02 abr 2020

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No solo fútbol

Los calvos del fútbol

En pleno Barçagate lo mejor era abrir las puertas y reconectar desde lejos con la esencia del fútbol: ver marcar a Boateng, por ejemplo

Josep Martí Blanch

Kevin Prince Boateng, tras marcar un gol con el Besiktas contra el Trabzonspor.

Kevin Prince Boateng, tras marcar un gol con el Besiktas contra el Trabzonspor. / EFE / EPA / SEDAT SUNA

Dan un poco de grima todos estos señores en los aviones de vuelta desde Estambul con la crisma enrojecida como, perdón pero es así, el culo de un mandril. De entrada uno no sabe si han puesto la cabeza en el horno o la han sumergido en un barreño de agua hirviendo. La impresión se pasa cuando alguien en la cola de embarque te explica que en Turquía hay una floreciente industria de la cirugía estética cuya misión es dejar el mundo sin pelones. Y ahí ya lo entiendes todo, porque seguro que su nueva vida de exalopécicos les deparará tantas y agradabilísimas novedades que el sufrimiento habrá valido la pena. Por ejemplo, mirarse al espejo una mañana, el día en el que el sembrado del doctor turco ya está floreciendo y decirse a uno mismo con renovada seguridad: ¿calvo? ¡Tu madre! Todo el mundo tiene derecho a soñar con una vida nueva y los calvos no iban a ser menos. A ver si los del pelo blanco también podemos ingresar en el club de la modernidad y nos ofrecen algún día algo más 'cool' que el Grecian 2000, aunque tengamos que ir a buscarlo a Ankara.

Vayamos al grano. Esta semana he visto cosas que ustedes no creerían. Marcar un gol a Kevin Prince Boateng, por decir una. Sí, sí, el mismo que en el Barça no dio pie con bola. Y no solo eso. También he oído a la afición del Besiktas corear su nombre como si fuera un claro favorito al Balón de Oro. Lástima que al final su gol solo sirvió para empatar contra el Trabzonspor, que es quien lidera la clasificación del campeonato turco. Lo dicho, todos tenemos derecho a una vida mejor, no solo los calvos, y Boateng, por lo que se vio en el campo, es prueba de ello.

Hay que escapar de la imbecilidad y protegerse de la idiotez para preservar lo que a uno le hace feliz. Así que en pleno Barçagate lo mejor era abrir las puertas y reconectar desde lejos con la esencia del fútbol que, desde luego, no pasa por los perfiles falsos de internet creados para atacar y destruir reputaciones. La liga turca y el Vodafone Stadium del Besiktas eran un buen lugar para hacerlo.

Un partido en Estambul

Llegar al campo, si uno viene de la parte asiática de Estambul, es ya un privilegio. Cruzar el Bósforo y ver cómo se agigantan, a medida que el transbordador se acerca a la ribera europea, el estadio y el palacio de Dolmabahçe, sede de la corte imperial otomana hasta 1922, ya indican que se va a participar de algo épico, que es lo que debería ser siempre un partido de fútbol. Con un poco de fantasía, y unas cervezas entre pecho y espalda, uno casi puede sentirse, entre tantas bufandas con los colores del equipo, como en una nave dispuesta a tomar Bizancio. Sabemos que Mehmed el Conquistador la conquistó por tierra, pero permítanme la licencia para que funcione la metáfora.  

El fútbol se ha hecho grande alimentándose del espíritu de las aficiones, no por los tejemanejes de las directivas. Y entre ellas, las de los equipos turcos son un anclaje a los buenos tiempos, aquellos en los que no era necesario hacer sonar a todo trapo música enlatada tipo Dance Monkey para amenizar la espera hasta el inicio del partido. Porque para rugir ya están los aficionados, desgañitándose con cánticos de toda clase desde una hora antes de empezar.

Revisitar la esencia del fútbol hace bien. Uno se olvida de presidentes, directores deportivos y reconecta con lo esencial. Les dibujo otra postal: sábado por la noche. Centenares de comensales, cada uno a lo suyo, repartidos y apretujados en las terrazas de las decenas de restaurantes y tabernas de la estrecha y animada calle Nevizade, en el barrio de Beyôglu, del mismo Estambul. De repente, una mesa se anima con el himno del Galatasaray y la letra se contagia con cada verso, hasta que la calle entera es una sola voz que brama la misma canción. Eso y no otra cosa, señoras y señores, es el fútbol. Recuérdenlo siempre los directivos. Los que están y los que quieren estar. Por cierto, estaba lleno de calvos. Hay negocio del trasplante para rato.

Tres nombres, cinco equipos

Bizancio, Constantinopla, Estambul. Tres nombres para la misma ciudad. Pero si hablamos de futbol, son cinco los que la capital turca tiene en la primera división del país. El Galatasaray, el Besiktas y el Fenerbahce, de sobras conocidos. A este trío hay que sumar el Kasimpasa, que juega sus partidos en un pequeño estadio bautizado con el nombre del presidente turco; y al Istambul Basaksehir que, desde hace unos años, también vive instalado en la élite del futbol turco (según los maledicentes porque es el equipo que cuenta con las preferencias del AKP, el partido que gobierna el país).