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Huir de Siria hacia la guerra

ADRIÀ ROCHA CUTILLER

360º

Huir de Siria hacia la guerra

Un armenio de Siria, Narses Demirjyan, zapatero, huyó de su país unos años antes de que estallara la guerra. Se mudó al Alto Karabaj, un lugar donde el conflicto nunca acaba

Adrià Rocha Cutiller

Narses Demirjyan hubo un tiempo, antes de que todo pasase, en el que el negocio le sonreía. Tenía varias tiendas por toda Siria, sobre todo en Alepo, a las que él mismo iba a menudo para supervisar que todo fuese bien con sus pequeñas obras de orfebrería: zapatos hechos a mano.

Esa época ya ha pasado. Hace casi una década que Narses no pisa Siria y lo que antes fue el negocio boyante de su vida hoy se ha convertido en un medio apurado de subsistencia. Narses sigue haciendo zapatos a mano, sí, pero ahora desde un sótano húmedo, con las paredes mal pintadas y lleno de material y mesas y telas y utensilios tirados por todos lados, localizado en la ciudad de Stepanakert, donde se mudó algunos años antes de que estallase la guerra en Siria. Narses sigue intentándolo.

«Aún tengo algunos familiares en Siria e intentamos mantener el contacto, aunque mi hermano también se mudó conmigo aquí», explica Narses, cara redonda y afable de señor mayor, algunos pelos blancos rodeando su calva, bigote aún más blanco y mentón y barbilla completamente afeitados. Mientras habla, el zapatero sigue trabajando en un zapato que, parece, será de mujer. Pero cuando dice «aquí», levanta la vista y se para.

«Aquí», dice, «aquí, en el Alto Karabaj», y señala al suelo.

Narses, nacido en Kobane, formaba parte de la comunidad armenia de Siria, que constituía, antes de la guerra, cerca del 2% de la población. Él lo hizo algo antes, pero en los últimos años varios miles de sirios-armenios, por culpa de la guerra civil siria, han abandonado el país árabe para marcharse al Cáucaso, donde el gobierno armenio ha estado dando pasaporte y ciudadanía a todos los que la piden —siempre que tengan apellido armenio—. «No, yo nunca me marché de ningún sitio —dice ahora Narses—. Simplemente me mudé de mi país a mi país. De Siria a Armenia».

Narses, sin embargo, es distinto. La mayoría de los refugiados fueron a República de Armenia; él, no. Narses fue Stepanakert, capital de la república independiente pero no reconocida por nadie del Alto Karabaj, una franja de montañas dentro del territorio nacional de Azerbaiyán pero poblado, en la actualidad, solo por armenios.

Fantasmas

Antes no era así: en el Karabaj, hasta hace poco, había casi tantos armenios como azeríes. Pero todo cambió en 1991, cuando, durante el desmembramiento de la Unión Soviética, Armenia y Azerbaiyán se declararon la guerra por esta zona, parte mágica de la mitología nacional de ambos países. La lucha terminó en 1994 y con más de 30.000 muertos. De ella, nació la República ‘de facto’ del Alto Karabaj y se firmó un alto el fuego entre las dos partes. Los bombardeos sobre la población civil terminaron.

En la actualidad, en la región se siguen cavando más trincheras, enviando más soldados, colocando más minas y muriendo más personas, sobre todo jóvenes —muchos de ellos haciendo el servicio militar— en la zona del frente. Narses evitó una guerra brutal que parece no tener fin —la de Siria, que tiene a sus espaldas ocho años de duración y casi medio millón de muertos— para caer en otra, la del Alto Karabaj, aún más longeva pero algo más sutil. Aquí, en la casa actual de Narses, la guerra no es la muerte constante por aviones de fabricación rusa que no paran de escupir fuego ni por yihadistas barbudos blandiendo sus kalashnikovs sino que es un fantasma que no te deja dormir, que está pero no, que vive agazapado al otro lado de la puerta y que espera a que la abras, tú, insensato, para lanzarse sobre ti con toda su furia.

Todo tiempo pasado

Ahora, Narses vive sumido en la nostalgia. «Echo mucho de menos a Siria, mi patria. Pero siento, también, que ese país ya no existe. Lo han destruido. Sobretodo los países extranjeros, que han querido repartirse Siria. Ya no podría vivir allí, y no es que antes fuese fácil vivir en Siria siendo armenio. Tenía amigos que me decían: “Eres buena gente, Narses, pero no eres musulmán”. Si lo hubiese sido todo habría sido más fácil», explica, y que por eso se marchó.

De manera similar se manifiesta Sarkis, otro sirio armenio que vive en Yereván. «Es muy triste, porque antes de la guerra yo tenía amigos en todos sitios . Nunca nadie me preguntaba si era suní, cristiano o cualquier otra cosa. Ahora es imposible no hacerlo. No me gusta decir estas cosas, pero ahora no podría tener ningún amigo musulmán. Les tengo miedo», dice Sarkis, que sabe que lo que dice no es correcto pero que es lo que siente. Eso es lo que ha creado la guerra: el miedo al otro, ya sea armenio, azerí o sirio. Todos, al final, somos hijos de nuestras circunstancias.