LOS 92 DEL 92

Los Manolos: rumba, patillas y solapones en la fiesta de la modernidad

Los Manolos, en 2022.

Los Manolos, en 2022. / EPC

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Rafael Tapounet
Rafael Tapounet

Periodista

Especialista en música, cine, libros, fútbol, críquet y subculturas

Escribe desde Barcelona

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Los Manolos eran 10 tíos y ninguno se llamaba Manolo. Hermanados por la afición a la música, forjaron su vínculo a finales de los 80 en los bares del barrio de Hostafrancs, el tercer vértice, junto con Gràcia y la calle de la Cera, del triángulo de oro barcelonés de la rumba catalana, un género que ellos, payos con ganas de fiesta, abrazaron con una mezcla de entusiasmo sincero y distanciamiento ‘kitsch’. Con un repertorio basado en números clásicos de Peret y Gato Pérez, temas propios y estándares de toda la vida pasados por el ventilador, Los Manolos causaron cierta sensación gracias a su estética retro de patillas falsas, gafas de espejo, pantalones de patas de elefante, solapones y cuellos de camisa tipo avión, un gesto casi subversivo en esa Barcelona preolímpica obsesionada con el diseño y la modernidad.

Aupados por la multinacional RCA, que les echó el guante después de verlos desbarrar en una fiesta privada en la madrileña Puerta de Toledo, colaron su primer elepé, ‘Pasión condal’, entre los más vendidos de 1991, gracias en buena medida al tirón irresistible de su versión de ‘All my loving’, enésima demostración de que las canciones de los Beatles lo aguantan prácticamente todo. Subidos a la ola del éxito y la popularidad, grabaron un segundo álbum, ‘Dulce veneno’, y fueron reclutados para participar, junto a sus admirados Peret y Los Amaya, en el aquelarre rumbero que el 9 de agosto puso el broche ‘arrauxat’ a la ceremonia de clausura de los Juegos de Barcelona-92, aquel inolvidable pandemónium que acabó con Constantino Romero dando voces para que los atletas bajaran del escenario de madera mientras los artistas se subían a una grada de cemento a fin de quedar a salvo en caso de catástrofe.

¿Amigos para siempre?

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En contra de la creencia popular, Los Manolos no interpretaron ese día su lectura del seudohimno olímpico de Andrew Lloyd Webber ‘Amigos para siempre’, que acabó convirtiéndose en otro hito de su colorida carrera (la explicación es sencilla: la actuación era en ‘playback’ y ellos todavía no habían grabado la canción cuando se diseñó el acto). Sí la tocaron, sin embargo, en el cierre de los Juegos Paralímpicos, el 14 de septiembre. Su versión tuvo tanto éxito que hoy poca gente recuerda que los intérpretes originales eran Josep Carreras y Sarah Brightman.

Los propios Manolos se vieron incapaces de seguir siendo amigos para siempre y en 1993, después de dos años de giras agotadoras y tensiones artísticas y personales, se produjo una escisión de la que nació el grupo Chocolate. Pero el éxito de aquellos primeros días frenéticos de habanos y claveles ya no volvió a llamar a la puerta y el grupo quedó como un agradable recuerdo asociado a la borrachera colectiva de los Juegos de Barcelona. En 2017, coincidiendo con el 25 aniversario de la cita olímpica, se reunió casi toda la formación original (ocho de diez) para participar en ‘La Marató’ de TV-3. Cantaron ‘I will survive’ y ahí siguen aún hoy, rascando guitarras de palo y haciendo ‘Bum bum’.