09 ago 2020

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Conocidos y saludados

Un filósofo contra el coronavirus

Poco se imaginaba el ministro que al poco de llegar al cargo debería ser centro de atención permanente para tranquilizar ánimos, prevenir colapsos y gestionar una estructura básica del estado del bienestar

Josep Cuní

El ministro de Sanidad, Salvador Illa. 

El ministro de Sanidad, Salvador Illa.  / David Castro

El nombramiento de ministros o 'consellers' suele ir acompañado del escrutinio profesional de la persona designada. Y si, como es habitual, su perfil no responde a las características exigidas por los gremios representados que siempre esperan a uno de los suyos, las críticas llegan antes que los poderes. Para los elogios, generalmente, hay que esperar al cese. O ni entonces. Todo dependerá del trabajo hecho. Hay casos en los que incluso las destituciones han sido forzadas por la presión de colectivos afines al político al que no han consentido cambios estructurales indispensables para mejorar el servicio público. Y mucho menos si cuestionaban algunas nefastas tradiciones o acababan con determinadas prebendas.

Esta característica general es un clásico del sector de la sanidad. Empezó con especial ímpetu con la designación de Ernest Lluch en el primer gobierno de Felipe González cuando todo estaba por hacer. El trabajo era tan arduo que se dudaba que un profesor universitario de Economía  pudiera llevarlo a cabo con éxito. Y hete aquí como aquel sabio y curioso incansable impulsó la ley general de sanidad considerada hoy como la base legal que permite que la atención médica sea universal. Lo hizo a los dos años de estrenar el cargo y mientras promovía por primera vez una oficina de defensa de los derechos de los consumidores. Se enfrentó a los poderes fácticos, que eran muchos, y se ganó la incomprensión de una parte de su partido y el repudio de su presidente, con el que nunca recuperó la afinidad. Pero consiguió el reconocimiento colectivo hasta el punto de que el edificio histórico del ministerio lleva hoy su nombre.   

Del diálogo a la epidemia

Cuando Salvador Illa Roca (La Roca del Vallés, Barcelona, 5/5/1966) entró en la sede del paseo del Prado de Madrid como titular del mismo ministerio se repitió la función pero con mayor inquina. Se revistió de la familiaridad del alcalde que había sido y se dispuso a recuperar el espíritu de su histórico compañero de partido. Pero con la dificultad añadida de los nuevos tiempos ampliamente alejados de los viejos consensos. Promovido por el PSC, partido del que sigue siendo secretario de organización, los defensores de las esencias patrias le vieron como el vínculo que Pedro Sánchez necesitaba para su fluida relación con el independentismo. Sabían que gracias a sus buenas maneras, Illa consiguió el pacto de la Diputación de Barcelona que le dio la presidencia a su amiga Núria Marín pero que firmó con Junts per Catalunya mientras era también muy activo en las negociaciones con Esquerra para la investidura del presidente que le confió la salud pública del país. No necesitaban más pruebas. Haber asistido a la gran manifestación anti-independentista del 8 de octubre de 2017 convocada por Societat Civil Catalana no era suficiente. Verle sentado en el lado gubernamental de la mesa de diálogo y negociación con la Generalitat equivalía a constatar que era el caballo de Troya que intuían y denunciaban. Hasta que llegó el coronavirus.

Poco se imaginaba el ministro que al poco de acceder al cargo estaría al frente de la peor crisis sanitaria española. Y que debería ser centro de atención permanente para tranquilizar ánimos, prevenir colapsos y gestionar una estructura básica del estado del bienestar. Y que gracias a la gran capacidad divulgativa de Fernando Simón, su portavoz para la pandemia, él podría reservarse para cuando fuera indispensable y las circunstancias políticas se lo exigieran. Aun así, sus intervenciones transmiten serenidad, rebajan tensiones y silencian a la oposición. Aflora el licenciado en filosofía que, siguiendo la senda de Epicuro, sabe que son los razonamientos los que procuran una vida feliz. Y que es absurdo pedir a los dioses lo que cada uno es capaz de procurarse por sí mismo.    

Más Platón y menos Prozac

La gestión que el ministerio de Sanidad está haciendo de la crisis provocada por el covid-19 ha de resistir pocas críticas. Una información constante que pretende informar sin alarmar se considera pieza clave  ante cualquier episodio de estas características. Incluso menor. Y no siempre se consigue. Por eso, la discreta presencia del ministro Salvador Illa y sus mesuradas intervenciones se interpretan como la voluntad de eficiencia de un político al que le gusta más actuar que ostentar. Debe ser el resultado de tener claro la medicación que nos conviene. Más Platón y manos Prozac.