28 sep 2020

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Selecto Ambigú

La generosidad de Picasso

El museo de la calle de Montcada sigue en la brecha pese a la caída de visitantes por el coronavirus

Olga Merino

El director del Museo Picasso de Barcelona, Emmanuel Guigon, observa la escultura ’Jamais’  de Oscar Domínguez.

El director del Museo Picasso de Barcelona, Emmanuel Guigon, observa la escultura ’Jamais’  de Oscar Domínguez. / JORDI COTRINA

La gripe de 1918 sorprendió a Picasso en París, donde, por culpa de su zarpazo, perdió a su buen amigo el poeta surrealista Guillaume Apollinaire. La capital francesa no debía de ser precisamente una copa burbujeante de ‘champagne’ por el terror al contagio y por las carretadas de hombres que habían regresado mutilados de las trincheras de Verdún y del Somme (al mismo Apollinaire la metralla le había abierto la cabeza). Aun así, a pesar del ambiente angustioso, la pandemia encontró al genio trabajando. En aquel año gripal, Picasso no perdió el tiempo: se casó con la bailarina rusa Olga Khokhlova, continuó pintando como una pantera e inauguró una exposición con Matisse. Pues bien, ese es el espíritu que impera en el museo que lleva su nombre, de la mano de Emmanuel Guigon, su director: hay que seguir picando piedra fina. ‘The show must go on’.

Las hordas de turistas se han evaporado de la calle de Montcada como por ensalmo, y tan solo indígenas con mascarilla pisan los adoquines de la Ribera y el Born. ¿No habrá un término medio entre el abarrotamiento y la desolación? Comercios cerrados, incertidumbre y a veces el olor a pis del abandono. El Museo Picasso, mascarón de proa del barrio, también se ha resentido: si el verano pasado, cuando la vida era abigarrada y normal, franqueaban la puerta entre 3.500 y 4.200 visitantes diarios, ahora es un milagro la jornada en que lo hacen 350 personas. Un mazazo para una pinacoteca que no vive de la subvención, sino de los ingresos en taquilla y librería. Por suerte, el equipo de Guigon, un francés nacido a solo 10 kilómetros de la confederación helvética, preciso como un mecanismo suizo —su padre y su abuelo fueron relojeros—, ha resguardado aquello que las abuelas llamaban un colchoncito o ‘coixinet’ para los días de lluvia. Pero, en adelante, ¿qué? ¿Cómo sobrevivir? La institución tiene previstas reuniones en los próximos días con el Ayuntamiento y el Patronato. ¿Qué hacer? La gran pregunta que se formuló Lenin en su día.

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A pesar del chaparrón, el museo ha seguido con los planes previstos, y en julio, recién desescalados, inauguró la muestra ‘Jamais’ en torno a un obsequio a Picasso que se daba por extraviado, un gramófono Pathé, pintado de blanco y obra de Óscar Domínguez, que engulle a una bailarina con zapatos de tacón, convirtiéndose así en “un objeto erótico e hipnótico, inquietante y enigmático”. A pesar de la caída en visitantes, la exhibición, el hallazgo, está teniendo una gran repercusión mediática, también en el extranjero.

Para diciembre, el equipo anda ultimando la ‘pièce de résistance’, el gran plato fuerte de la temporada, una exposición y el catálogo razonado de 19 cuadernos de dibujo para conmemorar el 50º aniversario de la donación de obras de juventud del pintor a Barcelona, que tuvo lugar el 8 de mayo de 1970. Picasso fue extremadamente generoso con su ciudad de adopción, sostiene el director y, por tanto, deberíamos sentirnos orgullosos y estar a la altura. El primer regalo oficial a una colección pública no fue a París ni a Nueva York, sino a Barcelona y en el temprano 1919: el célebre ‘Arlequín’, el primer bailarín de la compañía de Diaghilev, donde trabajaba Olga. A pesar de París y las vanguardias, Picasso nunca olvidó que aquí se quedaron sus amigos catalanes, su madre y su hermana, Lola.