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Que no pare la música

Eric Clapton hace un bis

El guitarrista británico, a quien creíamos en retirada tras serle diagnosticada una neuropatía periférica que le causa dolor al tocar, anuncia una gira europea para el 2020 mientras ve la luz en España su libro de memorias, 'Autobiografía'

Jordi Bianciotto

 Eric Clapton, en julio del 2018, durante un festival de verano en Hyde Park, en Londres.

 Eric Clapton, en julio del 2018, durante un festival de verano en Hyde Park, en Londres.

Eres un famoso guitarrista y toda tu vida ha girado alrededor del roce de las cuerdas, la excitación de las giras, el agasajo del público. De un día para otro comienzas a sentir indicios de un dolor desconocido: calambres en la espalda y en las piernas, extraños hormigueos. Te diagnostican una afección llamada neuropatía periférica, una insuficiencia nerviosa de la que no tenías noticia y que, te informa el señor doctor, tendrá la cortesía de acompañarte el resto de tus días. Eres Eric Clapton y sientes que todo se tambalea. Llegas a anunciar que tu carrera podría estar tocando a su fin. Te acuerdas, quizá, de aquella pintada en el Londres de los años 60, ‘Clapton is God’ (‘Clapton es Dios’). Pero, amigos, los dioses también pueden sufrir neuropatía periférica.

En estos últimos años hemos dado al autor de ‘Layla’ casi por perdido en la esfera musical pública, pero quizá hemos corrido demasiado, ya que Clapton ha anunciado una gira europea de quince conciertos para la primavera del 2020. No viene a España, donde no actúa desde el 2004, y los promotores no aciertan a dar con la razón. “Clapton actúa donde le apetece y es difícil saber por qué elige unas ciudades y no otras”, alegan encogiéndose de hombros. Le podrán ver en Praga, Bolonia o San Petersburgo, pero no en Barcelona ni en Madrid. Ni en ninguna ciudad francesa. Un artista que prescinde de París, ¿adónde iremos a parar? Pero ahí está su tanda inicial de siete conciertos, seguida de una pausa de diez días para tomar fuerzas, y una tirada de ocho bolos más; esos son sus planes para el periodo que va del 29 de mayo al 30 de junio, con los 75 años cumplidos.

¿Qué ha cambiado? Bien, aunque, atendiendo a sus palabras, para Clapton tocar equivalga casi automáticamente a sentir dolor, ha aprendido a sobrellevar lo suyo, a convivir con aquello que un día creyó que terminaría con él. Suele suceder. Situado cara a cara con su destino, ha concluido que, en ese momento crítico en que desplaza las yemas de los dedos a lo largo del mástil de la guitarra, la gratificación que le produce hacer sonar las notas es mayor que las molestias derivadas. Determinación, placer y dolor, cruzándose en un diabólico tres en raya. Pero hay vocaciones que se pegan a las vidas y ya no se separan ni con escarpa y martillo. Trabajos de los que uno no se retira nunca, porque no son trabajos sino modos de estar en el mundo. Y Clapton se aferra con orgullo al título del que sigue siendo su último disco, ‘I still do’ (2016): ‘Todavía puedo’.

Podría pensarse que su dolencia es una de esas ‘enfermedades de músicos’ derivadas de posturas forzadas o movimientos repetitivos, como la distonía, síndrome neurológico que puede llegar a impedir tocar la guitarra o el piano. Pero el origen de los males de Eric Clapton tiene que ver más bien con su consumo de alcohol en locas cantidades durante muchos años. Aficionarse a los lingotazos de whisky desde la hora de desayunar arruinó largas etapas de su vida, como reveló en el libro de memorias que la desaparecida editorial Global Rhythm editó en castellano en el 2008 y que ahora ha visto la luz en una nueva versión, a cargo de Neo Person. “En mis momentos más bajos”, escribe Clapton, “la única razón por la que no me suicidé fue pensar que si estaba muerto no podría beber”. 

El libro, escrito hace más de una década, es decir, antes de que la enfermedad le visitara, culmina con un Eric Clapton acomodado y feliz, que paladea sus mejores años. Sobrecoge pensar que, superadas sus adicciones e incluso la tragedia, en 1991, de la muerte de su pequeño hijo Conor, otro golpe terrible estaba todavía por llegar. Pero Clapton, cuya carrera parecía acabada hace cuatro días, ha sabido dar con la receta precisa, acogiéndose a la música para salvarse del dolor causado por la música, y resurgiendo para, cuando menos, ofrecernos algún que otro bis.

Dios y demonio en su ‘Autobiografía’

Clapton no es indulgente consigo mismo en su libro de memorias y se retrata como una estrella del rock egocéntrica y caprichosa, anclada en un trauma remoto (de crío descubrió que sus padres eran sus abuelos y, su hermana, su madre) y de calamitosa vida sentimental. En el centro de sus tribulaciones, el dramático triángulo amoroso formado con Pattie Boyd (la inspiradora de 'Layla') y su primer marido, el beatle George Harrison. Relato con visos catárticos, expiatorios, concluye presumiendo de rehabilitación y serenidad madura, y recordando su eterna deuda con el blues de Muddy Waters y Little Walter.