06 jul 2020

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El final de la desescalada

Durmiendo con el enemigo

Acabado el confinamiento y suspendido el estado de alarma, en otras condicioneslo hubiéramos podido celebrar, pero el virus traidor no nos lo permite

Josep Cuní

Usuarios del metro de Barcelona con mascarilla.

Usuarios del metro de Barcelona con mascarilla. / EFE / QUIQUE GARCÍA

¡Este virus es traidor!, clamaban los epidemiólogos al iniciarse la pandemia. Era cuando los síntomas se ampliaban, las reacciones se dispersaban, las secuelas se desbordaban y los temores se acumulaban. Los vaticinios, apocalípticos, auguraban lo peor y el entorno geográfico demostraba que era posible. Así fue nuestro ayer. Hoy, todavía contamos con un considerable grupo de afectados que, semanas e incluso meses después de haber superado oficialmente la enfermedad, siguen marcados por déficits y alteraciones que les provocan lógicos recelos sobre su total recuperación. Enfrente, quienes han reanudado su vida con la satisfacción de sentirse en plenitud tras un período de miedo racional porque su malestar no podía ser más angustioso ni su sensación más negativa. Estos ven ahora la vida sonriéndoles como no lo habían advertido antes. Ocupados, enojados y absortos como estaban. Y la celebran al considerarse unos afortunados que pueden contar lo que otros miles perdieron. Huellas profundas en sendas recorridas durante toda una primavera que no existió.

Con distancias, sin abrazos

Cerrado el paréntesis oficial, acabado el confinamiento y suspendido el estado de alarma, en otras condiciones hubiéramos podido celebrarlo pero el virus traidor tampoco nos lo permite. Con distancias, sin abrazos, tras labios sellados que impiden sinceras sonrisas, sobreviven las esperanzas de que no haya repuntes ni rebotes. Que los augurios fallen y el calor disipe lo que la ciencia todavía no puede controlar. Porque el coronavirus, insisten, sigue allí, agazapado, esperando otro momento propicio. Y atacar con alguna otra excusa. A traición.  Mientras, facilita contados contagios más necesarios que preocupantes si el sistema sanitario puede controlarlos porque aumentan la inmunidad de grupo que debe ayudarnos a ser más fuertes frente al potencial nuevo embate. Otra paradoja provocada por el germen traicionero aunque para algunos esta evidencia médica suene a herejía.

Pero la traición del coronavirus va mucho más allá. Ha afectado a la sociedad entera, local y global, que ha visto frustradas muchas expectativas, orilladas múltiples iniciativas y aparcadas ingentes ilusiones cuando menos se esperaba y de la mano de lo que nadie contemplaba. Un microorganismo.

Que los augurios fallen  y el calor disipe lo que la ciencia aún no puede controlar porque, insisten, el virus sigue allí, agazapado

Puestos a traicionar, lo está haciendo incluso con aquellos aspectos positivos que descubrimos en nuestro obligado retiro reduciendo a espejismo lo que se quiso oasis. Y ante la celebración por la recuperación de la naturaleza y el retorno del trino de los pájaros en la gran ciudad gracias al descenso de la contaminación se dictó corta vida al automóvil. Cerrado el paréntesis, el tráfico ha recuperado las tensiones previas mientras que el transporte público no alcanza la concurrencia anterior. El virus felón vuelve a hacerse presente con la paradoja de que la distancia de seguridad difícilmente puede permitirse en un vagón de metro cuando, en cambio, lo garantiza el vehículo privado. El sector del motor lo celebra porque las circunstancias también le han proporcionado oxígeno económico para evitar la pérdida de miles de puestos de trabajo sumados a los ya amenazados pero todos imprescindibles para no agrandar la brecha social. Y qué decir del turismo antes señalado y ahora deseado, subvencionado y reverenciado. O los pronósticos del cambio de rumbo mundial a favor del giro que orientaría nuestro destino hecho a medida de quienes creyeron llegado su momento. El de recuperar la revolución pendiente.  

Tres meses han demostrado que aquel virus traidor puede con todo. Tanto que, quienes le declararon la guerra han acabado durmiendo con su enemigo.