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Conocidos y saludados

El cálculo y la razón

Xavier Ros-Oton recogió su galardón luciendo el lazo amarillo, pero al aparecer fotografías de la recepción posterior sin él, los susceptibles habituales se lanzaron al cuello del Photoshop que no existió. A veces, los dedos corren más que la mente

Josep Cuní

Felipe VI y el matemático Xavier Ros-Oton (en la pantalla), en la gala de los premios Princesa de Girona.

Felipe VI y el matemático Xavier Ros-Oton (en la pantalla), en la gala de los premios Princesa de Girona. / ELISENDA PONS

Hay anécdotas que alcanzan la condición de categoría y otras que mueren en el intento. Las campañas electorales son terreno abonado para comprobarlo y los socialistas, especialistas en sufrirlo. Desde aquel «de entrada, no» a la OTAN hasta la creación de 800.000 puestos de trabajo imposibles, pasando por el respeto al Estatut salido del Parlament, sus diferentes líderes han tenido que soportar que se les recordaran promesas incumplidas o propuestas inalcanzables. Pedro Sánchez no ha querido ser menos y, metiéndose en el lodazal de la justicia, ha ofrecido una imagen poco respetuosa con la separación de poderes.

Este barro resbaladizo que, según sus propias disculpas, podría haber quedado para el anecdotario de las barbaridades, las fantasmadas, los lances y los reproches propios de unos días para el dislate, ha alcanzado la categoría de accidente cuando desde el primer al último fiscal, con su máxima autoridad a la cabeza, han puesto el grito en el cielo acotando su ejercicio autónomo de la voluntad del Gobierno de turno. Y esto, a pesar de que el/la fiscal general del Estado sea nombrado por el Rey a propuesta del Ejecutivo correspondiente. Y aunque hay una corriente que propone acabar con este procedimiento para permitirles saltar de la autonomía a la independencia... judicial, no consta que sea esta una prioridad política.

Si el personificado por el presidente en funciones y candidato este domingo a la reelección es un ejemplo todavía vigente de la primera posibilidad, el paradigma que demuestra que la mayoría de las veces la anécdota no pasa de eso, de historieta, tiene por protagonista a uno de los premios Princesa de Girona concedidos el lunes.

Entender, no calcular

Xavier Ros-Oton (Barcelona, abril de 1988) mide dos metros. Su altura de nada le sirvió para ganar medallas olímpicas porque las suyas las consiguió en las internacionales de matemáticas, cosa que evidencia que no siempre es cierto que a más centímetros menos cerebro. Su agilidad mental ya destacó en el instituto, que es donde se enseña la parte menos atractiva de esta ciencia porque, como dice este doctor por la UPC, calcular es aburrido. «No tiene ninguna gracia y hace que no entiendas nada. Hay que entender, no calcular», sentencia el matemático joven más citado del mundo.

Xavier recogió su galardón luciendo el lazo amarillo en la solapa. Se lo puso, tras dudarlo, para cumplir con su coherencia personal y defender unas ideas que no cree que vayan en contra de nadie. Y señaló que la familia real fue muy amable con él.

El momento duró el tiempo justo de subir al escenario, recibir el premio y regresar a su asiento. Entonces se quitó el símbolo exhibido y siguió la fiesta sin más distintivo que el reconocimiento de su vocación, inteligencia y saber. Pero al aparecer fotografías de la recepción posterior sin el aditamento, los susceptibles habituales se lanzaron al cuello del Photoshop que no existió. Cuando al día siguiente el científico explicó lo sucedido evitando caer en tremendismo alguno, las aguas volvieron a su cauce. Ese fue el conducto que obligó a todo un ‘conseller’ de la Generalitat y a otros políticos a rectificar porque su precipitación digital había demostrado que, a veces, los dedos corren más que la mente. Exactamente lo que el arte de las matemáticas pugna por evitar.

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El tono tranquilo de Ros-Oton, su capacidad divulgativa y su espíritu colaborativo evidenciaron, en aquellos momentos de exagerada turbación, que quien se mueve entre derivadas parciales y fronteras libres también sabe navegar entre aguas turbulentas. No en vano parte de su investigación consiste en averiguar qué pasa, por ejemplo, durante un deshielo. Aquel proceso que siguen los cubitos que refrescan nuestro gintónic durante la transición de elemento sólido al líquido que alarga el trago. O, a gran escala y hoy preocupación ambiental, los glaciares que se derriten o los polos que se funden, haciendo crecer los océanos hasta amenazar a más de los 300 millones de personas en el mundo que viven en zonas inundables. Esta es la categoría indiscutible del premiado. El resto, burda anécdota. Y su reto, resolver las ecuaciones que permitan predecir el comportamiento humano. Lo que Stephen Hawking dio por imposible.

El lazo amarillo de la polémica

Con la serenidad de quien vive entre las ecuaciones que lo mueven todo, desde la predicción meteorológica a los mercados financieros, Xavier subió a recoger su galardón luciendo el lazo amarillo en la solapa. Se lo puso, después de dudarlo, para cumplir con su coherencia personal y defender unas ideas que no cree que vayan en contra de nadie. La prueba es que señaló que toda la familia real fue muy amable con él. Fueron quienes pretendieron quererle demasiado los que le atosigaron, con la intención de convertirle en un referente por lo que lucía y no por lo que él significaba.