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Patio de butacas

Que Cicerón nos coja confesados

Vuelve el gran Josep Maria Pou, empaque y vozarrón, al Teatre Romea con 'Viejo amigo Cicerón', una reflexión en vaqueros sobre la vulnerabilidad de la democracia. Una obra la mar de contemporánea. ¿Hasta cuándo abusarán de nuestra paciencia?

Olga Merino

El actor Josep Maria Pou.

El actor Josep Maria Pou. / ELISENDA PONS

Mientras Josep Maria Pou viene cruzando la calle, una no acierta a distinguir si quien se acerca es él u Orson Welles, o el capitán Ahab de 'Moby Dick' con la pata de palo a rastras o bien el Doctor Dorn, el médico de 'La gavina' (Chéjov), un hombre libre que recetaba escepticismo y gotas de valeriana para cualquier dolencia a partir de los 60. ¿O acaso acude a la cita tras la máscara del rey Lear? ¡Qué subidón escénico fue aquel! A buen seguro que los teatreros no han olvidado el montaje de Calixto Bieito en el Teatre Romea, hace ya tres lustros, donde Pou/Lear aguantaba estoico la lluvia helada sobre las tablas y tres horas de función. Pues bien, ahora revisita el mismo escenario (a partir del jueves 17 de octubre) para dar un puñetazo sobre la mesa de la actualidad política con 'Viejo amigo Cicerón', una obra estrenada en julio en el Teatro Romano de Mérida.

Voz, presencia, la mirada profundísima, como desde el pozo de su apellido, Pou va y viene con la gira. Esta misma noche representa 'Viejo amigo Cicerón' en el Olympia de València y, después de las sesiones programadas en el Romea, recorrerá toda la cornisa cantábrica, de San Sebastián a La Coruña, junto con los otros dos actores del elenco, Miranda Gas y Bernat Quintana. Como de vez en cuando recala en casa, se deja cazar al vuelo entre dos bolos peninsulares para conversar sobre la obra, un texto del dramaturgo Ernesto Caballero bajo la dirección de Mario Gas y sobre la figura de Marco Tulio Cicerón, senador romano, jurista, escritor y celebérrimo orador.

Josep Maria Pou regresa al Romea con 'Viejo amigo Cicerón', a partir del 17 de octubre

A Pou, cómo no, también le tocó batírselas con algún fragmento de las 'Catilinarias' en las clases de latín del bachillerato –'puella', 'puellae', primera declinación–, aunque en la adolescencia no se estaba para gaitas ni, por desgracia, se llegaba a atisbar el mensaje político del texto ni mucho menos apreciar que se tenía entre manos una obra cumbre de la oratoria, distante años luz de la dialéctica garbancera que se estila hoy en el Parlament o el Congreso de los Diputados.

Situémonos: siglo I antes de Cristo. Cicerón defiende los valores democráticos frente a predadores con vocación dictatorial, como el senador Lucio Sergio Catilina, Julio César y después su sucesor, Marco Antonio, con quien nuestro héroe también se despachó a gusto en las 'Filípicas' (lo llamó bárbaro, borracho y gladiador). Así, cuando se destapa que el corrupto Catilina anda conjurándose para dar un golpe de Estado, Cicerón, entre las piedras del Senado, bajo las siglas del SPQR que flameaba en los estandartes de 'Gladiator', le espeta aquello tan conocido: «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?».

A Cicerón le cortaron la cabeza y las manos por defender la integridad de la República hasta el límite, pero ahora ¿quién se coloca su toga salvífica?, ¿quién nos sacará de la ciénaga, viejo amigo? La antigua Roma se refleja en la charca del presente. Viene de perlas que una obra tan cargada de trilita política coincida precisamente con la campaña electoral –cuando despertó, la campaña todavía estaba allí– y con la sentencia del juicio sobre el ‘procés’ dorándose en el horno del Supremo. El texto, asegura Pou, ayudará mucho a reflexionar sobre nuestra democracia, sobre sus puntos débiles, sobre el valor de las leyes. «No hay ni una sola frase en el texto, todas ellas de Cicerón y de la Roma clásica, que no encaje al cien por cien con la situación que estamos viviendo».

Sobre el escenario se plantean interrogantes que hoy, 2.000 años después, también escuecen

Sobre el escenario se plantean interrogantes que hoy, 2.000 años después, también escuecen: ¿Sabemos elegir a los mejores para que nos representen? ¿Está la ley por encima de cualquier poder? ¿Si es injusta, es lícito saltársela a la torera? ¿Puede invocarse la legitimidad del pueblo y, al mismo tiempo, imponerse a ella con prácticas dictatoriales? Uy, uy, uy... Calentito, calentito.

A pesar de que la edad (75 años) le da derecho a distanciarse de la matraca política, el gran actor, columnista de este diario, está que trina, muy decepcionado con la nueva generación de políticos, con los jóvenes, los que, se supone, debían renovar el patio: «En cualquier empresa privada los habrían echado ya, por incompetentes, ineficaces e inútiles. No han sabido hacer su trabajo». Y atención, que Pou les manda recadito: se compromete a regalar el libro 'Cómo gobernar un país', de Cicerón, a todo político que acuda a verlo al teatro. 'O tempora, o mores'. Qué tiempos nos ha tocado vivir.