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Un rubio impertinente

La prensa británica ha agotado los adjetivos negativos para quientambién fue alcalde de Londres, ahora convertido en «el peorprimer ministro de la historia». Un hombre «triplementementiroso» que engañó al pueblo, al Parlamento y a la reina.

Josep Cuní

Boris Johnson, el pasado miércoles en la conferencia anual del Partido Conservador.

Boris Johnson, el pasado miércoles en la conferencia anual del Partido Conservador. / OLI SCARFF / AFP

Puede que el calificativo esté en desuso pero la generación a la que Boris Johnson pertenece (Nueva York, 1964) lo aplicaba con cierta frecuencia. Especialmente los de su clase social, instalada en el Upper East Side de Manhattan, por cuanto la palabra podía ser lo suficientemente despectiva como para evitar expresiones malsonantes. No era de buen tono insultar con vocablos que fueran más allá del insolente o descarado. Un impertinente de entonces es un provocador de hoy. Un fastidioso, cargante, pesado e inoportuno. Un chinche, inconveniente, molesto e inadecuado. Una mosca cojonera que, al decir de Schopenhauer, es el símbolo más ajustado porque, a diferencia del resto de los animales que huyen del hombre más que otra cosa y corren antes que él se les acerque, el insecto se posa ostensiblemente sobre su nariz misma. Y le molesta constantemente por muchos aspavientos que se hagan para apartarla. Y así, el primer ministro británico se posó sobre nuestras vidas hasta alterarlas de manera considerable. Y, de momento, no hay fumigante que le pueda.

Su propuesta del martes sobre el Ulster ha sido su penúltima prueba. Como si de un detonador se tratara, la presentó a mediodía e inmediatamente las bolsas estallaron. Más beligerancia imposible. Porque siendo este el gran obstáculo para conseguir salvar la negociación del 'brexit' por el que fracasó Theresa May, Johnson se saca de la manga la posibilidad de que Irlanda del Norte siga cuatro años más en la Unión Europea. A la espera de que durante este periodo alguien pueda encontrar una solución adecuada a un problema complejo: dónde poner las aduanas en un territorio en el que las tierras no conocen de obstáculos ni las propiedades fronteras. Basta haberse paseado por algunos de aquellos paisajes de poco menos de quinientos kilómetros para darse cuenta. 

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Son confines marcados por caminos rurales y en los que la única diferencia entre uno y otro lado del límite es el cambio del grueso del asfalto. Y el tamaño de las señales de tráfico. El resto comparte armonía, recorta siluetas y se adentra en estuarios que disimulan las pocas diferencias geográficas.

Una realidad que, sin embargo, esconde los traumas de una población fustigada por la violencia y donde dos amigos simpatizantes de sus polos opuestos, todavía hoy, veinte años después, no pueden compartir una cerveza en el pub del contrario. Porque todo sigue dividido según los pareceres políticos. Aquellos que produjeron la mejor expresión artística del horror, el dolor y la muerte en unos murales protegidos como memoria del drama. Aquellos que no entienden que la fe y la ideología, un sentimiento de pertenencia y las convicciones, pueden acarrear violencia y desolación. Y como treinta años de conflicto no se resuelven de un día para otro, por muy brillante e inteligente que sea Boris Johnson, también él sabe del riesgo que supone hurgar en las heridas no del todo cicatrizadas de una lejana guerra que mantiene viva la llama del resentimiento.

Y esta ha sido su última ocurrencia. Una trampa, según el negociador europeo. Y la oposición se lo cargó. Así lo explica la prensa británica, que ha agotado los adjetivos negativos para definir a quien también fue alcalde de Londres, ahora convertido en «el peor primer ministro de la historia», según el 'Daily Mirror'. El rotativo, que destacó que ni su familia confía en él cuando su hermano le abandonó. «Triplemente mentiroso», se añadió tras la resolución de la Corte Suprema obligando a reabrir Westminster por haber engañado al pueblo, al Parlamento y a la reina. Defecto que no debería sorprender a quien haya seguido mínimamente la carrera profesional y política de un periodista acostumbrado a dar titulares combatiendo la realidad para que no se los estropee. Un admirador de Winston Churchill de quien escribió una biografía que parecía más destinada a preparar su propio ascenso político que a divulgar las sombras de quien también las tuvo.

Muy distinta de la que Andrew Roberts ha presentado esta misma semana. La vida y obra de un aristócrata ilusionado de quien nunca nadie debería dar nada por supuesto de las cosas que pudiera pensar hoy. Que probablemente estaría a favor del brexit lo deduce porque, según el historiador, en vida no hizo nada para acercar el Reino Unido a Europa. Y preguntado por la escrita por Boris Johnson remata: «La mía se ha vendido más».