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Catástrofe natural

Nepal y China se afanan en la búsqueda de supervivientes y el reparto de ayuda ante el temor a una segunda avalancha

La acumulación de rocas y lodo en el curso de un río ha provocado la formación de un lago que las autoridades temen que pueda desbordarse, ayudado por las abundantes lluvias monzónicas que se alargarán durante varios días

Rescatan a un joven de un edificio a punto de derrumbarse tras las riadas de Nepal

Sara Fernández

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Adrián Foncillas

Adrián Foncillas

Pekín
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La globalización también era esto: un desastre natural en un remoto país himaláyico, apenas un enano entre China e India, trasciende su escala regional y se llora en medio mundo. Más de una treintena de países aguardan noticias de sus desaparecidos; también España, con cuatro. Las cifras de muertos crecen sin descanso pero las imágenes sugieren que aún son escasas para tanto destrozo. Los vecinos han descrito cómo vieron aterrorizados a las olas de agua, barro y rocas engullirlo todo a su paso.

Los muertos ascienden ya a 392 mientras los desaparecidos rondan los 1.400, según las cuentas a uno y otro lado de la frontera. Es un conteo confuso y complejo, con dudas razonables sobre la metodología y coordinación de Pekín y Katmandú. No las hay sobre la magnitud de la tragedia pero faltan días para fijar sus contornos. El dato alegre de la jornada son las 336 personas que ha rescatado ya el Ejército nepalí. A muchas las han tenido que arrancar del lodo.

Mapa de ubicación de inundaciones en Nepal.

Las tareas son arduas por la ruina de buena parte de las frágiles infraestructuras, lo que deja el grueso de las operaciones a los helicópteros. Hoy lanzaban tiendas de campaña, alimentos y otros materiales de emergencia aportados por India. Al menos 19 puentes y 40 kilómetros de carretera están inutilizados. También ha caído el 12% de la capacidad de generación eléctrica. Sobre los voluntarios y militares pende además el riesgo de una segunda avalancha por la súbita formación de un lago en lo que era el curso del río. Las rocas y el lodo lo han taponado y el volumen de agua crece sin freno, ayudado también por unas lluvias que se alargarán tres días más. Los científicos chinos ya están pensando en medidas para evitar otro desbordamiento. Esas amenazas inminentes son un asunto recurrente en las conversaciones en Katmandú.

Es un debut exigente para el primer ministro, Balendra Sha, tras apenas cinco meses en el cargo, y que hoy visitaba Nuwakot, una de las zonas más castigadas. A su favor cuenta con la acrisolada experiencia de sus funcionarios en la gestión de variados desastres, desde inundaciones a seísmos. El primer ministro chino, Li Qiang, también pisó este jueves Gyirong, al otro lado de la frontera. Su llegada devuelve a la segunda figura en la jerarquía del partido su papel tradicional de reconfortar en las desgracias y sugiere la relevancia acentuada que le confiere Pekín a esta. Muchas de las grabaciones más aterradoras, que han corrido sin freno en las redes sociales, son en suelo chino. Su Ejército ha demostrado de nuevo que quizá no es el mejor del mundo en la pelea pero sigue imbatible en los desastres naturales. En apenas 22 horas, en un contexto muy exigente, ya había alcanzado Gyirong, el puerto que absorbe un tercio del comercio bilateral.

Desprendimiento de un glaciar

Ha sido ya descartado el terremoto como causa. El temblor detectado por las agencias geológicas respondió al desprendimiento de la pared de un glaciar. Su caída de más de 1.000 metros hasta el fondo del valle provocó una avalancha de rocas y hielo que terminó en el río Lhende Khola. Ese caudal, ya con el barro y otros sedimentos, se lo tragó todo, desde el puerto de Gyirong hasta los precarios asentamientos nepalíes. El geólogo chino Guo Zhaocheng calcula que el alud avanzaba a 50 metros por segundo. Esa velocidad explica el drama: los vecinos lo oyeron y lo vieron pero a muchos les faltó tiempo para escapar.

La región ya padeció similares inundaciones el pasado año cuando una porción de un lago glaciar tibetano se derritió y el agua agrandó el caudal de un río. Los estudios científicos sentaron años atrás que 15 millones de personas viven en todo el mundo amenazadas por los masivos aluviones de agua que provoca el derretimiento de los glaciares. Muchos de ellos viven en los países que comparten el Himalaya. No hay dudas del papel que juega el calentamiento global en este proceso pero será necesario más tiempo para sentenciar que también estuvo detrás del último desprendimiento.

Más de la mitad de los 1.400 desaparecidos son extranjeros, según las últimas cuentas. No es una proporción extraña para un país que ha convertido su orografía incómoda en su principal reclamo turístico. En la zona se cruzan rutas senderistas entre la provincia china del Tíbet y Nepal con paisajes exuberantes que cada vez cuesta más encontrar en Asia. También cuenta con el monte Kailash y el lago Manasarovar, enclaves sagrados para peregrinos hinduistas y budistas. Esa confluencia explica que la lista de desaparecidos incluya a 32 países. No sorprende que Nepal, China e India sumen el grueso, pero países tan alejados del Himalaya como Estados Unidos, Ucrania o Malasia superan la cincuentena de desaparecidos, mientras Australia, Reino Unido o Canadá rondan la treintena. La incertidumbre y el dolor compartidos también explican estos focos globales que no disfrutan, por más muertos que amontonen, otras tragedias asiáticas como los anuales tifones en Filipinas.

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