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El avance conservador en el mundo (5)

La trampa del poder en Roma: la derecha pragmática de Meloni acorralada por el flanco radical

En Italia, el partido de Meloni afronta el horizonte hacia las elecciones generales de 2027 sin la mística de la revolución, entre la placidez del poder consolidado y la presión de candidaturas aún más radicales de extrema derecha

Así progresa la ola ultra: arranca un curso clave con elecciones en Alemania, EEUU, Israel, Francia, Italia y España

La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, durante una intervención en el Senado.

La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, durante una intervención en el Senado. / FRANCESCO FOTIO / DPA / EUROPA PRESS

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Irene Savio

Irene Savio

Roma
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A poco más de un año de que concluya formalmente la legislatura en Italia y el país empiece a mirar de frente hacia las elecciones generales de 2027, la política en Roma desprende una extraña sensación de rutina. Histórico laboratorio de Europa donde se ensayan antes que en ningún otro sitio las mutaciones del poder, Italia vive hoy bajo una paradoja asimilada. Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia (partido heredero del posfascista Movimiento Social Italiano), llegó al Gobierno hace ahora casi cuatro años y hoy se ha institucionalizado, ya no es percibida como una amenaza para Europa y, gracias a sus tácticas de pragmatismo estratégico, muchos italianos no solo la han asimilado, sino que —al menos, hasta ahora— su poder ha contado con una sólida base.

Pese a esta aparente estabilidad en el Palacio Chigi, el flanco más duro de la derecha se ha vuelto también un terreno convulsivo. Quien ha jugado a adelantar a Meloni por la derecha en Italia en estos años ha sido Matteo Salvini. El líder de la Liga, sofocado por la hegemonía de su socia de Gobierno, ha intentado día tras día marcar perfil con un discurso más radical. Recientemente lo ha demostrado erigiéndose en estandarte de la causa de un joyero condenado por matar a tiros a dos asaltantes que huían tras un robo. Y lo ha vuelto a escenificar con sus últimas declaraciones: castigar la negligencia educativa de los padres e imputar responsabilidad penal a menores a partir de los 14 años, una maniobra recibida con serios reparos de constitucionalidad por los juristas.

Resultado incierto

La sorpresa quizá sea que esta carrera por el golpe de efecto arroja de momento un resultado, cuanto menos, incierto. Y la razón —más allá del inevitable desgaste natural que sufren las coaliciones cuando asumen la gestión de un Gobierno— tiene un nombre propio: el general Roberto Vannacci, figura mediática y populista que ha logrado capitalizar el malestar del electorado ultrasoberanista.

Una de las últimas encuestas elaboradas por Agi y Youtrend retrata hoy un equilibrio prácticamente estático entre dos bloques: la coalición de derechas liderada por Meloni y el llamado Campo largo de la oposición, surgido de la alianza entre el Partido Democrático y el Movimiento 5 Estrellas. Según estos datos, el bando de centroizquierda cotiza en la actualidad un 44%, mientras que la coalición de derecha se sitúa en el 41%.

Con ello, los analistas insisten en que todo puede cambiar, pero la auténtica novedad radica en otro dato: el entorno al 7% que alcanza Futuro Nazionale, la formación política articulada en torno a Vannacci, que acaba de nacer y ya supera con holgura a los partidos moderados del centrismo. Esta es la razón por la que, según el sociólogo y politólogo Ilvo Diamanti (Demos & Pi), Vannacci le está haciendo un flaco favor a la coalición de derechas. Le "resta apoyos de forma directa a la propia mayoría de gobierno", funcionando como un imán para el electorado ultrasoberanista, según ha explicado Diamanti.

Los límites de los extremos

Por ello también, los observadores dan por seguro que los líderes de la derecha subirán los decibelios de sus discursos más extremistas en la época preelectoral. Su objetivo: fidelizar a los suyos en la carrera hacia las urnas. La incógnita es hasta dónde llegará este empuje en un país en el que el propio partido de la primera ministra ha tenido que contenerse para gobernar. Como analiza el politólogo Piero Ignazi, "el partido de Meloni alterna todavía los acentos tribunicios del pasado con el bon ton institucional", obligado a acatar los marcos republicanos para mantener el poder. Una lectura que complementa el politólogo Lorenzo Castellani, al señalar que tras la prueba del poder Meloni ha gobernado brindando a la vez "estabilidad y prudencia", impuesta por la propia inercia del Estado de derecho y la burocracia italiana frente a las tentaciones de radicalización.

Los expertos insisten, en esta línea, en que sería un error interpretar la actual jerarquía política como un cheque en blanco sin barreras de contención. El motivo: Italia conserva un esqueleto constitucional e institucional que ha demostrado capacidad de reacción cuando se han estirado demasiado los hilos del juego democrático. Ya ha ocurrido. Cuando en el mapa europeo despuntaron derivas violentas —como el fenómeno del griego Amanecer Dorado—, el poder judicial y las instituciones italianas mostraron dónde acababa la tolerancia del Estado. Las aventuras neofascistas de corte explícito tropezaron así hasta caer en el fracaso.

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