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Conocidos y saludados

El Garbo de Greta

Por eso Greta Thunberg triunfa. Porque se le atribuyen la candidez de la adolescencia y la solidez de lo aprendido por una muchacha afectada por un síndrome convertido en motivo de terribles burlas en las malvadas redes.

Josep Cuní

Greta Thunberg mira pasar a Donald Trump al coincidir en la ONU esta semana.

Greta Thunberg mira pasar a Donald Trump al coincidir en la ONU esta semana. / REUTERS / ANDREW HOFSTETTER

Hace poco más de un año apenas era conocida. Solo su familia, que sabía de sus fijaciones, y los compañeros de escuela que se convencieron progresivamente de sus ideales la habían descubierto. Y todos ellos la apoyaron en su reivindicación. Estocolmo, agosto del 2018. Greta Thunberg, con tan solo 15 años, decidió sentarse a las puertas del Parlamento sueco para iniciar una huelga escolar por el clima porque, como dijo un mes después en su primer discurso con motivo de la primera marcha juvenil, si todos fuéramos conscientes de la gravedad de la situación y de lo poco que se está haciendo por resolverla, todos hubiéramos ido a sentarnos a su lado.

Trece meses más tarde, aquella muchacha de frágil apariencia y firmes ideales se ha presentado en las Naciones Unidas, se ha sentado frente a los líderes mundiales y les ha acusado de haberle robado el futuro. Y todos hemos entendido que también el nuestro. Porque su personalización progresiva de la causa lo ha ido siendo a medida que todos nos fuimos concienciando de la importancia de lo que ella decía con su vocabulario directo y sus maneras sencillas. Escuchándola, Ada Colau admitió haberse emocionado pero no dijo si se había sentido interpelada. Sería lógico que así fuera. Sus recientes medidas municipales imprescindibles contra la contaminación provocada por los vehículos diésel y añejos no van acompañadas, de momento, por las también imprescindibles políticas alternativas a favor de incentivos para cambiar el coche, ayudar a quien no puede dejarlo ni le alcanza el salario para permutarlo, ofrecer mejor transporte público y pensar en quienes por el trazado radial con epicentro en Barcelona todavía se ven obligados a entrar en la ciudad para poder desplazarse entre dos puntos no demasiado lejanos de la misma corona barcelonesa. Más un largo etc. Si bien es cierto que la alcaldesa ha ido a Nueva York cumpliendo la recomendación del secretario general de la ONU cuando solicitó a los políticos medidas y no solo palabras, también lo es que no puede decir lo mismo de las reclamaciones de la protagonista de la semana. Por lo menos si nos atenemos a lo que Greta dijo en Davos el 25 de enero de este mismo año: «A la gente le gusta explicar historias de éxito. Pero por lo que respecta al cambio climático, debemos reconocer que han fracasado todos los movimientos políticos en su forma actual». ¿Quién lo puede discutir a la luz de lo que nos cuentan los científicos?

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Glaciares deshaciéndose, desiertos extendiéndose, bosques deforestándose, océanos creciendo, ríos secándose… Dicho así, que es como nos lo detallan estos días, ya se perfilan en el horizonte los cuatro jinetes del apocalipsis. Por eso, negacionistas, con Trump y Bolsonaro al frente, lo tildan de exageraciones. Es posible que se esté aprovechando el momento para poner la lente de aumento al paisaje ya castigado. Pero si no se hace cuando concurren las circunstancias para facilitar la concienciación colectiva, ¿cuándo se hará? ¿Cuándo convertiríamos la reflexión en remordimiento?

Al Gore, al dejar la vicepresidencia de Estados Unidos, se recicló como divulgador de los graves problemas que ya afectaban al planeta y escribió el primer capítulo del ensayo que hoy devoramos. Pero se equivocó de momento y de tono al convertir sus datos científicas en profecías del desastre a pesar de estar plasmadas en bellos documentales de perfecta factura mientras se descubría que se trasladaba en avión privado, cobraba pingües minutas, exigía amplias suites en hoteles de lujo y pagaba altísimas facturas por la luz excesiva que iluminaba su mansión de Tennessee. Por lo demás, el reciclaje de un político en predicador no es algo sorprendente. Ni al revés. En Estados Unidos saben de eso tanto como de la diferencia entre sermonear y dar trigo.

Por eso Greta Thunberg triunfa. Porque se le atribuyen la candidez de la adolescencia y la solidez de lo aprendido por una muchacha afectada por un síndrome convertido en motivo de terribles burlas en las malvadas redes. Un trastorno que potencia la fascinación por cuestiones como la naturaleza o el universo y que empuja a quien lo padece a buscar y acumular exhaustivamente información sobre la que poder disertar gracias a su capacidad de oratoria basada en un lenguaje preciso y rico en frases contundentes. Como la que soltó en Londres en octubre del año pasado: «Tengo trastorno de Asperger y para mí casi todo es blanco o negro».