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muy seriemente

El gatillazo de Michael 'Kominsky' Douglas

Sobre cómo un minuto de Kathleen Turner puede alterar el goce de visionar una serie de moda en Netflix

Carles Cols

Alan Arkin y Michael Douglas frente al abismo de la senectud, en una delicia llamada ’El método Kominsky’.

Alan Arkin y Michael Douglas frente al abismo de la senectud, en una delicia llamada ’El método Kominsky’. / NETFLIX

Podría ser un pregunta de Trivial Pursuit. ¿Quién era la pareja de baile de Fred Astaire? Ginger Rogers, diría la mayoría. Quesito y a tirar los dados. Pero hubo otra actriz que merecía más aquel título. Eleanor Powell. Solo compartió cartel una vez con aquel “símbolo fálico danzarín”. Lo siento, pero así era como lo describía Roman Gubern allá por los años 80 en las clases de cine de la Facultad de Periodismo, y cosas así no se olvidan. Astaire, a lo que íbamos, quedó eclipsado por su pareja de baile en ‘La melodía de Broadway’ de 1940 y, según se contó entonces, echó mano del manual del patriarcado y dijo a los estudios que nunca más la quería de compañera de claqué. Powell era inagotablemente luminosa en escena. Si se acepta la tesis de Gubern, habrá que colegir que aquel hombre-falo sufrió gatillazo.

El gatillazo del título es otro. Lo anterior era por contextualizar. Legendarias parejas de pantalla. Esa es la cuestión. Lean sin miedo a eso de los ‘spoilers‘. Argumentales, no los hay.

De ‘El método Kominsky’ puede que hayan oído hablar. Mejor aún, puede que hayan llegado ya al último capítulo de la segunda temporada. Ni siquiera es un final. La serie, sencillamente, fluye. Una maravilla. Nació como un producto más de la factoría personal de Chuck Lorre, padre de ‘sitcoms’ de éxito, como ‘Roseanne’, ‘Dos hombres y medio’ y ‘The Big Bang Theory’, pero lo hizo en silencio, como si se avergonzara de ella, sin anuncios estridentes, tal vez porque hay en ella un cambio de patrón. El argumento no es fácil de promocionar. ¿De qué va? De dos amigos ante el precipicio de la senectud, un punto de partida poco estimulante visto el modo ñoño en que en ocasiones se ha abordado cinematográficamente esta etapa de la vida. Pero ‘El método Kominsky’ es, contra pronóstico, uno de los imprescindibles de Netflix. Michael Douglas da vida a Sandy Kominsky, actor cuya estrella ya se apagó y que se gana la vida con su propia versión del método Stanislavski de interpretación. Da clases a jóvenes que quieren ser actores. Al otro lado de la balanza está un excepcional Alan Arkin, que enviuda a mitad de la primera temporada, sin que ello reste pH a su ácido verbo.

Douglas y Arkin son tan sólidos como pareja como lo fueron Jack Lemmon y Walter Matthau. Es un placer ver como transitan de la comedia al drama y viceversa, con oficio. Pero entonces, a mitad de la segunda temporada, aparece ella, la ‘it girl’ de los 80 (como Clara Bow, la primera que mereció ese apodo, lo fue los años 20), irreconocible en un primer instante porque una artritis reumatoidea ha sido inclemente con su salud durante el último tercio de su vida. Es Kathleen Turner. Conserva esa voz de ‘film noir’ con la que enamoró al mundo en ‘Fuego en el cuerpo’. Su aparición es breve, suficiente para constatar que, por cruel que haya sido el tiempo con ella, es una admirable actriz. Pero la cosa es, sin que esto pueda considerarse un ‘spoiler’, que su breve papel como exmujer de Michael ‘Kominsky’ Douglas es al otro lado del teléfono. No comparten plano. Desde aquel instante, no sé ustedes, las próstatas de Arkin y Douglas pasaron a un segundo plano en casa. Cada nuevo capítulo era como desenvolver un regalo, romper el papel y abrir la caja en busca de ese reencuentro cara a cara entre Kathleen Tuner y Michael Douglas tras aquellas ochenteras tres películas con las que nos obsequiaron hace 30 años, las dos de la saga de la escritora romántica Joan Wilder por las selvas colombianas y por los desierto del imaginario país arábigo de Kadir (‘Tras el corazón verde’ y ‘La joya del Nilo’) y, por supuesto, ese trasunto del ‘procés avant la lettre’, ‘La guerra de los Rose’.

Que en ese reencuentro estuviera presente también Danny de Vito, secundario de lujo en aquellas tres películas y proctólogo del profesor Kominsky en la serie, sería ya la repera. Eso nos decíamos antes de cada capitulo. Ilusos. Qué chasco. El mayor gatillazo desde desde 1940. Quizá en la tercera temporada…

1981, un año para tatuar

El estreno de ‘Fuego en el cuerpo’ en 1981 fue, perdón por la expresión, el destete no solo cinematográfico para la cosecha demográfica de 1964, año curioso porque es el Everest natalicio de España, el ‘big bang’ del ‘baby boom’. Estábamos a punto de cumplir la mayoría de edad y Kathleen Turner estaba estupenda, léase esto como se desee. Sublimó el papel de ‘femme fatale’, con William Hurt como víctima.

No quiso encasillarse y fue así como exploró el género de la comedia, lo que le llevó hasta Michael Douglas, con tres películas palomiteras, cuando este calificativo no era un desprecio.

La Turner, dicho esto con el mismo respeto que antaño se decía la Garbo, puede que sea para las nuevas generaciones una actriz descontextualizada. Su paso por ‘Friends’, como padre transexual de Chandler, fue calamitoso, pero más por la bisoñez profesional de los seis protagonistas de aquella serie que por ella misma.

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