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Y el «caviar para todos»... se acabó

De la euforia olímpica, se ha pasado a reivindicar el derecho de vivir en la ciudad

Aquel año, el 'gadget' de moda era el 'disc-man', sonaba 'El tractor amarillo' y se estrenó 'Instinto básico'

NÚRIA MARRÓN

Apenas han pasado 25 años, aunque parecen 25 eras geológicas. Al fin y al cabo, resulta difícil determinar qué sorprendería más a un barcelonés que, de pronto, despertara tras un cuarto de siglo en coma. ¿Que el mundo y sus telecomunicaciones quepan en un aparatejo del tamaño de una cajetilla de tabaco al que vivimos pegados? ¿Que aquel tímido «freedom for Catalonia» se haya convertido en una convocatoria de referéndum unilateral de independencia? ¿O que la ilusión con la que Barcelona se presentó como estrella revelación de las grandes ciudades haya cosechado un éxito tan bestial que en el último barómetro municipal ya se estime que el mayor problema de la ciudad es el turismo y sus consecuencias sobre el acceso a la vivienda?

La sensación, pues, es que han transcurrido eones. Sigamos: aquel 1992 en que el 'gadget' de moda eran los 'disc-mans' que saltaban a cada paso y las videocámaras del tamaño y el peso de un ladrillo, las encuestas escupían que un 30% de la población rechazaba la homosexualidad (signifique eso lo que signifique). La diversidad racial -y no digamos la sexual- era mucho menos visible, las mujeres en puestos de responsabilidad eran una 'anomalía', la violencia machista no existía porque ni se identificaba ni alcanzaba los titulares, y la ley del aborto incluyó el estrés o angustia de la embarazada como cuarto precepto de despenalización.

LA JUERGA INFINITA

Aquel año, los diarios -internet aún dormitaba: justo por entonces se colgó la primera foto- también daban cuenta del divorcio de Checoslovaquia, de la violencia en Argelia y Sarajevo, y de que Bill Clinton se perfilaba como presidente. En Catalunya, un Jordi Pujol que aseguraba que 'no tocaba' reformar el Estatut y surfeaba sobre los casos Casinos y Planasdemunt, había vuelto a ganar las elecciones por mayoría absoluta. Y el Gobierno de Felipe González, también salpicado por el GAL y el despacho de Juan Guerra, exprimía la doctrina Solchaga. Ya saben: «España es el país del mundo donde más rápido se puede hacer uno rico».

De hecho, la juerga económica era casi un estado mental. El 'Zeitgeist', que se diría en cursi, de los 90. El tratado de Maastricht se sumaba al ideario neoliberal; Boris Yeltsin se sumía en una fiebre liberalizadora; la tele emitía el formateo turbocapitalista de 'Sensación de vivir' y 'Melrose Place'el libro 'American psycho' alertaba a su manera de la sociopatía financiera, e incluso el corazón (que aquel año se forraba a costa de los divorcios de Lady Di Woody Allen y Mia Farrow) convirtió en fetiche del año la casa de 14 cuartos de baño de Isabel Preysler y Miguel Boyer. Es cierto que el grunge replicaba a la 'disbauxa' con angustia, mugre e inadaptación, pero qué quieren: aquellos eran años de glamur hiperproducido y supermodelos, de 'Instinto básico', de 'El tractor amarillo' y de un anuncio de Ford que sintentizaba así el frenesí: «¡Caviar para todos!»Sí, la sensación de tener el mundo a los pies no era exclusiva de los barceloneses, quienes, tras el 'apagón' del movimiento vecinal en los 80, ya habían convertido en sus nuevos héroes a arquitectos y diseñadores.

NIHILISMO ECONÓMICO

«Aquellos años fueron un momento de ruptura nihilista: se perdió el sentido de los límites y todo era posible: enriquecerse y endeudarse», apunta el filósofo Josep Ramoneda. El primer embate del nuevo orden había llegado con Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el individualismo radical, que quisieron convertir en naturaleza muerta a sindicatos, estado y todo colectivo que molestara al ídolo de los tiempos: el 'homo economicus'. Poco después, la caída del Muro y la desintregración de la URSS pusieron el resto. Y fue entonces cuando el capitalismo y la democracia liberal se entronizaron y decretaron 'El fin de la historia'que escribió Francis Fukuyama precisamente en 1992. «Pero aquello era una fantasía ridícula -subraya Ramoneda-. Y la historia, que es tozuda, no tardó en entrar de nuevo por todas las puertas y ventanas».

Así llegó el 11-S. Y las guerras de Afganistán e Irak. Y el estallido financiero del 2008.En efecto, aquella ficción acabó fatal. También, claro, para Barcelona. Que se había hecho, sí, un lugar en el mundo, pero cuyos ciudadanos -tras el rodillo del euro y la globalización, la crisis y la juerga turística- afrontan urgencias como la desigualdad, la expulsión de vecinos de los barrios y la precarización del trabajo y de la vida. Solo como ejemplo: partiendo del sueldo medio, un piso de compra en Gràcia necesita ahora 57 mensualidades más que en 1992 y una carrera como Periodismo pasa de requerir 3,2 nóminas a 7,3. No cuesta, pues, imaginar el alcance de las penurias en los márgenes o fuera del mercado laboral.

CIUDAD DUAL

Así que, a pesar del desafecto barcelonés por la autocrítica, ¿ha llegado el momento de revisar los JJOO? Empieza Ramoneda: «El resultado entiendo que fue positivo -apunta el filósofo-, pero ahora el mundo y el contexto es otro y es necesaria una reorientación. Las ciudades deberían tener más protagonismo, más poder y recursos para afrontar sus retos: urgen cuidados, no reales decretos». El investigador José Mansilla, del Observatori d'Antropologia del Conflicte Urbà, sin embargo, sí cuestiona que la gran transformación urbanística, que a su entender propició el elitismo y la mercantilización de la ciudad, tuviera más que ver con los proyectos que desde hacía años esperaban en los cajones municipales que con las antiguas reclamaciones vecinales. De hecho, los planes de reforma de los barrios habían cumplido 10 años con un balance tirando a nefasto. «¿Para qué querrían los vecinos un puerto olímpico?», señala el antropólogo, que incluye en la crítica que no se destinaran pisos a vivienda pública o que, rondas aparte, se renunciara a dar un impulsar decidido al transporte colectivo. Además, añade, el turismo fue un giro de guion inesperado y no entró en los planes estratégicos hasta años más tarde. «De ahí también -dice- la desgobernanza heredada».

Así que podríamos decir que, 25 años después del caviar, el espíritu de los tiempos es dramáticamente dual en Barcelona. Como en toda urbe global -y a pesar de los esfuerzos municipales-, se impone el valor de cambio y se acaba teniendo acceso a lo que se puede pagar. De ahí que en la ciudad converjan esa cantinela de la emprendeduría, los negocios, los inversores, la industria turística y la nueva economía, junto con un grueso creciente de vecinos que, a diferencia de los 70, cuando se luchaba por dignificar los barrios, ahora pelean, apunta Mansilla, por el «derecho de vivir en la ciudad». 

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