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Conocidos y saludados

Ese hombre y todo lo demás

No deja de ser paradójico que se haya hablado más de Franco este último año y medio que durante buena parte de los cuatro decenios democráticos posteriores a su caudillaje y que intentaron pasar página sin conseguirlo del todo

Josep Cuní

Una bandera republicana española y, al fondo, el helicóptero con los restos de Franco.

Una bandera republicana española y, al fondo, el helicóptero con los restos de Franco. / JOSE LUIS ROCA

Y el helicóptero con los restos exhumados se elevó hacia los cielos del valle y al llegar a la altura de la cruz emprendió el viaje hasta la última morada. Ahora sí.

De haberle quitado el color al televisor, hubiera parecido que el tiempo se había congelado. Y eso que se le negaron a la familia unos funerales de Estado y la mayoría de unas peticiones que, por sus exigencias, parecía como si nada hubiera cambiado para ellos. Aun así, la imagen del féretro envuelto en un estandarte con el escudo de la casa del difunto y sacado a hombros por nietos y biznietos del dictador ofrecía una apariencia más cercana a la pompa que a la circunstancia que correspondía a un día frío y tímidamente soleado. Es como si, de alguna manera, Franco también hubiera mandado durante estas dos horas y media de ritual y recuperara su voz aflautada para insistir en que lo había dejado todo atado y bien atado. Incluso las imágenes de su espíritu sobrevolando su templo.

Mientras, algunos nostálgicos clamaban por él y Santiago Abascal intentaba sacar el mismo rédito electoral que Pedro Sánchez. Porque si al promotor de la iniciativa puede ayudarle en estos días planos para sus sondeos, al líder del recuperado nacionalcatolicismo subiendo en las encuestas, también. A expensas de sus rivales de la derecha. Y esto es lo que demuestra que 43 años, 11 meses y 4 días después de la muerte de Francisco Franco Bahamonde (Ferrol, 4-12-1892), su sombra sigue siendo tan alargada como su influencia en las generaciones que lo sufrieron directamente. Y las siguientes.

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Es la consecuencia de lo que sucedió en aquella madrugada de noviembre del 75, cuando en la gran mayoría de hogares los ciudadanos se despertaron con tanta ligereza como preocupación. Nadie sabía qué podía pasar a partir de aquel momento. El trauma de los años difíciles hizo que las mujeres mayores hicieran acopio de víveres. Siempre había que tener en las casas reservas de arroz, harina, aceite, azúcar y sal. Lo que escaseó hasta el final del racionamiento. Luego, los relatos nos hablaron de botellas de champán descorchadas en algunas salas, pero solo fueron las de quienes podrían contarlo porque algún día dispondrían de plataformas para hacerlo. No fue esa la tónica mayoritaria. El temor sembrado durante cuatro décadas y después de una dramática guerra civil había hecho mella. Y al miedo físico de la represión había que sumarle el pavor moral inoculado desde los púlpitos. Esta fue la fuerza del franquismo para tragedia nuestra. Y esto es lo que, en realidad, la ceremonia del jueves viene a enmendar.

No deja de ser paradójico que se haya hablado más de Franco este último año y medio que durante buena parte de los cuatro decenios democráticos posteriores a su caudillaje y que intentaron pasar página sin conseguirlo del todo. Sus familiares y herederos siguieron fantaseando en las revistas y programas del corazón primero, y en halagadas entrevistas, después, que parecían blanquear tanto su imagen como la de su progenitor. Nada igual había pasado en países parejos. Por algo estas semanas hemos descubierto que Madrid es el mayor cementerio de dictadores de Europa.

Muerte de Santos Juliá

El tiempo y la casualidad han querido que el día antes del final de este camino falleciera Santos Juliá. El historiador se especializó en el aciago siglo XX español. Y se fue lamentándose de la recuperación de descalificaciones entre rivales democráticos que suponen, decía, la resurrección de los ejes que Franco marcó contra la política al albur de aquella frase a él atribuida en la que recomendaba a su interlocutor: «Haga como yo. No se meta en política».

También la coincidencia hizo que la Academia anunciara la concesión del Goya de Honor del 2020 a Marisol. Aquella niña prodigio del cine de los años 60 de quien se comentaba que Franco invitaba al Pardo para entretener a sus nietos. Los mismos que la denostarían después, cuando se despertó del letargo del éxito y, junto a Antonio Gades, alzó el puño izquierdo de la obediencia comunista. Ellos son la cara y la cruz de la moneda de las dos Españas. Las que vuelven al combate de las urnas en 15 días. Las que nunca acaban de cumplir con ellas mismas. Las que tienen el verbo demasiado suelto y la amenaza demasiado larga.

No es extraño pues, que cualquier joven de hoy que a duras penas sabe quién fue Franco clame públicamente contra los restos del franquismo. Los hemos podido escuchar estos días en esas calles que, ingenuamente, creen que serán siempre suyas.