29 oct 2020

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Historias

El silencio de los pozos

Los reporteros Manu Leguineche y Jesús Torbado desenterraron en 1977 a los topos que resistieron la posguerra en escondrijos inverosímiles

Olga Merino

El silencio de los pozos

MONRA

El topo común, sobre todo la hembra, suele ser tan solitario y huraño que rara vez se aventura a la superficie. Se pasa la vida excavando galerías subterráneas con las uñas, tris tras, tris tras, en busca de lombrices e insectos, guiado por el instinto, un fino sentido del tacto y el oído de los ciegos. Conforman su hábitat el silencio y la oscuridad húmeda, como sucedió tras la victoria franquista con centenares de hombres, escondidos en desvanes abandonados, en aljibes, pozos y conejeras, emparedados en alacenas, ocultos en falsos fondos de armarios, en tejados, maizales y estercoleros. El terror a las cunetas, al tiro en la nuca, los mantuvo aferrados al olvido. Muertos en vida.

Buscas al pequeño mamífero en el diccionario y no aparece en la acepción de clandestinidad absoluta, aun cuando el término definió el espíritu de toda una época. Los primeros en utilizar la palabra con tal significado fueron Manuel Leguineche y Jesús Torbado, en un ensayo, un monumento del buen periodismo, publicado por vez primera en 1977 y reeditado en varias ocasiones por Capitán Swing: ‘Los topos’. La aventura arrancó en 1969 cuando los reporteros acorazados leyeron en el faldón de un periódico que Manuel Cortés Quero, el último alcalde republicano de la localidad malagueña de Mijas, se había atrevido a salir a la luz al enterarse de la prescripción de todos los delitos anteriores al 1 de abril de 1939. El olfato puso a los dos sabuesos en marcha.

El libro 'Los topos' dio voz en 1977 a quienes se enterraron en vida durante la posguerra por temor a las represalias

Cortés Quero había permanecido 30 años enclaustrado, en una habitación sin ventanas de su domicilio —tuvo un par de ellos, y se trasladó del uno al otro de madrugada, disfrazado de anciana—, sin más distracción que la radio y la lectura de periódicos viejos, liando esparto para contribuir a la precaria economía familiar. En una ocasión, se encontró tan mal que le susurró a su esposa, Juliana Moreno, la gran custodia del secreto: “Si me muero, no digáis nada y me enterráis en el patio”. Su peripecia inspiró la película ‘La trinchera infinita’ (2019), protagonizada por Antonio de la Torre y Belén Cuesta.

Después de aquella primera entrevista, ambos periodistas se embarcaron en una investigación que se prolongó durante siete años, los dos a bordo de un Renault 8 —conducía Torbado— y pertrechados con un magnetófono de bobinas —lo manejaba Leguineche—, de pueblo en pueblo, a la busca de los topos a medida que afloraban tras el decreto de amnistía. Carretera y manta. Polvo, sol y moscas por la geografía peninsular. Anís Las Cadenas. Compilaron una veintena de testimonios, varones que habían soportado cautiverios de entre 20 y 38 años. Las declaraciones de la única mujer topo, la única de la que se tiene constancia, Teodomira Gallardo, casada con el alcalde comunista de Zarza de Tajo (Cuenca) cuando estalló la guerra, aparecieron por primera vez en el prólogo del libro en una edición de 1999 a cargo de Aguilar.

Un caso estremecedor fue el de Saturnino de Lucas, alcalde socialista de Mudrián (Segovia), quien permaneció escondido más de tres décadas en el desván de una casucha, en un habitáculo de 63 centímetros en su parte más alta —imposible, por tanto, ponerse de pie—, con la complicidad de la familia, que le pasaba la comida por un pequeño boquete. Cuando por fin salió, en abril de 1970, les contó a los periodistas: “La fuerza humana es increíble; nadie está seguro de ello hasta que no lo siente. Nadie sabe de lo que somos capaces los humanos, nadie lo sabe”.

¿Confinamiento? Los hubo mucho más terribles.