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Muy seriemente

Un país de capuletos y montescos

La búsqueda de una serie que compendie el 'procés' termina. cómo no, en el terreno de la ciencia ficción, con el feliz hallazgo de 'La ciudad y la ciudad'

Carles Cols

El inspector Tyador Borlú, a la izquierda, en Ul Qoma, y su compañera, la agente Corwi, en Beszel.

El inspector Tyador Borlú, a la izquierda, en Ul Qoma, y su compañera, la agente Corwi, en Beszel. / FILMIN

Qué tiempos estos en que hasta mueren los proverbios, o al menos ese que, muy ingenuo, decía que la verdad es la hija del tiempo. Pues nada, que descanse en paz la criatura.

El reto era encontrar una serie adecuada para una semana convulsa como esta y la búsqueda, aleluya, ha terminado más que bien, con el hallazgo de unos de esos huevos Fabergé que pueden pasar inadvertidos en las cada vez más extensas estanterías de la tele de pago. Ha sido felizmente descubierta en Filmin, tienda gourmet para seriófilos. El título no parece gran cosa, ‘La ciudad y la ciudad’, salvo si se repara en que es la adaptación de la sombría novela del mismo nombre de China Miévilleuno de los actuales profetas mayores de la ciencia ficción, ganador por esta obra en el 2010 nada menos que del prestigioso premio literario Arthur C. Clarke. Antes de hundir el cuchillo en esta involuntaria metáfora del procesismo y su némesis constitucionalista, apuntar solo, a modo de pista, que la primera vez que se concedió este galardón fue a Margaret Atwood por ‘El cuento de la criada’. Qué gran tarjeta de presentación.

Los libros de historia cuentan que hace 30 años cayó el muro de Berlín, pero solo la albañilería, el invisible sigue en pie, en forma y en otros lugares

Antes de la próxima luna llena se cumplirán 30 años de la caída del muro de Berlín. A los nacidos tras aquel 9 de noviembre de 1989 les resulta a veces inexplicable como una simple a la par que monumental obra de albañilería fue capaz de lograr que dos mitades de una misma ciudad tomaran caminos tan divergentes social, ética, arquitectónica e incluso automovilísticamente. Que un Trabant 600 y un Mercedes-Benz W124 fueran coches contemporáneos, que fueran representativos de las dos mitades de una misma ciudad, fue, para entendernos, como descubrir una fotocopiadora entre las pertenencias de Johannes Gutenberg. Y, sin embargo, sucedió. El muro funcionó con eficacia prusiana. Al otro lado de ese telón de acero que se extendía desde el Báltico al Adriático se convenció a la ciudadanía de que las luces de occidente era el brillo de baratijas, puro engaño, que la mendicidad era el mínimo común denominador en las calles de todos los países enemigos. La ceguera impuesta por las autoridades era tremenda. La tramoya se mantuvo en pie durante 28 años. Algunas series recientes no han resistido la tentación de bucear en esa etapa, ‘Deutschland 83’ (Movistar y Amazon), una de espías con propósito de rigor histórico, y ‘Counterpart’ (HBO), desde la fantasía de los mundos paralelos, son dos ejemplos.

La cuestión es que Miéville tuvo la ingeniosa ocurrencia de plantear en ‘La ciudad y la ciudad’ que el muro es en realidad accesorio e innecesario, que basta con la perversión del lenguaje para levantar una impermeable división en una sociedad. La novela no es argumentalmente más que una historia policiaca, igual que ‘Blade runner’, se podría decir, pero lo sustancial es el contexto, dos ciudades inventadas, Beszel y Ul Qoma, entrelazadas entre sí, con barrios pegados unos a otros, con calles en que una acera es beszeliana y la otra ulqomiana, pero agua y aceite a efectos prácticos. Nada impide cruzar la calle,. Nadie la cruza. Los ciudadanos han sido educados en el ‘desver’, palabra definible como ser voluntariamente ciego a todo aquello que no sea propio. Lo que no es Beszel, o sea, Ul Qoma, molesta a la vista, es una imagen borrosa e incómoda que invita a apartar la mirada. Y viceversa. “Protégete”. “Si estás en Beszel solo ves Beszel”. Son mantras que se repiten desde unas torres que por momentos parecen minaretes e, instantes después, ¡oh, là, là!, pirulís de la televisión oficial de un país o del otro. “Ho tenim a tocar”. “El món ens mira”. “Llum als ulls i força al braç”. “Somos las nación más antigua del mundo”. “¡155 ya”. Pues eso.

Filmin es, lo saben sus incondicionales, una suerte de lámpara de Aladín de series formidables, la inmisericorde 'The virtues', la canalla 'Inside nº 9'...

‘La ciudad y la ciudad’ es una rareza que llega de la mano de la BBC a Filmin. De hecho, esta suerte de lámpara de Aladín que es la española Filmin es el regazo en el que encontrar series capaces de toserle a los mejores títulos de Netflix, como ‘The virtues’, obra maestra sobre el amor, el dolor y la redención, e ‘Inside nº 9’, la versión canalla y a veces tronchante de ‘Black Mirror’. El caso es que ‘La ciudad y la ciudad’ no es, obviamente, un relato específicamente sobre el ‘procés’, sino sobre cualquier sociedad condenada al enfrentamiento entre capuletos y montescos, entre independentistas y quienes no lo son, entre partidarios del 'brexit' y quienes lo temen, un relato sobre la sordera, un relato sobre el ‘desver’.

‘Veritas filia temporis’, decía el refrán original en latín. “La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad”, añadió siglos después Francis Bacon. Por favor, que tenga razón, aunque sea solo en lo segundo.