07 abr 2020

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muy seriemente

'La conjura contra América' y, de paso, España

HBO serializa una mayúscula novela de Philip Roth, esa ucronía en la que el filonazi Charles Lindbergh se sienta en el trono de la Casa Blanca, aunque, tal vez, la ucronía somos nosotros

Carles Cols

John Turturro, en el papel del rabino Lionel Bengelsdorf, muleta pese a su religión del antisemita Lindbergh de Philip Roth.

John Turturro, en el papel del rabino Lionel Bengelsdorf, muleta pese a su religión del antisemita Lindbergh de Philip Roth. / HBO

El estreno de ‘La conjura contra América’ en HBO, nada menos que con Winona Ryder y John Turturro para dar vida en la pantalla a dos de los personajes de la novela de Philip Roth de idéntico nombre, parecerá incluso un relato almibarado en estos días de pánico vírico, pero es en verdad una propuesta seriófila más que oportuna para reflexionar (por no decir repartir mamporros) sobre la triste colección de líderes políticos al timón del actual Titanic sanitario mundial.

Lindbergh fue ángel caído de EEUU tan pronto como expresó sus ideas políticas a través de un micro. Hoy sería presidente

Lo que Roth alumbró en el 2004 fue una perfecta ucronía, ya saben, ese género narrativo que consiste en imaginar un curso distinto de la historia a partir de una hipótesis posible. A Tito Livio se le atribuye la primera ucronía porque especuló con qué habría ocurrido si Alejandro Magno no hubiera muerto a los 33 años de edad víctima de la malaria y, sano como un roble, tras zamparse media Asia hubiera puesto el foco de su apetito conquistador en Roma. Roth encontró una idea mucho más perturbadora, la posibilidad de que Estados Unidos hubiera concedido democráticamente la presidencia del país a Charles Lindbergh, que en 1941, eso no es ficción, no solo tonteaba con el nazismo, sino que, según decía Franklin D. Roosevelt en privado, era directamente un nazi. En un discurso radiado a toda la nación, Lindbergh, portavoz de lujo de la plataforma aislacionista America First, faro intelectual, resulta obvio, de Donald Trump, abogó por una alianza con Alemania y el Reino Unido para levantar “un poderoso muro occidental de raza y armas que pueda defenderse tanto contra un Gengis Khan como contra la infiltración de sangre inferior”.

Que Lindbergh, el primer hombre en sobrevolar el Atlántico sin escalas, era un racista quedaba constancia cada vez que denunciaba que el cine, la radio, la prensa y el gobierno de Estados Unidos estaban en manos de los judíos. La suya es una de las figuras más fascinantes y trágicas del siglo XX. El escritor Bill Bryson, del que se recomienda aquí su lectura en estos días de confinamiento, retrata con anécdotas estupendas a aquel héroe en uno de sus libros, ‘1927, el verano que cambio el mundo’. Lindbergh tuvo el mundo a sus pies. Sirve como brevísimo ejemplo qué titular le dedicó un diario estadounidense a su hazaña aeronáutica: “El acontecimiento más importante desde la resurrección”. Eso es un titular y lo demás son puñetas.

El caso es que todo aquel halo de Hércules moderno se esfumó de la noche a la mañana cuando comenzó a adular a Adolf Hitler en público. El estrépito de su caída es crucial tenerlo en cuenta para comprender la telaraña que teje ‘La conjura contra América’ y su relectura a día de hoy. David Simon, responsable de la adaptación seriófila de la novela, fue en busca de los consejos de Roth para ser fiel al espíritu de su obra, para retratar con acierto cuánto mal puede desencadenar esa idea ‘lindberghiana’ del ‘América, first’. Lo que le aconsejó Rothtitán sin piedad de la literatura mundial, es que se abstuviera de buscar similitudes entre Lindbergh y Trump. El primero, le vino a decir, fue pese a todo un héroe, un tipo capaz de cruzar el Atlántico en una suerte de tienda de campaña voladora, porque su avión, el ‘Spirit of St. Louis’, no era mucho más que eso, una carcasa de lona motorizada y con alas. El libro de Bryson es rico en detalles de ese tipo. Por aligerar peso, la butaca del piloto fue sustituida por una silla de mimbre y, en un detalle que dice mucho de Lindbergh, parece que incluso recortó los bordes blancos de los mapas para economizar.

Lo dijo Roth por si alguien tiene la tentación: 'La conjura contra América' no es un trasunto sobre Donald Trump

La hazaña de Lindbergh, cuando se conocen los detalles de cómo la ejecutó, no admite discusión. Compararle con Trump sería un despropósito, pero no porque las ideas del actual presidente de Estados Unidos no sean a menudo también aterradoras, sino porque su trayectora es la de un simple catacaldos con fortuna. Un documental de Netflix, ‘Trump, and american dream’, así le dibuja.

Lo interesante de ‘La conjura contra América’ es su lección implícita. Aunque Lindbergh jamás aspiró a la presidencia de Estados Unidos, lo cierto es que aquellos que antes le idolatraban no dudaron ni un instante en darle la espalda cuando se reveló su faceta más oscura. Con medio mundo ya en guerra, los estadounidenses concedieron un tercer mandato a Roosevelt, el hombre que sacó al país de la sima de la recesión del ‘crack’ bursátil de 1929 con un programa político que Pablo Casado, más de un barón socialista y esa derecha 'indepe' adicta a los recortes calificarían hoy de bolivariano o vaya usted a saber qué. Rescató la economía sin olvidarse de las personas. A lo mejor ‘La conjura contra América’ no es una ucronía. A lo mejor (a lo peor) la ucronía somos nosotros. 

El hombre que no sabía bailar ni 'lindy hop'

El nombre de Lindbergh fue borrado de la geografía de Estados Unidos de igual modo que su abuelo renegó de su apellido cuando huyó de su Suecia natal por oscuros escándalos financieros. Se apellidaba, en realidad, Mansson. Tras su hazaña aeronáutica, Lindbergh daba nombre a decenas lugares. En Minnesota, por ejemplo, se plantearon cambiarle el nombre del estado por Lindberghia. Todos aquellos homenajes fueron corregidos cuando se conocieron sus ideas políticas. Tal vez queda de aquellos tiempos, como mucho, el ‘lindy hop’, que no es poco, baile bautizado así en honor de un hombre en realidad tan sosainas que jamás nadie le vio bailar.

Sosainas, sí, pero también una bragueta incontrolable. Murió en Maui (Hawaii) en 1974. Pasadas tres décadas se supo que, como mínimo tuvo siete hijos fuera del matrimonio, de tres madres alemanas distintas. Pues sí. Era muy germanófilo.