesa y no fueran los seguidores del primero quienes probablemente promueven la marcha del segundo. Eso sí, con sus principales instigadores cuidadosamente escondidos para preservar su astucia. Todo acorde a los típicos dramas rurales que tanto éxito dieron a nuestro escaso teatro clásico.

Si fuera cierto que, como dijo Josep Lluís Núñez en uno de sus inefables discursos, Barcelona lleva el nombre del club que él presidió, quizás hoy podríamos entender por qué la ciudad está como está. Alicaída, desnortada y cambiante hacia no se sabe dónde. Por la influencia del virus, sí, pero especialmente por la progresiva decadencia sobre la que lleva años deslizándose.

Es lo que tiene vivir de renta de un año histórico. El 92. Que si no se renueva su legado ni se busca un nuevo lugar en el mundo, todo lo que acaba desarrollándose es un conjunto de iniciativas acordes con las tendencias populistas internacionales. De derechas o de izquierdas. Y si el proyecto consiste en renegar de la historia, moderna o contemporánea, amparándose en las imprescindibles lógicas actuales, entonces lo que se necesita es mucho más criterio y mucha menos revolución. Que esta ya la está haciendo la tecnología.