12 ago 2020

Ir a contenido

muy seriemente

'The Politician', 'boomers' contra 'millennials'

Netflix añade una nuevo fármaco a la gran botiquín de series sobre política, una segunda temporada sobre las peripecias de Payton Hobart mejor que la primera

Carles Cols

Ben Platt y Zoey Deutch, él protagonista y ella estupenda secundaria en ’The Politician’. 

Ben Platt y Zoey Deutch, él protagonista y ella estupenda secundaria en ’The Politician’.  / NETFLIX

En un país como este, en el que cada sesión parlamentaria es una guerra civil, debería prescribirse terapéuticamente al sufrido votante series sobre la política, sobre el acceso al poder y sobre su gestión; cada noche, después de cenar, tómese un capítulo como si fuera una píldora después de cenar y, luego, a la cama. En casos leves de decepción con lo público se puede prescribir al paciente ‘Sí ministro’ (búsquenla en Filmin, nunca caduca), ‘Borgen’, para enfermos crónicos, la receta el doctor Movistar, es el iboprufeno que todo lo cura, y si el desencanto avanza hacia una metástasis general, palabras mayores, ‘Years ad years’ (HBO) es la droga oportuna.

Gwyneth Patrow es una mujer coherente en sus excentricidades, así que no extraña que, hecha un Artur Mas, defienda en la serie la secesión de California

Netflix, el botiquín más común en la mayoría de los hogares, acaba de estrenar la segunda entrega de ‘The Politician’ y, será por el abuso (15 capítulos en tres días, dos temporadas de un tirón, sobredosis), de ella se pueden sacar interesantes lecciones, como que Gwyneth Paltrow es en esta ficción alocada el Artur Mas de California, no porque el ‘expresi’ vaya a recomendar enemas de café para hacer más llevadero el viaje a la prometida Ítaca (Paltrow, así es, los aconseja, y cosas peores hace), y, segunda lección, que la lucha en las urnas, según se mire, ha sido siempre, desde el año de la catapún, tan solo una pelea intergeneracional, entre lo viejo y lo nuevo, actualmente entre ‘boomers’, es decir, los hijos del ‘baby boom’, mundófagos que de este planeta solo hemos dejado los huesos roídos, y ‘millennials’, los desheredados nacidos en el último suspiro del siglo XX y a los que, a la que se despisten, les disputarán el poder los de la llamada ‘generación T’, o sea, la que ha crecido con un ‘smartphone’ entre los dedos desde bebés.

Vamos por partes. ‘The Politician’ es una serie ambiciosa. El protagonista es Payton Hobart, estudiante de una elitista escuela de Santa Bárbara que se postula como presidente de la asociación que representa a los alumnos en el claustro como simple primer paso, según dice, para llegar a la presidencia de los Estados Unidos. La segunda temporada, sin revelar aquí nada que agüe la fiesta, es solo un segundo paso en esa carrera política.

La serie es ambiciosa porque se supone que en futuras entregas se vislumbrará en el horizonte la silueta de la Casa Blanca, un camino que obliga a no decepcionar a los espectadores. Aunque la primera temporada sufre un preocupante constipado durante un par de capítulos, el corazón de la segunda late con fuerza. Es en esta en la que Artur Gwyneth Mas Paltrow propone nada menos que un ‘procés’ para California con el argumento de que el matrimonio entre ese rico estado del Pacífico y el resto de EEUU es “un matrimonio fallido”. Con un 91% de aprobación en los sondeos, recibe un consejo: “Aproveche el momento y haga promesas imposibles de cumplir, la gente mataría por usted”. A veces, la ficción, cuando parece real, asusta.

Payton Hobart es, en esta comedia solo ligera en apariencia, un tipo con una meta: ser en próximas temporadas presidente de los EEUU

‘The Politician’ se presenta en Netflix como un bocado ligero, un tentempié sobre la política, pero a poco que se entra en ella se descubre su profundidad. Payton se sobrepone a sus tropiezos juveniles igual que a Obama no le pasó factura en su carrera presidencial haber consumido cocaína o a George W. Bush, lo mismo, pero con el abuso del alcohol. Son ejemplos que el equipo de Payton menciona cuando este sufre lo que parece ser su particular ‘chappaquiddick’, que es como en Estados Unidos llaman a un tropiezo político insalvable, en recuerdo al accidente de tráfico que puso fin a la carrera del senador Ted Kennedy. En España, por cierto, el 'chappaquiddick' es un concepto tan difícil de importar como de pronunciar. Tómese el caso de expresidentes como Felipe González y José María Aznar. El primero, incapaz de despejar una equis en una simple ecuación terrorista de primer grado. El segundo, responsable de la más pinochesca mentira política a dos días de unas elecciones, tras el atentado del 11-M. Y ahí están ambos, como pretendidos faros del destino político del país.

Como si de un antibiótico se tratara, no interrumpan el tratamiento de ‘The Politician’ antes de terminar con todas las pastillas de la caja, no sea que se pierdan ese esbozo algo naíf pero interesante sobre que la política no es más que una permanente lucha entre generaciones, el motor que hace avanzar o retroceder la locomotora de la historia, según cuáles sean las posiciones que defiende cada parte cuando alza la voz en las urnas. 'The Politician'. Es un consejo de ‘boomer’.