07 abr 2020

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No solo fútbol

Montalbán confinado

Josep Martí Blanch

 El Valencia-Atalanta, disputado a puerta cerrada el 10 de marzo en Mestalla, antes de que se suspendiera la Champions.

 El Valencia-Atalanta, disputado a puerta cerrada el 10 de marzo en Mestalla, antes de que se suspendiera la Champions. / AP / EMILIO MORENATTI

Arranco con una confesión de incapacidad. ¿Cómo hacemos para escribir sobre fútbol en medio de un estado de alerta? La frivolidad, incluso la mía, tiene sus límites. Se marchó al limbo de las rutinas suspendidas el balón de los parques, de las escuelas, de las pachangas, de los pueblos y ciudades y de las competiciones oficiales más glamurosas. Se recluyeron en casa también los futbolistas y el resto de atletas, como mortales que son, aunque lleven la corona de la admiración. Nos quedamos sin más tema que el monotema y con la posibilidad que aflore en unos días un mercado negro de papel higiénico, toallitas húmedas y alcoholes desinfectantes.

Con el subdirector de EL PERIÓDICO Joan Cañete, recordamos una conversación de verano amarada de espíritu navideño sin que fuera Navidad. Ahora me parece premonitoria. Hablábamos sobre el milagro cotidiano de dar las cosas por hechas. Que los colegios abran, que los hospitales puedan atender a todo el mundo, que uno salga a la calle por la mañana sabiendo que, salvo improbable desgracia, volverá sano y salvo a casa por la noche, que vaya al supermercado y encuentre de todo o encienda el televisor y ahí estén, para que pasemos un buen rato, la Liga, la Champions, o cualquier otro entretenimiento deportivo.

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El milagro de la cotidianidad

Estamos acostumbrados a nuestro normal día a día sin darnos cuenta de que se trata en realidad de la mayor excepción jamás imaginada. Somos los privilegiados de la historia, si miramos la línea del tiempo, y los del presente si nos comparamos con buena parte de los casi 8.000 millones de almas que poblamos la tierra. No hay por qué sentirse culpable por ello. Pero sí ser conscientes que disfrutamos de un milagro fragilísimo por el cual no nos damos las gracias ni a nosotros mismos, que somos los hacedores. Una maravilla que muchos sueñan en destruir para, en nombre de milagros mayores, hacernos pasar primero por una pesadilla. ¡Tan acostumbrados estamos a verlo y a disfrutarlo! ¡Tan natural nos parece nuestra cotidianidad! Y en eso, se nos cuela por la rejilla el coronavirus y todo salta por los aires.

Y sí. Vamos a echar de menos el fútbol y el deporte en su conjunto mientras estemos obligados a mantenernos separados unos de otros, porque es un ingrediente fundamental de las rutinas con las que se construye nuestra prodigiosa vida diaria, solo interrumpida de manera tan generaliza por la guerra, o por sus prólogos revolucionarios, de las que apenas queda memoria práctica.

Las nuevas y viejas tecnologías ponen a nuestro alcance dosis de metadona para hacer más llevadera la abstinencia. Con el confinamiento he sacado de mi biblioteca la recopilación de artículos futbolísticos de Manuel Vázquez Montalbán agrupados en el volumen 'Fútbol. Una religión en busca de Dios'.  Basta abrirlo para descubrir por qué nos gusta lo que nos gusta y por qué lo extrañaremos mientras dure esta situación: “…En algún momento de nuestra infancia percibimos el instante mágico en el que un artista del balón consigue ese prodigio inolvidable que relatarán los que lo presenciaron, luego los que no lo presenciaron y finalmente entrará en la memoria convencional de las generaciones futuras.”. Aunque Montalbán explica a renglón seguido por qué esos momentos especiales iban a ser cada vez menos, nosotros vamos a quedarnos ahí: en los instantes mágicos. Vamos a sobrevivir al hastío. Aunque será más fácil para las generaciones a las que se nos enseñó a esperar, conformarnos y aburrirnos. Manejarse bien con el tedio siempre ha sido una ventaja competitiva. Y cuando no podamos más, hagamos como los italianos y cantemos juntos en los balcones. Yo saldré hoy al mío antes de acostarme a perpetrar, con el permiso de Louis Amstrong, 'What a wonderful World'. Hay que aferrarse a los instantes mágicos.

El estadio en casa

Todas las casas en las que ha habido balones y niños han sido en un momento u otro un campo de fútbol. Un pasillo o cualquier otro espacio puede convertirse en un Maracaná en el que los pequeñajos aprenden a tirar penaltis contra la puerta que da acceso al comedor, a regatear a sus padres si estos se dejan, o a cuestionarles las decisiones que puedan tomar como árbitros imaginarios. Con el confinamiento van a disputarse en los próximos días muchos de estos partidos en el único estadio que solo resulta confortable cuando se juega a puerta cerrada: casa. Paciencia con los daños en las paredes y cuando crezcan llamen a los pintores.