Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Olimpiadas robóticas en Pekín

Cuando doblar una camisa cuesta más que vencer a Usain Bolt: los retos de los robots humanoides

La segunda edición de la competición celebrada en China ha incluido una veintena de pruebas en escenarios como el hogar, una fábrica, un hotel o un hospital, orientadas a lograr que este tipo de androides sean rentables

Robots humanoides preparando comida durante los juegos olímpicos.

Robots humanoides preparando comida durante los juegos olímpicos. / WU HAO / EFE

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Adrián Foncillas

Adrián Foncillas

Pekín
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

No vuelan los coches ni hemos colonizado Saturno pero ya tenemos las olimpiadas de robots. El futuro no lo ha traído Estados Unidos ni Japón, tradicionales luminarias tecnológicas, sino China, un país asociado anteayer a las manufacturas baratas y las toscas falsificaciones. Esta semana ha certificado que los robots humanoides ya compiten y nos entretienen, falta por consignar su entrada en nuestras vidas y la industria. No tardarán mucho si atendemos al ritmo chino.

Las entradas se habían agotado días atrás para las cinco jornadas en la Cinta de Hielo, un coqueto pabellón de sinuosas líneas levantado en el norte de Pekín para los JJOO de invierno de 2022. Las de la ceremonia de inauguración cuadruplicaron su precio. Los chinos saben ya que las olimpiadas robóticas son un espectáculo imbatible. Cabe el humor con el fútbol. Son robots chaparros y compactos que persiguen el balón como niños de guardería y patean más frecuentemente al contrario, al propio o a lo que pase por ahí. Falta una coordinación mínima para la complejidad del juego y son utópicos el pase y el desmarque. Con el atletismo toca la admiración. Hasta las gradas llegan las estruendosas pisadas del estilizado Tiangong Ultra que inclina su torso para negociar las curvas sin apartarse de su carril en la prueba de los 1.500 metros. No hay estrategia ni cálculos, sólo un sprint desbocado desde al pistoletazo hasta la meta. Son 2' 21", casi un minuto por debajo del récord humano, durante los que una máquina a toda potencia junta velocidad, equilibrio y resistencia. En el kickboxing tampoco faltan las patadas y puñetazos al aire pero es apreciable su aguante. Ante un mandoble terrible, la víctima se tambalea pero rara veces cae, y si lo hace se levanta al momento. Ni siquiera un púgil decapitado quiso rendirse en uno de los combates más briosos. Y en medio de ese fragor, a menudo inmisericorde, un robot encadena los elegantes y armoniosos movimientos del taichí con dulces acordes chinos por la megafonía. Entre ese alegre caos aparecen con frecuencia los voluntarios con extintores y los camilleros para llevarse a los caídos hasta el hospital de campaña montado en el sótano. Ese collage inabordable ofrecen las olimpiadas robóticas.

Partido de fútbol en las olimpiadas de robots de Pekín, este martes.

Partido de fútbol en las olimpiadas de robots de Pekín, este martes. / JESSICA LEE / EFE

Su segunda edición ha incorporado variadas novedades. La cantidad es la primera, con más de 2.000 robots, cuatro veces más que en la anterior. Han participado 16 países pero el 96% son del anfitrión, síntoma del liderazgo chino en la industria. La segunda es la calidad. Ha bastado un año para observar avances espectaculares. Del nuevo récord de los 100 metros lisos, ya en 8' 86", se ha enfatizado que recorta en medio segundo el de Usain Bolt, pero es más significativo que el del pasado año superara los 20'. También se han batido las marcas humanas en 400 y 1.500 metros y en salto de altura.

Autonomía

La autonomía es otra novedad. La prohibición del control remoto en las pruebas atléticas ha dejado a los robots a solas con su improvisación. El ganador de los 400 metros propuso un estilo tan heterodoxo como eficaz por el que fue bautizado como el robot llorón, agitando los brazos frente a la cara como un limpiaparabrisas.

La última alude a una certeza repetida sin pausa: no hay prueba más difícil para un robot humanoide que la de su rentabilidad. La industria no atiende a sus piruetas sino a su productividad y por ello han incluido estas olimpiadas una veintena de pruebas en nueve escenarios como el hogar, una fábrica, un hotel o un hospital para que los robots consagren su velocidad, equilibrio y coordinación a tareas tan prosaicas como doblar una camisa o encajar una clavija. Son las llamadas "aptitudes del último metro" que separan el divertimento de la viabilidad económica e impulsan del tartán a las líneas de producción.

La final de los 100 metros lisos en las olimpiadas de robots, este miércoles en Pekín.

La final de los 100 metros lisos en las olimpiadas de robots, este miércoles en Pekín. / GREG BAKER / AFP

Esos escenarios miden la capacidad de los robots para identificar objetos desconocidos y manipularlos, recuperarse de errores y completar trabajos sin la ayuda de los ingenieros. En un concurso reciente debían ordenar un salón de estar, doblar la ropa del dormitorio, lavar las camisas y tenderlas en el balcón, con la orden de interrumpir las tareas y retomarlas ante la llegada de un paquete inesperado al hogar que debía recoger. Los colisiones, objetos caídos o salidas de los límites geográficos restaban algunos puntos y la intervención humana hundía la calificación.

A la industria aún no le salen las cuentas. Un robot no debería costar más de 160.000 yuanes (20.400 euros) durante dos años, con el mantenimiento incluido, para igualar los 80.000 yuanes (10.200 euros) anuales que cobra un obrero no cualificado. Ahora su factura dobla o triplica ese monto. La logística, las fábricas y el sector de servicios son sus destinos más evidentes. En los intestinos del estadio de las olimpiadas abundan los robots dedicados a la hostelería. Cocinando creps, rematan repostería variada o convierten pepinos en acordeones con cortes tan precisos como parsimoniosos. Esa velocidad desesperaría a cualquier jefe de cocina pero Wen Yi Zhang vislumbra un futuro próximo muy diferente. "En cinco o 10 años serán capaces de cocinar platos complejos a buen ritmo", opina. Tiene 20 años, es voluntaria en el evento y estudia Seguridad Alimentaria. Ahora se pregunta si acertó con su carrera universitaria. "Si las cocinas se llenan de robots, no habrá mucho trabajo. Son mucho más limpios e higiénicos que los humanos", comenta.

Suscríbete para seguir leyendo