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360º

Planeta Maradona

Como nuevo entrenador del Gimnasia y Esgrima, montó su propia ópera de gestualidad tras la primera victoria del equipo después de tres derrotas consecutivas

Abel Gilbert

Diego Armando Maradona, el sábado pasado en el Estadio Malvinas Argentinas de Mendoza.

Diego Armando Maradona, el sábado pasado en el Estadio Malvinas Argentinas de Mendoza. / AFP

La Plata es una de las singularidades argentinas. Ubicada a 56 kilómetros de la capital, ha sido considerada un modelo ejemplar de planificación a partir de su trazado en cuadrícula con diagonales y plazas cada seis manzanas. Esa búsqueda del orden en el espacio fue ponderada ya en la Exposición Universal de París en 1889. La premiaron como la urbe del futuro. En esa ciudad donde se levanta la Casa Curutchet, edificada por el arquitecto suizo Le Corbusier y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se ha instalado Diego Maradona para hacer desbaratar toda su racionalidad. Vino con su sobrepeso, sus dificultades para desplazarse, pero a hacer lo que se espera de un mito: que salve del oprobio futbolístico a Gimnasia y Esgrima, el equipo del que es hincha Cristina Fernández de Kirchner. El 'lobo' está por perder la categoría y por eso sus dirigentes no tuvieron mejor idea que apelar al realismo mágico. Bajo esas premisas Diego Dios se ha convertido en su entrenador y aspirante a demiurgo.

La ciudad donde en 1945 se casaron Juan Domingo Perón y Eva Duarte, uno de los territorios más expuestos a la represión de la última dictadura (1976-83), esa La Plata que es referencia cultural y científica, empezó a girar como un trompo alrededor del excampeón mundial. A los 58 años, con unas rodillas que no le responden y una verba ralentizada, Maradona todavía es capaz de imponer sus reglas de la prestidigitación.  A tal punto que un club en bancarrota inscribió de la noche a la mañana 5.000 nuevos socios. Gimnasia y el Ente Turístico platense venden paquetes turísticos internacionales que incluyen una platea en el estadio de El Bosque para ver cómo Maradona grita y monta su propia ópera de la gestualidad. Nada más elocuente que su festejo coreografiado de la primera victoria después de tres derrotas consecutivas.

Diego se ha mudado a una selecta urbanización en la zona de Bella Vista. Algunos vecinos han puesto el grito en el cielo. Para las clases media y alta, Maradona puede exhibir todos los oropeles deportivos y una cuenta bancaria abultadísima a pesar de sus desdichadas derivas emocionales, pero nunca -y eso lo subrayan- será uno de los suyos: su ADN humilde lo delata.

Contra Macri

Maradona abarca todas las zonas posibles del discurso social. Se habla en público de su cuerpo vapuleado y las huellas que le han dejado las adicciones, de sus hijos extramatrimoniales que no paran de aparecer, de sus amores tormentosos y, claro, del Diego político, que se tatúa al Che Guevara pero ha vivido en Dubai, de sus simpatías por Nicolás Maduro y la aversión incontinente que le provoca el presidente de derechas Mauricio Macri.

El jugador que más alegría futbolísticas les ha dado a los argentinos es una metáfora de varias caras. "El gran narrador de la patria", lo ha definido el sociólogo Pablo Alabarces. La izquierda marxista sospecha de sus piruetas.  Los defensores del sentido común le reclaman coherencia. El kirchnerismo lo ha hecho su símbolo. Para los conservadores es el demonio. 

Hasta una iglesia

"Peronismo y Maradona son dispositivos emocionales que funcionan por momentos de manera muy similar, con un blindaje negador y singular que aplican sus multitudes de seguidores: ponen a un lado las múltiples miserias de cada uno y responden con arrobada e incondicional lealtad como si ambos siguieran petrificados en sus momentos culminantes", dijo Pablo Sirven en el diario 'La Nación'. A su criterio, Diego y ese partido que ganará las elecciones presidenciales el 27 de octubre tienen una misma matriz. "Se han cristalizado en la memoria popular las estampas coloreadas de Perón, como padre protector, y de Evita, como hada madrina, que dignificaban el trabajo y sumaban conquistas sociales".

Alejandro Wall, uno de los mejores analistas de las complejas relaciones entre deporte y sociedad en este país, define a Diego como "el líder populista del país futbolizado". Es también, para otros, el síntoma de una confusión colectiva. Nunca habrá un acuerdo sobre él. Por algo proliferan los libros y las canciones, las tesis y los simposios. Hasta se fundó una iglesia maradoniana.

Él, Dios, les exigió a sus jugadores "salir a la cancha para arrancarle una sonrisa a la gente". En una Argentina con casi un 40% de pobres, Maradona piensa que el fútbol debe darle al menos una alegría pasajera. Diego encandila y enerva por razones en un punto convergentes: el tiempo ha pasado con sus huellas y nunca volverá a 'ser' aquel de 1986. La constatación duele tanto como el reconocimiento de lo lejano que han quedado aquí los días de bonanza y una mayor igualdad.