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360 grados

Dubrovnik o el éxito que mata

Varias ciudades en todo el mundo buscan fórmulas para reducir el impacto del turismo masivo; otras, como Estambul, intentan atraer cuantos más mejor

Adrià Rocha Cutiller

La calle principal de Dubrovnik, en la costa croata.

La calle principal de Dubrovnik, en la costa croata. / XAVIER GONZÁLEZ

Imagínense vivir en una ciudad de 42.000 habitantes —una ciudad, por lo tanto, de pequeño tamaño—. Imagínense que lleva toda su vida viviendo allí; que se la conoce como la palma de su mano. Pero imagínense, también, que no sabe nada de sus vecinos. Que quienes pasean por sus calles —quienes, al fin y al cabo, las habitan— son siempre absolutos desconocidos porque solo están allí de paso, gentes que vienen y van, que miran y, a veces, si les apetece, si quieren dejarse algo de dinero, compran algo, pero que luego se marchan y a otra cosa, que los perfiles de Instagram no se rellenan solos.

Imagínese, entonces, que esos que están de pasada son la inmensa mayoría. Que le superan, a usted, con una proporción de 30 a uno. Ahora deje de imaginar: está usted en Dubrovnik.

Ciudad costera de Croaciala perla del mar Adriático, Dubrovnik tiene 42.000 habitantes censados. En 2018, esta localidad recibió, en total, según el gobierno croata, a 1.271.657 personas. Los números cuadran a la perfección: el año pasado hubo 30 veces más turistas que autóctonos en Dubrovnik.

Antes de que la localidad muera del éxito —algunos de los habitantes del lugar han dicho a medios croatas que vivir en Dubrovnik es como vivir en Disneyland—, el ayuntamiento de la ciudad está intentando frenar la cifra.

Se acabaron los restaurantes

Hace unos meses, se limitó a dos el número de cruceros que, cada día, pueden atracar en el puerto de la ciudad. Ahora, la asamblea municipal pretende aprobar una legislación para impedir de facto que se puedan abrir más restaurantes en el centro histórico, cuyas calles, ya de por sí, están completamente abarrotadas.

«Cualquiera que quiera abrir un restaurante en la ciudad vieja no podrá poner ni mesas ni sillas por los próximos cinco años», dijo el alcalde de Dubrovnik, Mato Frankovic, a la prensa. La medida aún tiene que ser debatida.

Algo parecido pasa en Venecia, otra ciudad que, por desgracia de sus habitantes, pertenece también a esta selecta lista. El gobierno italiano debate cerrar el Gran Canal a los grandes barcos y cruceros de cara al verano que viene. Este pasado agosto ya se limitó su acceso. Hay más medidas: Venecia cobra a cada visitante un peaje simplemente por entrar a la ciudad —si el turista no está registrado en ningún hotel—. Son tres euros en temporada baja, ocho en temporada alta y diez en fechas señaladas en el calendario.

Como en Barcelona, además, este turismo masivo ha tenido sus consecuencias en Dubrovnik. En la zona histórica, el metro cuadrado se vende, si el piso tiene vistas al mar, a 5.000-6.000 euros al metro cuadrado: lo mismo que en Sant Gervasi, l’Eixample y Tres Torres. En los últimos cuatro años, los precios, en la ciudad croata, han subido cerca de un 20%.

Pasen y vean

Hay otra cara, sin embargo, de la misma moneda: una ciudad que no solo apoya el turismo masivo, sino que lo fomenta con todo su empeño, ya sea para visitar edificios y parques milenarios en las orillas del Bósforo como para repoblarse la cabeza entera de pelo y estrenar una cabellera nueva. Estambul, como Dubrovnik, está de moda.

Sus calles en el centro están abarrotadas las 24 horas del día, y las tiendas, sobre todo en la mayor vía comercial de la ciudad —Istiklal—, abren a las ocho de la mañana y cierran bien entrada la madrugada, no vaya a ser que ningún turista se quede sin su souvenir.

Así, en lo que llevamos de 2019, Estambul sola ha recibido a casi 12 millones de turistas, una cifra cuatro millones superior a la que ha recibido Barcelona en el mismo tiempo. Pero hay una trampa: Barcelona tiene cerca de dos millones de habitantes; Estambul, unos 15, que, en realidad, son algunos cuantos millones más. Cuestiones de censo.

La ciudad turca, de hecho, está tan masificada —es la mayor metrópolis de Europa— que algo más de masificación, al final, acaba por no importar tanto.

¡Mira, mamá, como en la tele!

Dubrovnik, Estambul y otras ciudades ya recibían cientos de miles de turistas hace años. Pero en los últimos tiempos, los números se han multiplicado y los récords se baten. La razón es una sola: la televisión. Dubrovnik se ha hecho famosa, sobre todo, por ser, junto con Girona, la ‘Desembarco del Rey’ en la serie ‘Juego de Tronos’; Estambul, por las telenovelas turcas, siempre ubicadas no muy lejos de las mansiones del Bósforo.

Pero un lugar —no en número per sí en extravagancia— gana a ambas ciudades: Chernóbil. La localidad ucraniana, ciudad radioactiva y abandonada, ha sido visitada por 100.000 turistas en lo que llevamos de año. La serie de HBO tiene la culpa.