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muy seriemente

Una serie para y sobre Pedro Sánchez

Un par de reflexiones sobre la clonación y sus contraindicaciones de la mano de 'Cómo vivir contigo mismo' (Netflix), por si alguien cree que del líder del PSOE hay dos versiones

Carles Cols

Paul Rudd, en el papel de Miles, el protagonista, y también de su inorportuno clon.

Paul Rudd, en el papel de Miles, el protagonista, y también de su inorportuno clon. / NETFLIX

Sin dilaciones, nada de mantener el suspense hasta el último párrafo, la serie sobre y para Pedro Sánchez es ‘Cómo vivir contigo mismo’, una comedia moderadamente aderezada con gotas de humor negro que se ha hecho un hueco en el catálogo de Netflix, una historia en ocho capítulo sobre Miles, un tipo sentimental y profesionalmente bloqueado, que si fuera presidente del Gobierno no lograría ser investido, y que desnortado se arriesga a hacer una copia mejorada de sí mismo (Miles se presenta en una clínica de clonación tan pancho como Pedro Sánchez lo hace a unas nuevas elecciones) y…, bien, por aquello de no desvelar mucho más, solo recordar cómo terminó Dolly, sacrificada en febrero del 2003, porque aquel intento de replicar genéticamente una hermosota oveja mitad raza finlandesa y mitad Dorset no fue el clímax científico que se anunció en un principio, en el momento del parto, como si aquello fuera el amanecer de una nueva era. Nació vieja y murió joven. La clonación, electoral o del tipo que sea, tiene insospechadas contraindicaciones. No se pierdan la segunda mitad del texto. Menos aún si usted, que lee esto, es Pedro Sánchez, porque allí se rememorará el historión de Joyce McKinney, tal y como tituló este diario en agosto del 2008, la mujer que clonó a su perro y violó a un mormón.

Desde Dolly, que se exhibe disecada en Escocia, se sabe que la clonación, real o figurada, es mal asunto

A lo que íbamos. Hubo un tiempo en que la ciencia ficción no trataba sobre el futuro, sino sobre los miedos del presente. Ya ni siquiera eso. ‘Cómo vivir contigo mismo’ forma parte de ese nuevo género televisivo en el que el acontecimiento sobrenatural o el apunte de ciencia ficción ocupa brevemente solo unos instantes del primer capítulo, como una excusa para, a partir de ahí, explorar el alma humana, eso que, según y cómo, es a veces un gigantesco y vacío hoyo. El ejemplo cumbre de esta fórmula es, sin duda, ‘Leftovers’, palabras mayores, obra maestra que reside en HBO y a la que algún día, desde Muy seriemente, habrá que rendir el más entusiasta de los homenajes. Un 14 de octubre, ‘the departure day’, sería lo más oportuno. Pero eso, otro día.

Las desventuras de Miles no aspiran a tanto, pero resultan ser, a fin de cuentas, una metáfora interesante del 10-N entendido como laboratorio de clonación política. Miles, en la serie, por aclarar antes que nada posibles malentendidos, no termina tan mal como Dolly, disecado y exhibido en el Museo Nacional de Escocia. Que respiren tranquilos en Ferraz. Sus desventuras son otras. Fruto de un error clínico, termina por convivir con una copia menos apática y derrotista de sí mismo, o sea, se supone que con un tipo mejor, con más arrestos o, se podría decir, más escaños. Tan veloz corre el calendario electoral que, como Miles, la paradoja actual es que aquel Pedro Sáchez simpaticote con los independentistas, que protagonizó una ‘road movie’ de 40.000 kilómetros para recuperar el liderazgo del PSOE en unas primarias y que hasta propuso echar mano de un relator que mediara entre los dos frentes de batalla del ‘procés’, es contemporáneo en el tiempo del españolazo que el domingo ganó ‘psepsé’ las elecciones con la promesa de que empuñaría el 155 como Thor su Mjolnir. Ni Miles es tan distinto de su clon.

Año 4 A.P.

Es tras este punto y aparte cuando llega opotunamente Joyce McKinney, exmiss Wyoming en sus años mozos, ‘dominatrix’ ya talludita y, lo mejor de todo, una mujer que proporcionó al equipo de guardia de este diario en agosto del 2008 un par de semanas inolvidables. Se anunció a través de agencias que un laboratorio coreano había clonado al recién fallecido pitbull de una excéntrica mujer que se hacía llamar Bernann MacKinney. A la competencia le interesó solo la cosa perruna, pero aquí, en el EL PERIÓDICO, había un par de sabuesos, Xabier Barrena y Juan Ruiz Sierra, que se lo pasaron en grande. Aquella mujer, como Pedro Sánchez, tenía un pasado. Todo el mundo lo tiene, pero el de Joyce McKinney era tan suculento que en Filmin hasta se puede encontrar un documental, ‘Tabloid’, que reconstruye aquel sórdido 1977 en que, desquiciadamente enamorada, secuestró en Inglaterra a un misionero mormón, Kirk Anderson, de Utah, cómo no, lo encadenó a la pata de una cama en una recóndita cabaña e hizo con él, eso afirmaron los tabloides británicos, indecencias que harían levantar de la tumba, por echar un vistazo, al mismísimo Joseph Smith.

La ficha policial de Joyce McKinney, detenida por el 'bizarro' caso del secuestro y violación del mormón Kirk Anderson. 

Antes de que la MacKinney del perro admitiera que, efectivamente, ella era la McKinney que violó a un mormón, hubo tiempo para publicar cuatro entregas de tan desopilante caso. Gózenlas aquí si desean. No había tregua en la vida de esta mujer. En otra ocasión había engatusado a un muchacho para que perpetrara un robo (hasta aquí, nada fuera de lo común en la crónica habitual de sucesos), pero con el propósito de que el botín del atraco sirviera para comprarle una prótesis ortopédica a su caballo de tres patas. Qué gran agosto aquel del 2008. Era, según el calendario que se use, el año 4 A.P., o sea, año cuatro antes del 'procés'. Lo inaudito se publicaba entonces en las páginas de sociedad, no en las de política. Qué gran entreno supuso para Barrena y Ruiz Sierra para esta etapa actual, pues ambos, lo que son las cosas, son los especialistas de la casa en, respectivamente, Esquerra y el PSOE. En todas y cada una de sus clonaciones.