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Conocidos y saludados

Camino de rendición

Albert Rivera invirtió 15 minutos en preparar su anuncio de retirada. Y durante aquel monólogo eterno no asomó pizca de autocrítica

Josep Cuní

 Albert Rivera, durante la comparecencia en la que anunció su retirada de la política.

 Albert Rivera, durante la comparecencia en la que anunció su retirada de la política. / DAVID CASTRO

Cincuenta y dos segundos tardó Barack Obama en anunciar su intención de acabar con la guerra de Irak. Fue en la recta final de su carrera hacia la Casa Blanca. En menos de un minuto, el todavía candidato anunció que recortaría el gasto militar en decenas de miles de millones de dólares y que no autorizaría la investigación de nuevas armas nucleares. Y lo proclamó de manera clara, concisa y directa tras una introducción en la que se presentaba como la única persona capaz de alcanzar el reto. Tardó tres años y mucho empeño en conseguirlo y cortar la sangría de pérdidas humanas. Pero cumplió.

Albert Rivera invirtió 15 minutos en preparar su anuncio de retirada. Y durante aquel monólogo eterno habló de sus inicios en la política, su amor y defensa de España, su honor por haber sido diputado y su orgullo por colaborar en el Legislativo que no se puede convertir solo en la retribución de una nómina. Su falta de apego a cargo alguno y la descripción de sus principios y voluntad de ser honesto le sirvieron para una introducción de un cuarto de hora en la que no asomó pizca de autocrítica. Pretendía llamar la atención del espectador y provocar el suspense de la audiencia. Fue en vano. La mayoría ya lo había descontado. Lamentablemente para él estaba cantado, era lo lógico y ya tardaba. Lo había insinuado de manera informal durante una campaña rellena de encuestas que advertían del desastre. También es cierto que dimitir en España es un verbo poco conjugado. Y que cuando se ha hecho ha sido más por corrupción que por dignidad. De ahí el elogio póstumo recibido en un país en el que, si algo sabe, es enterrar.

Alberto Carlos Rivera Díaz (Barcelona 15-11-1979) este viernes cumple 40 años. Una edad marcada por la fama de la crisis personal que ha provocado todo tipo de teorías, múltiples libros de autoayuda y demasiados chistes. Una supuesta mitad de la vida que obligaría a rendirse cuentas a uno mismo si no fuera porque las vivencias demuestran que este momento de introspección llega cuando quiere y sin llamar a la puerta.

Citar a Kant sin haberlo leído

En su hora del adiós, el referente de Ciudadanos citó al presidente Obama seguramente con la misma voluntad referencial que en un encuentro universitario con Pablo Iglesias citó a Immanuel Kant. Sin haberlos leído. Y haberse apuntado así sus nombres como aquellas posibles citas que uno cree que limpian, fijan y dan esplendor. Pero para esto ya tenemos la Real Academia Española.

Dijo Albert que había centrado su empeño en procurar que en Catalunya los oponentes se dieran la mano y aquí es cuando se evidenció que la memoria es selectiva. Porque quienes tienen presente sus orígenes y no pierden de vista la forja de su identidad política recurren a los recuerdos y descubren que concuerdan poco. Y si entonces se presentó desnudo ante los electores, los años y la experiencia le han vestido con los trajes del éxito y el fracaso, la sensatez y el oportunismo, la certeza y el error a partes desiguales.

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Sin embargo, si algo demostró el paso del tiempo, es lo aplicado de aquel ganador de concursos de oratoria acostumbrado a defender una cosa y su contraria sin solución de continuidad. Así, el liberalismo recuperado en su adiós había quedado desterrado en unas intervenciones más dadas al poco respeto ajeno que a las propuestas constructivas. Las que han marcado la trayectoria de la mayoría de los portavoces deslenguados y con un toque de amargura de un partido que ahora ha de decidir si construye su futuro a la sombra del líder que tuvo o se redime a sí mismo recuperando los ideales de hace 13 años. Ideales que, de paso y para ser coherentes, pueden descalificar al nacionalismo catalán, por supuesto, pero sin abrazar a ningún otro.

Albert no leyó a Kant, pero su marcha ha sido un imperativo categórico.