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Patido de butacas

Ebullición modernista en la ciudad

El modernismo es una seña de identidad incandescente, y ahora coinciden en el tiempo dos exposiciones la mar de interesantes sobre el movimiento

Olga Merino

 Dibujo de Opisso de Gaudí agonizando. 

 Dibujo de Opisso de Gaudí agonizando.  / GALERÍA GOTHSLAND

Larguirucho, feo y dentudo, el tipo pasó a la posteridad pedaleando en un cuadro hoy emblemático del modernismo catalán: el 'Tàndem', de Ramon Casas. Sobre la tela –ocres, blancos y un 'skyline' de la ciudad avanzadísimo por su simpleza–, el pintor guía el manillar de la bici para dos, chupando un caliqueño en la cazoleta de la pipa, mientras el otro, el 'sportman' desgarbado, mira de frente desde el sillín trasero, mostrando al observador sus paletas conejiles. Se llamaba Pere Romeu y fue el alma de Els Quatre Gats, la famosa cervecería abierta en 1897, el 'after hour' más canalla de una época irrepetible.

Casas y Romeu, dos grandes amigos, descendientes ambos de indianos, aquellos industriales del textil, marineros, buscavidas, comerciantes y agricultores desembarcados de las Américas con las alforjas bien repletas. En la encrucijada del fin de siglo se produjo bajo estos cielos una peculiar conjunción astral: la burguesía indiana llegaba de Cuba y Puerto Rico con la pasta y las ganas de gastarla en fiestas y casas señoriales –algunas fortunas, dicho sea de paso, se amasaron en el comercio de esclavos–, mientras una juventud con talento e inquietudes artísticas aspiraba a reflejarse en el espejo de París, 'oh là là'. A Barcelona le sienta muy bien la 'virolla', el dinero alegre, y de alguna manera la ciudad sigue mamando de aquella ubre magnificente a través de las manadas de turistas que abarrotan los alrededores de la Sagrada Família y se extasían con los caprichos arquitectónicos del paseo de Gràcia. Imanes tan irresistibles como la sangría barata.

Récord de visitantes

Sea como fuere, el modernismo es una seña de identidad incandescente, y ahora coinciden en el tiempo dos exposiciones la mar de interesantes sobre el movimiento. La primera, en la galería Gothsland (Consell de Cent, 331), bajo el título de 'Barcelona i Els Quatre Gats. Un gir vers la modernitat', ya ha batido un récord de visitantes (más de 4.000) en las dos semanas transcurridas desde su inauguración. La muestra, de carácter museístico pese a formar parte del circuito comercial, reúne un centenar de obras, entre las que destaca el dibujo original que Ramon Casas hizo para el primer cartel publicitario de Els Quatre Gats, un retrato al carboncillo –¡qué soltura de trazo!, ¡qué caída la del gabán!– de Pere Romeu, el inefable tabernero del local, que, por cierto, ya tiene el punto rojo de «vendido» (por 60.000 euros). Otro retrato, el que bosquejó Ricard Opisso de un Gaudí agonizante en el hospital de la Santa Creu, después de ser atropellado por el dichoso tranvía al salir de misa, ronda los 20.000 euros. Pronto, en cuestión de días, se presentará en la galería el catálogo de la muestra, que incluye unas suculentas memorias inéditas de Opisso.

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Merece la pena darse una vuelta por Consell de Cent, sobre todo si la visita a la Gothsland se hace acompañado del director de la sala, Gabriel Pinós, quien lo sabe todo acerca de aquella generación fundacional del modernismo, aquel espíritu burlesco forjado entre absentas en la taberna de la calle Montsió, todo sobre aquellos cuatro gatos pardos y magníficos, esto es: Pere Romeu, tras la barra y a cargo de las relaciones públicas; el pintor Ramon Casas; Miquel Utrillo, el de las sombras chinescas; y Santiago Rusiñol, quien observaba el bullicio con cierta distancia, puesto que vivía en Sitges y su naturaleza enfermiza lo había enganchado a la morfina. Al pueblo sitgetano legó su estudio-taller, el Cau Ferrat, que justo ahora celebra su 125º aniversario con una exposición inaugurada este miércoles y que permanecerá abierta hasta el 16 de febrero.

Debería existir en el diccionario un vocablo que expresara la nostalgia imposible por un tiempo no vivido, el de una Barcelona con vocación europea, foco cultural y a la que el adjetivo cosmopolita, ay, le encajaba como un guante de seda. 

Las siete vidas de Els 4 Gats 

Pocas veces un garito de tan corta vida (desde junio de 1897 hasta julio de 1903) ha forjado una leyenda tan compacta como cenáculo donde la bohemia gestó el modernismo. El libro 'Els 4 Gats. Les set vides d’un local emblemàtic de Barcelona', publicado por el ayuntamiento y Viena Edicions, presentado el martes pasado, explora las fases que atravesó el establecimiento desde que Pere Romeu lo dejó porque no le salían las cuentas y sus amigos se habían ido a París: fue almacén de telas, sede del Cercle de Sant Lluc y ateneo socialista hasta que en 1978 un grupo de jóvenes con ansias de libertad logró reabrirlo. Entre ellos, el hermano del autor, Jordi Notó Brullas.