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LLuís Pasqual

JESÚS DOMINGUEZ

Lluís Pasqual: "Necesitaba poner distancia de un lugar tóxico"

Núria Navarro

Ha pasado un año desde que Lluís Pasqual (Reus, 1951) dimitió de la dirección del Lliure. Hoy se estrena su 'Doña Francisquita' en el Liceu –en Madrid una purista amenazó con encadenarse por la versión–, pero él no estará. Después de enlazar montajes –el 'Romancero gitano', de Lorca, en Madrid y Milán, y 'La grande magia', de Eduardo de Filippo, en Nápoles–, acaba de llegar a Málaga para ponerse al timón del Teatro del Soho CaixaBank de Antonio Banderas.

–¿Se le puede llamar 'exilio' a esto suyo?
–De ningún modo. Yo, que he tenido tíos que salieron corriendo de Fulleda cuando entraron los franquistas, le aseguro que es algo más grave que esto mío.

–Kilómetros de por medio ha puesto. 
–Necesitaba alejarme de un lugar que podía resultar tóxico. Lo primero que necesitas para hacer teatro es libertad, y en Catalunya no me sentía libre. En los dos últimos años de Lliure cargué una fuerte tensión sobre mis espaldas, aunque no sabía a qué atribuirla. Pensé que lo arreglaría un osteópata. Me he dado cuenta más tarde de que era un dolor más profundo, y que no solo lo vivía yo.

"Cargaba con una presión sobre mis espaldas y no sabía a qué atribuirla. Me di cuenta después"

–¿Habla de atmósfera política?
–Recuerdo haber ido a fotocopiar la máscara que dibujó Fabià [Puigserver] en favor de la libertad de expresión [contra la prohibición de 'La torna', 1977]. ¡Para mí es sagrada! No me opuse a los lazos amarillos en el teatro y dije bien claro que, si la mayoría de catalanes votaba independencia, lo aceptaría. Pero con estos, no.

–¿Ni rastro de rabia?
–He hecho tres veces 'Edipo rey', que es un antirrábico competente. Y no soy nostálgico. El teatro no lo permite. Ni las cosas que hice hace un año ni yo somos los mismos. Si alguien quería hacerme daño, me lo hizo, pero cicatrizo deprisa.

–¿Qué heridas se resisten?
–Ninguna comparable con la muerte de mis dos parejas, [el escenógrafo y director] Fabià Puigserver y [el editor] Gonzalo Canedo. Con uno tuve una relación de 17 años y con el otro, de 15.

–¿Ha hecho autoexamen?
–No he tenido tiempo, o no me lo he dado. Empecé ensayos del 'Romancero' de Lorca en septiembre [del 2018] y el mayor halago lo recibí de Núria Espert el día del estreno. "Durante todo el tiempo que hemos ensayado no has sacado el tema ni una sola vez", me dijo.

–¿No se ha preguntado si sus formas quizá no se adecúan a los tiempos?
–No he tenido ninguna actitud despótica. De la falsa acusación de la chica [Andrea Ros] no se ha publicado nada.

–¿Qué quiere decir?
–Que una auditoría externa realizada a los trabajadores del teatro determinó que era una casa que tenía una felicidad laboral del 90% y que solo tres personas habían manifestado sufrir estrés. En todo caso, lo que determinó mi partida no fue el incidente del 'post', sino que los trabajadores denunciaran mi trato.

"No tuve ninguna actitud despótica. De la falsa acusación de la chica no se ha publicado nada"

–Banderas dice que se ha beneficiado de su 'trauma'.
–[Ríe] Fue una de las primeras personas que me llamó para preguntar qué pasaba. En aquel momento, de poder formular un deseo, habría dicho que una aventura nueva, y él me la ofrecía. Tenía dos propuestas fuera de España, pero preferí Málaga, para estar más cerca de mi madre, que vive en Reus, de mi hermana, de mis amigos y del dentista.

–Quid pro quo. Al malagueño lo descubrió usted.
–Casi al final de la audición para elegir un actor que cerraba 'La hija del aire' de Calderón, en 1981, la hija de Núria Espert me dijo que un chico que había llegado tarde quería probar. Le vi entrar y pensé: "Es él". Desprendía luz. Hicimos tres espectáculos juntos.

–Pasado por Hollywood, ¿qué tal?
–Tiene muchísima más experiencia y es un buen interlocutor. Excepto 'A Chorus Line', que estrenamos ahora, el resto de la temporada está en mis manos.

–¿Y?
–Seguramente, lo primero que haré será un espectáculo de flamenco, que es otra de mis pasiones.

–"A mi edad solo me importan los árboles y los zagales". ¿Lo dijo en un momento etílico?
–Soy intolerante al alcohol. No puedo ni poner vinagre en la ensalada. Me importa proteger la naturaleza y la educación de las criaturas, que es la base de todo. Yo, hijo de panadero, estaba destinado a ser panadero, pero salí de ese destino gracias a la buenísima educación que se tomaron la molestia de darme.

–¿Se tomará hoy la molestia de votar?
–Cuando este verano, con problemas por resolver, se fueron de vacaciones tranquilamente, pensé: "Iros a tomar por saco". Pero me duró un minuto. Por la gente que no pudo votar hasta los veintitantos y porque siento que damos pasos atrás. No veo mucha diferencia entre ciertas proclamas estalinistas y algunas que escucho ahora.