LA CONTRA

Sala Barcelona, la música toma el castillo

El patio de armas de la fortaleza de Montjuïc desafía su destino histórico con los conciertos del ciclo Sala Barcelona

Uno de los conciertos enmarcados dentro del Festival Sala BCN, el pasado día 6 en el Castell de Montjuïc.

Uno de los conciertos enmarcados dentro del Festival Sala BCN, el pasado día 6 en el Castell de Montjuïc. / Ferran Sendra

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Sala Barcelona es el único de los cinco festivales pos-covid 19 de este verano en Barcelona (contemos al Grec, Cruïlla XXL, Fes Pedralbes y Nits del Fòrum) que no tiene pasado. Pero no sale de la nada, sino de una necesidad urgente, desesperada, la de dar alimento a la franja más vulnerable de la música en directo: las salas, los escenarios cuya salida del túnel es más incierta, en esta convivencia con el virus que solo deja un poco de margen a la melodía que flota al aire libre.

Para que los locales pudieran llevarse algo a la boca surgió este ciclo de conciertos, una sesentena, organizado por la ASACC, la asociación de salas de Catalunya, de la mano del Ayuntamiento de Barcelona, que aporta la mayor parte del presupuesto (165.000 de los 250.000 euros). Toda la recaudación va a esos escenarios, sobre todo a los más pequeños y frágiles. Más de la mitad de los 80 socios de la ASACC corresponden a espacios de corto aforo, 150 personas a lo sumo. “Locales a veces gestionados por un núcleo familiar, una pareja..., y si no se les ayuda, acabarán muriendo”, alerta la gerente de la asociación, Carmen Zapata, que, estudiando posibles enclaves para Sala Barcelona, dio con el patio de armas del castillo de Montjuïc, del que se enamoró en el acto.

Un espacio ganado

Allí ha levantado el festival su escenario, sobre el pavimento levemente inclinado, rodeado por los altos muros porticados, tocados por garitas que nos recuerdan el ingrato historial de esta fortaleza desde la que se llegó a bombardear la ciudad y en la que se fusiló a un presidente de la Generalitat. Un espacio ganado para los ciudadanos, todavía con escaso currículo el campo escénico: contadas iniciativas como el Festival Píndoles, de ‘microteatro’. Los promotores quieren “darle la vuelta a su historia tenebrosa”, postula Carmen Zapata. “¡Es la toma del castillo por la cultura!”, defiende, al tiempo que nos recuerda lo desconocido que sigue siendo este patio de armas para muchos barceloneses. “Una gran parte del público de los conciertos pisa este lugar por primera vez”.

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Abrió el ciclo la pianista Clara Peya, una noche de luna llena, y la programación sigue adelante, esta semana, con el rock duro del grupo ’77, rindiendo homenaje a Black Sabbath (jueves), la institución mod Brighton 64 (viernes), el cóctel tropical de La Guapachosa, grupo de colombianos afincados en Barcelona (sábado) y el pop mandinga de la guineana Nakany Kanté (domingo). Oferta variadísima a precios contenidos (de 12 a 15 euros), conciertos para disfrutar desde tu mesita, con camareros que van y vienen, y un autobús gratuito para bajar a la plaza Espanya. Los empleados que montan y desmontan, acomodan y miden la temperatura son trabajadores de las salas, en el paro desde marzo. El cartel se extiende hasta el 30 de agosto, con el fiestón pop que, todo apunta, oficiará el dúo Ladilla Rusa.

Pero, ¿ahí se acaba, seguro, la singladura de Sala Barcelona? No parece que los locales puedan acoger conciertos a la vuelta del verano, con lo cual la ASACC está pensando en estirar la programación mientras pide a las administraciones un plan para salvar el sector, quizá accediendo a un pellizco de esos 140.000 millones del fondo europeo. Las salas son la cuna de los artistas, “el primer escalón” del circuito, remarca Carmen Zapata, y “si se hunde, ya no habrá ni conciertos más grandes ni festivales”. Hay que actuar, y si es posible, hacerlo con rapidez.