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NO SOLO FÚTBOL

¿Amigos para siempre?

Por lo que parece, Robert Moreno debía hacer con la selección, aun siendo primer entrenador, exactamente lo mismo que hacía el bueno de Luis Enrique. Vamos, que en la práctica, debía seguir siendo un segundón

Josep Martí Blanch

Luis Enrique y Robert Moreno, cuando coincidieron al frente de la selección española. 

Luis Enrique y Robert Moreno, cuando coincidieron al frente de la selección española.  / SEFUTBOL

Es mejor no poner a prueba la amistad. Hay que aprenderlo de pequeño. Mi primera lección fue tempranera, tras sellar una amistad de sangre con el hijo de los vecinos debajo de un algarrobo. Nos pinchamos con una aguja de coser distraída del costurero de su madre para adornarnos los índices con una gota de sangre. Los juntamos para jurarnos lealtad eterna. No funcionó. Días después, no muchos, nos dimos de tortazos hasta decir basta. Lo que había unido la sangre, la sangre –esta vez de la nariz y más abundante– lo separaba.

De haber leído 'El Principito' cuando nos tocaba habríamos sabido, gracias al zorro, que la clave de la amistad estaba en el domesticarse lentamente. Sin prisa pero sin pausa. Pero los niños salvajes de la Transición éramos más de revistas como 'Lib' e 'Interviú', que escondíamos en los márgenes de piedra seca que teníamos cerca de casa, y que despertaban nuestra curiosidad vital autodidacta llevando a portada temas de tan gran interés como 'Sueca bisexual necesita semental' o 'Claudia Cardinale a toda teta'.

Consejos básicos y universales

En el best-seller 'Amigos sin fecha de caducidad', que alguien escribirá algún día para ganar dinero y fama adornando estantes de gente sola y desgraciada, habrá consejos básicos y universales para preservar los hilos que mantienen en forma las relaciones de amistad. No irse a la cama con la pareja del otro, no dejarle dinero si no estás dispuesto a que no te sea devuelto, o entender el sentido limitado y no estrictamente literal de la frase «aquí estoy para lo que necesites», serán capítulos muy celebrados. También habrá unas páginas aconsejando no sustituir a tu amigo en su lugar de trabajo cuando él lo deje o haya sido despedido, especialmente en el caso de los entrenadores de fútbol.

Las parejas Johan Cruyff–Carles Rexach, Josep Guardiola–Tito Vilanova y Luís Enrique–Robert Moreno servirán de ejemplo para este apartado. Cada caso incorporará su matices, particularidades, pormenores, circunstancias y malentendidos. Cruyff se sintió traicionado por Rexach cuando comprobó que este no solo no se marchaba con él, cuando Núñez lo echó a cajas destempladas, sino que encima aceptaba sustituirlo. Guardiola, aun estando de acuerdo en que Vilanova debía convertirse en primer entrenador del Barça cuando él tuvo a bien marcharse al Bayern, se enfadó igualmente porque el anuncio se hizo de inmediato. Ahora hemos sabido, gracias a Jordi Basté y su costumbre de comer con gente interesante, que la ruptura entre Luis Enrique y Robert Moreno, y el drama griego que se ha vivido a cuenta del puesto de seleccionador español, se debe al malestar del primero con el modo de conducir la selección por parte del segundo en su ausencia, cambiando rutinas y maneras de hacer.

La decepción inevitable que lleva a la ruptura

Por lo que parece, Moreno debía hacer con el combinado nacional, aun siendo primer entrenador, exactamente lo mismo que hacía el bueno de Luis Enrique. Vamos, que a la práctica Moreno debía seguir siendo un segundón, aunque lo hubieran nombrado mariscal de campo. La casuística puede ser múltiple, pero la lección es una: no ponga sus posaderas en la misma butaca donde reposaban primero las de su amigo, salvo que esté dispuesto a que el sumidero engulla todo el afecto que se profesaban. Todas las rupturas admiten múltiples explicaciones, pero en el fondo son siempre la misma: la decepción inevitable tras esperar demasiado del otro.

Quizá el equívoco sea previo y provenga de considerar amistad aquello que en realidad son relaciones provechosas de interés, y que pueden ser al mismo tiempo muy agradables, en un entorno jerárquico como es el de un banquillo de fútbol en el que no debe cuestionarse quién es en realidad el que manda, el que lo ha hecho todo y el que, cuando se marcha, sigue exigiendo la adoración debida al Dios verdadero y el respeto a los mandamientos que él mismo ha escrito.

Los pescadores de perlas

No crean ahora que no hay amistades capaces de superar cualquier prueba que la vida imponga. Siempre nos quedará la historia de Zurga y Nadir, ambos locamente enamorados de Leïla en la ópera de Bizet 'Los pescadores de perlas'. Por una vez, un triángulo acaba razonablemente bien, no como en 'Anna Karenina' o en 'Bella del Señor'. Claro que se trata de un triángulo amoroso y el vértice no lo ocupa un banquillo de fútbol, sino una sacerdotisa de múltiples encantos, lo que puede que haga más fácil la generosidad del despechado. Están las bajas pasiones y luego está, un poquito más allá, la pasión del fútbol.