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No solo fútbol

La misa de Messi

El deporte de élite resposa sobre el pilar de la adoración. De niño ves lo que te gustaría ser y de adulto lo que te gustaría haber sido. Pero todo tiene un límite, incluso para los que somos fervientes creyentes de la religión del balón

Josep Martí Blanch

Messi, aclamado en el estreno del espectáculo ’Messi10’.

Messi, aclamado en el estreno del espectáculo ’Messi10’. / EUROPA PRESS

¡Viene el circo! Unas veces el que llegaba era el americano, otras el italiano o europeo y después, anticipando la globalización, el mundial. A los chiquillos nos traía sin cuidado de dónde procediese. Intuíamos, a pesar de que la cartelería y la megafonía dijeran lo contrario, que en realidad era siempre el mismo.

Eran días de excitación en la pandilla. Imaginábamos la vida de aquella gente repleta de aventuras y nos daba igual que nuestros padres, de modo unánime, coincidieran en que nadie que viviese en una 'roulotte' podía estar en su sano juicio y, menos aún, ser buena compañía. Cuidado con las pulgas, también era una recomendación compartida. Más que la función, que era un rito estival obligatorio y a decir verdad nunca nos satisfacía, el circo nos servía para inventar durante unos días. Liberábamos al tigre y lo utilizábamos como arma definitiva para acabar con la pandilla enemiga. O paseábamos sentados encima del elefante y le hacíamos escupir agua en toda la cara de las señoras mayores que se enfadaban si jugábamos a fútbol utilizando la pared de su casa como portería. También a sus gatos. Alguna vez me imaginé de contorsionista. Claro que entonces no sabía que a los 20 años me costaría girar el cuello para mirar a un lado. El circo era cosa de niños.

Las chiquilladas de antaño me vinieron a la cabeza en el estreno de 'Messi10' del Cirque du Soleil por la experiencia capicúa que ahora les relato. La primera imagen al llegar fue la de un anciano de equilibrio precario haciéndose fotografiar delante de un cartel del espectáculo como un adolescente a punto de entrar en un concierto de Taburete. Finalizada la función, una pareja, también muy entrada en años, se desesperaba intentando encontrar un taxi imposible mientras caminaba renqueante por la Diagonal en dirección a la civilización, que queda muy lejos del Fórum. Les perdí de vista después de 40 minutos. El señor daba ya muestras de querer secuestrar un vehículo. Deseo que él y su señora hayan sobrevivido a su epopeya circense.

No crean ahora que el estreno fue un encuentro de jubilados. Había también niños y niñas, como Ansu Fati o la gente de deportes de los medios de comunicación. Pero lo que cuenta para la retina es lo último y lo primero que se ve. En mi caso fue gente mayor. Y como el periodismo es principalmente sacar conclusiones rápidas, ligeras, mayormente equivocadas y sin ton ni son, aquí me tienen, explicándoles que el circo ya no es un templo de la niñez y que a lo mucho es cosa de Peterpanes.

El equívoco

Puede que el arranque del equívoco derive de llamar circo a una misa, que es lo que en verdad se celebra en la carpa del Cirque du Soleil. La misa de Messi. Solo que los oficiantes y monaguillos son atletas y la palabra es imagen y eslóganes proyectados en pantallas. «Hay un 10 dentro de cada uno de nosotros», leímos al final con gran confort para el espíritu.

¡Qué suerte! Estamos hechos a imagen y semejanza. De Messi, claro. Si usted, como yo, lo más que ha hecho en el deporte es el ridículo, no se sienta abandonado. Dios escribe recto con renglones torcidos. Nosotros somos el borrón inevitable en cualquier página de caligrafía, incluida la divina. 'Messi10' es un empacho de idolatría. Incluso hay protagonismo para un león muy efectista que puede hacer el papel del nuevo Vellocino de Oro.

El deporte de élite reposa sobre el pilar de la adoración. De niño ves lo que te gustaría ser y de adulto lo que te gustaría haber sido. Pero todo tiene un límite, incluso para los que somos fervientes creyentes de la religión del balón. 'Messi10' lo sobrepasa completamente y no hace falta acudir al VAR para comprobarlo. El verdadero templo es el campo. Los bancos de oración reales son las gradas del estadio. Los auténticos feligreses son los que pueden recitar de memoria la plantilla. La comunión genuina es la emoción del gol.

'Messi10', queriendo dibujar una metáfora viva de este catálogo de la fe, adquiere el tono de una herejía. En tres evangelios, Lucas, Marcos y Mateo, puede leerse la historia en la que Jesús responde a una pregunta trampa que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Denle al circo lo que es del circo y a Messi lo que es de Messi. Unos y otros saldrán ganando. También los señores mayores que andaban buscando taxi sin aliento pasadas las 12 de la noche por los confines de Barcelona.

En el Camp Nou, al menos, no es más que un agradable paseo lo que se tarda en llegar a la estación de metro. El tiempo justo para comentar la última genialidad de Messi. En el césped, por supuesto.