06 jul 2020

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La Contra

Las lágrimas del tío Tom

Obama alienta a continuar las protestas pacíficas por la muerte de George Floyd para asegurarse de que, ahora sí, produzcan los cambios que persiguen

Josep Cuní

Manifestación antirracista en Brooklyn, Nueva York, el 4 de junio.

Manifestación antirracista en Brooklyn, Nueva York, el 4 de junio. / AFP / SCOTT HEINS

“Para serte sincero, Barack, a veces es difícil no pensar que la cosa no tiene remedio. La situación es dura… y se vuelve más dura cada día que pasa”. Se lo comentaba Mac Alexander a Obama antes de ser presidente. Eran los albores del nuevo siglo. El entonces senador tenía al restaurante MacArthur’s de la calle Madison de Chicago como uno de sus favoritos y a su propietario como un referente. Un veterano de guerra que había superado el trauma de perder una pierna y triunfado en el negocio y que observaba con satisfacción las largas colas que se organizaban para saborear sus platos de cocina soul. El local era un espacio sencillo y muy iluminado, con mesas de madera clara en torno a las cuales se reunían familias y grupos de adolescentes o de ancianos que celebraban sus raciones de pollo frito, arroz con habichuelas, pastel de carne picada y pan de maíz. Quien más tarde ocupó la Casa Blanca lo describió así en su libro de presentación 'La audacia de la esperanza', subtitulado con la misma intención 'Cómo restaurar el sueño americano'. El también encarnado por aquel “hombre grande y fornido que bizqueaba un poco tras sus gafas, lo que le daba un aire pensativo, como de profesor”. 

Las dos caras de la moneda representan aún la herencia de una guerra civil que dividió a EEUU hace 160 años

Después, y con la idea clara de su identidad discutida por sus oponentes, Barack Hussein Obama Jr. se lanzó a la carretera, consiguió la nominación demócrata, ganó las elecciones y fracasó en el intento de conseguir que el colectivo afroamericano pudiera superar sus dos siglos de lucha por hacerse un lugar en aquel mundo. Nuevo para unos pero viejo para ellos. Tampoco salió airoso de la erradicación de la violencia policial que salpicó su mandato sin que él pudiera hacer algo más que remitir mensajes de solidaridad a las víctimas y advertir a los gobernadores que apenas la condenaban, cuando no la atizaban, apoyándose en unas estructuras diseñadas y controladas por el poder blanco.      

Desde siempre, Obama había matizado algunos de los estereotipos que se atribuían despectivamente a su minoría y animaba a sus colegas a combatirlos superando las circunstancias que los habían provocado. Desde la falta de cultura a la dependencia de las ayudas sociales pasando por el trabajo que por sí  mismo, decía, no garantiza que se pueda salir de la pobreza. Luego pudo comprobar personalmente y con impotencia cuánto de integradas estaban estas características en el imaginario colectivo racial. Por esto alienta estos días a continuar las protestas pacíficas por la muerte de George Floyd para asegurase que, ahora sí, produzcan los cambios que persiguen. Cambios que él dejó pendientes y que poco tienen que ver con las de los tiempos de las reivindicaciones de Martin Luther King o Rosa Parks

Atrás queda la única descalificación que se le había escuchado de su sucesor: “No creo que Donald Trump esté calificado para ser presidente de los Estados Unidos. Y cada vez que habla, esta opinión se confirma”. Hoy, las dos caras de la moneda siguen representando la herencia de una guerra civil que dividió el país hace 160 años. Una herida sin cicatrizar que para Abraham Lincoln estuvo provocada por la novela 'La cabaña del tío Tom' de la abolicionista Harriet Beecher Stowe. La mujer a la que, diez años después de publicar la obra y al saludarla, el presidente espetó: “Así que es usted la pequeña mujer que escribió el libro que provocó esta gran guerra”.

Y sobre el conflicto actual siguen pendiendo como espadas sus advertencias: “Las lágrimas más amargas que se derraman sobre las tumbas son palabras no dichas y obligaciones sin cumplir”.