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Patio de butacas

Arde la calle al sol de poniente

La Fundació Foto Colectania acoge la muestra 'La movida. Crónica de una agitación', con obra gráfica de Ouka Leele, Alberto García-Alix, Miguel Trillo y el fallecido Pablo Pérez-Mínguez. A partir del 18 de octubre, en el número 14 del paseo de Picasso

Olga Merino

La artista Ouka Leele, con algunas de sus obras.

La artista Ouka Leele, con algunas de sus obras. / DAVID CASTRO

El recuerdo de los años 80 suele venir empañado de nostalgia y el automatismo de una sonrisa bobalicona. Ah, qué tiempos aquellos. Las hombreras, los diálogos alucinógenos de Pepi, Lucy, Bom… y la proclama de Tierno Galván, a la sazón alcalde socialista de Madrid, que marcó el zeitgeist de la época: "¡Rockeros, el que no esté colocao, que se coloque…! ¡Y al loro!".

Muerto el franquismo –al menos, el cronológico–, la pista se llenó de alevines dispuestos a bailar hasta el amanecer, a desencajarse los huesos con canciones preñadas de interrogantes que, de cualquier forma, no aguardaban respuesta: "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?" (Burning) o "¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?" (Polanski y el Ardor). Resultaría dificilísimo quedarse con un solo himno generacional, aunque Escuela de calor, de Radio Futura, ocuparía sin duda un lugar de honor en el podio: "Arde la calle al sol de poniente/ hay tribus ocultas cerca del río". Escucharla invita a un viaje en el tiempo.

¿Tiempos mitificados?

Mientras se tejía el bolillo de la transición política, los garitos servían un cóctel infame llamado leche de pantera y la calle vibraba con el despertar adolescente a las libertades, a la eclosión de la creatividad. Tiempo y espacio se confabularon para juntar a un montón de gente talentosa, o eso parece ahora. ¿Acaso hemos mitificado aquellos días? Al otro lado del teléfono, desde su estudio en el barrio de Chamberí, Ouka Leele (seudónimo de Bárbara Allende Gil de Biedma) replica que en absoluto, que, en todo caso, no se ha reivindicado lo suficiente el legado de la movida madrileña, el último movimiento artístico como tal. Recuerda que, para realizar la obra fotográfica Rappeletoi Barbara, se pudo permitir el lujo de parar el tráfico en Cibeles durante varias horas. "¿Conseguir eso ahora? Imposible. Hemos ido a peor". 

La artista visitará Barcelona el próximo jueves, 17 de octubre, para asistir junto con sus colegas al bautizo de la exposición 'La movida'. Crónica de una agitación, 1978–1988 en Foto Colectania (paseo Picasso, 14). El evento promete. La muestra incluirá fanzines, vinilos, proyecciones de grupos de la época y sobre todo las imágenes de quienes fueron los cuatro jinetes del apoteosis, los cuatro fotógrafos que mejor supieron captarla, cada uno a su manera: Pablo Pérez-Mínguez (el artisteo), Alberto García-Alix y Miguel Trillo (el asfalto más duro) y Ouka Leele, quien hizo poesía visual de aquel tiempo con golpes de color ácido muy warholianos, como su primera serie fotográfica 'Peluquería'.

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Se trata de retratos en blanco y negro, pintados luego con acuarela, en los que adornó las cabezas de amigos y conocidos con el tocado que le vino en gana: tortugas, una plancha eléctrica, jeringuillas, un kilo de limones. Al dibujante Nazario le colocó un pene de plástico con dos cintas que se anudaban bajo la barbilla; a Pau Riba le coronó la testa con una cacatúa verde. En Barcelona Buena parte de la serie 'Peluquería' la realizó precisamente en Barcelona, donde recaló a finales de los 70 por su "aire fresco", porque la premovida se coció aquí en torno al cómic underground.

Como no tenía un duro –los pocos monises se los gastaba en pinceles o en papel fotográfico–, Ouka Leele acudía adonde los hare krishna a que le dieran de comer arroz con gusto a coco, y los domingos se recogía en casa de los padres del poeta Jaime Gil de Biedma, primo de su madre.

Época dorada

Los 80 fueron una época dorada que tuvo, sin embargo, su lado oscuro en el "vamos a probarlo todo", en ahondar en uno mismo y en los pasadizos de la creación tomando atajos engañosos. Recuerda a los amigos que se volvían zombies, con la mirada vacía de la heroína; a los que acabaron en la cuneta. Ella supo mantenerse al margen: "Una amiga mía, que falleció por la droga, me pasaba canutos y yo no sabía qué hacer con ellos; los guardaba en el cajón de las bragas, muerta de miedo de que mis padres los descubrieran". Luego todo se hizo adulto, comercial, más previsible. Llegaron los 90 y con ellos los tiburones vestidos de ejecutivo. Pasó el tiempo y una generación, tal vez la más hedonista de la historia, la de los danzarines baby-boomers, hoy peina canas con cara de circunstancias.

Como dice el escritor Antonio Orejudo, en la transición éramos demasiado jóvenes para andar pensando en ocupar posiciones de poder y "la gran recesión nos ha pillado demasiado viejos para protagonizar el relevo". El furgón de cola. Bailando, me paso el día bailando.