08 ago 2020

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Conocidos y saludados

Dos hombres y un destino

Trump tiene el dudoso honor de ser el cuarto presidente de la historia procesado por la Cámara de Representantes por abuso de poder, mientras que Torra es el primer 'president' catalán enjuiciado durante el ejercicio de su cargo

Josep Cuní

El ’president’ Quim Torra, en el Palau de la Generalitat, tras ser condenado a una pena de inhabilitación de año y medio para el ejercicio de cargos electos y a una multa de 30.000 euros, este jueves.

El ’president’ Quim Torra, en el Palau de la Generalitat, tras ser condenado a una pena de inhabilitación de año y medio para el ejercicio de cargos electos y a una multa de 30.000 euros, este jueves. / Ferran Nadeu

Por muy presidente de los Estados Unidos que uno sea, no puede estar por encima de la ley. Así lo dejaron escrito en su Constitución los padres fundadores. Y a partir de esta premisa, toda su gestión queda supeditada a una permanente auditoría para evitar cualquier abuso de poder. Sea por destituir ministros sin autorización del Congreso (Andrew Johnson, 1868), por espiar al partido rival (Richard Nixon, 1974), por usar el despacho oficial para relaciones sexuales (Bill Clinton, 1998) o para chantajear a socios o aliados si no ayudan a desprestigiar un rival político (Donald Trump, 2019). Pero por encima de todo, lo imperdonable para los norteamericanos es engañar durante las investigaciones. Allí, la mentira está penada. Y todos ellos mintieron. Unos más que otros por hacerlo bajo juramento, pero los cuatro cayeron en el error de pensar que la impunidad personal estaba cubierta por la inmunidad oficial.

De mentir, Donald John Trump (New York City, 14-6-1946) sabe mucho. Sus artes dialécticas las ilustra con una mirada interesada, personal e intransferible de las cosas, los hechos y las personas. Observación que transforma en acción descarada, actitud desafiante, indiferencia perversa y displicencia arrogante. Es la burda adaptación de todo lo peor que aprendió de pequeño en el barrio de Queens donde nació y vivió. La diferencia con algunos de sus vecinos de entonces es que mientras el actual presidente sigue actuando con la misma bravuconería adolescente, sus compañeros, que también prosperaron, pudieron hacerlo porque supieron cambiar cultivándose. No es el caso del 45º titular de la Casa Blanca, el hombre que esta semana ha conseguido el dudoso honor de ser el cuarto presidente de la historia procesado por la Cámara de Representantes por abuso de poder.

La reacción inmediata del sospechoso estuvo acorde con su fanfarronería habitual. En un mitin en Michigan ironizó sobre el hecho y enardeció a sus masas reduciendo el grave problema a anécdota. Criticó personalmente a una congresista que apoyó la petición de destitución, recientemente enviudada, deseando que su marido esté en el infierno y no en el cielo al que, en el funeral institucional y delante del mismo presidente, ella anheló. El público aplaudió a rabiar. Y con esto ya está todo dicho. La  división entre ciudadanos norteamericanos va en aumento.

El caso del 'president' Torra

La casualidad quiso que el mismo día, y unas horas después, otro presidente al otro lado del Atlántico fuera condenado por un tribunal a un año y seis meses de inhabilitación para cualquier cargo público y a una sanción económica de 30.000 euros. Era el primero al que se enjuiciaba durante el ejercicio de su cargo. Consecuencia de no haber retirado a tiempo -aunque acabó haciéndolo- una pancarta en apoyo a los presos del proceso en el que está instalado su país durante el periodo electoral de las elecciones generales de abril del mismo año, contraviniendo la ley. En su intervención posterior, Joaquim Torra Pla (Blanes, 28-12-1962) insistió en la libertad de expresión a pesar del debate jurídico acerca de si este derecho individual puede aplicarse a un colectivo, sea organismo o gobierno. Es sabido, por otra parte, que una parte de su Ejecutivo estuvo en contra de mantener colgado el lienzo por la misma duda. En su alocución institucional, el abogado que el político también es se defendió acusando, y olvidó que él mismo se había autoinculpado en el juicio: "Sí. Desobedecí", clamó entonces. Y todos entendieron que ansiaba la palma del martirio. Y se reiteró en que los jueces le están sometiendo a un juicio político. Al estilo del que los senadores norteamericanos someterán a Trump. También aquí, como allí, la división social es evidente.

Victimismo presidencial

Dos presidentes se presentan como víctimas de la política revestida de justicia. Donald Trump se enfrenta a un proceso de destitución por abuso de poder. Quim Torra, a una condena por desobedecer a la Junta Electoral por la pancarta colgada en el balcón de la Generalitat en apoyo a los políticos encarcelados durante la campaña electoral del pasado mes de abril. Sus respectivas defensas son ataques. El primero, a los políticos rivales. El segundo, a los jueces politizados. Ambos se sienten perseguidos. Los dos presiden países preocupantemente divididos.