28 sep 2020

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DESDE SANT ANDREU

La floración de septiembre

La nueva normalidad es como la vieja normalidad: en el barrio ya vuelve a ser imposible encontrar aparcamiento

Marc Pastor

Plaza de aparcamiento vacía en una zona azul de Sant Andreu, el pasado 21 de agosto, antes del regreso de los coches a la ciudad.

Plaza de aparcamiento vacía en una zona azul de Sant Andreu, el pasado 21 de agosto, antes del regreso de los coches a la ciudad. / JORDI COTRINA

Septiembre, en Sant Andreu, se caracteriza por la floración.

Después de un agosto seco, sin las fugaces tormentas de verano, con el barrio marchito y el sol marcando los toques de queda diurnos, se empiezan a vislumbrar pequeños brotes en el chirrido de sillas metálicas de las terrazas de bares en las calles de aceras anchas, en la acumulación en los quioscos de fascículos coleccionables de esqueletos de saurios y reediciones de clásicos que nunca nadie completará, en el encendido de las luminosas cruces de las farmacias donde volverán a colgar los carteles de "no nos quedan termómetros" y en las colas infinitas que se forman ante la oficina de Correos de Torras y Bages, que conservará el estricto horario estival de apertura exclusiva durante las mañanas hasta la llegada de la competencia (los pajes de Sus Majestades los Reyes de Oriente).

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Hay un fenómeno, sin embargo, muy indicativo de esta vuelta a la vida del barrio. Suele venir precedido de la proliferación de los patinetes eléctricos, casi desaparecidos durante el último mes. Allí donde antes había tranquilidad en el paseo, como la rambla del Onze de Setembre, ahora domina la amenaza silenciosa del desplazamiento veloz de rozar con el codo de estos vehículos, como ciclomotores con silenciador, los francotiradores de las aceras, el peligro en cada esquina, las ráfagas que silban ante el portal de casa. El patinete que te tumba es aquel que no oyes, dicen.

El fenómeno definitivo del retorno a la vida ya no es el de la floración, sino el de la micosis.

Las zonas verdes han hecho el barbecho estacional, enormes extensiones de plazas de aparcamiento ocupadas solo por manchas de aceite perennes, envoltorios desgarrados de bollería industrial, colillas de tabaco o mascarillas higiénicas que ya no higienizan nada de nada, y que se han visto atiborradas de la noche al día por estos hongos enormes de diésel y gasolina, nacidos de esporas llegadas de la Costa Brava, del Pirineo redescubierto este año o de todas las pozas que han servido como punto de encuentro de esta plaga generadora de residuos, molestias y selfis de Instagram que somos los 'pixapins'. La nueva normalidad es como la vieja normalidad: en el barrio ya vuelve a ser imposible encontrar aparcamiento.

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