Guerra en Ucrania
Rusia utiliza los fertilizantes para presionar e influir en América Latina
Países como Brasil, y en menor medida México o Colombia dependen, para su producción agrícola, de las importaciones de abonos minerales de la Federación Rusa, circunstancia que, según los expertos, concede al Kremlin una gran capacidad de presión política

Puerto de Paranaguá, a orillas del río Paraná, puerta de entrada de los fertilizantes rusos en Brasil.

Uralkali es una empresa rusa líder mundial en la producción de potasio, sustancia que junto con el fósforo y el nitrógeno, constituyen los tres principales abonos minerales empleados por agricultores de todo el mundo para fortalecer sus cosechas. Tiene su sede corporativa en un anodino edificio de cuatro plantas en Berezniki, ciudad de provincias de la región de Perm, en los Urales, donde la actividad minera vinculada a este sector económico genera periódicamente, desde los años 80, enormes socavones y cráteres que engullen edificios e infraestructuras.
Pero son precarias apariencias que engañan. Porque las verdaderas dimensiones de la compañía -y del negocio que esta genera- quedan patentes cuando su actividad empresarial se traslada a Brasil, uno de los mercados más relevantes para sus exportaciones. Las oficinas centrales de Uralkali en el país latinoamericano se hallan en el piso 14 de un lujoso rascacielos de oficinas de Jardim das Acacias, en el distrito financiero de Sao Paulo. Y dos centenares de kilómetros en dirección suroeste, concretamente en el puerto de Antonina, a orillas del río Paraná, su filial brasileña controla la enorme terminal logística Ponta do Félix, en la que ha invertido decenas de millones de riales en los últimos años y donde se gestionan al mes entre 120.000 y 200.000 toneladas de fertilizantes.
"Toda la cadena de importaciones de fertilizantes es rusa; todas las empresas rusas de fertilizantes tienen inversiones en Brasil, y son dueñas de las oficinas (de comercialización), que (a su vez) compran fertilizantes rusos", corrobora para EL PERIÓDICO, en un mensaje de Whatsapp, Feliciano Guimaraes, profesor e investigador sénior del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sao Paulo. "El puerto de entrada más importante es el de Paranaguá", a apenas 20 kilómetros del puerto de Antonina, ambas instalaciones sitas en el estado de Paraná, una de "las principales regiones agrícolas de Brasil", continúa.
Potencia alimentaria
Brasil se ha convertido en los últimos años en una de las grandes potencias agroalimentarias del mundo. Gracias a los avances tecnológicos, en tan solo medio siglo ha pasado de ser un importador neto de alimentos a convertirse en el mayor productor mundial de caña de azúcar, café y uno de los principales en soja, maíz y carne de bovino. Sus exportaciones de productos agrícolas llegan a 200 países y centenares de millones de personas, y se prevé que en cinco años supere a EEUU como principal exportador de productos agrícolas.
Pero tiene un "talón de Aquiles", tal y como lo define el profesor Guimaraes: tiene que importar "el 90% de los tres fertilizantes" necesarios para impulsar la producción agrícola. Y en esta dependencia entra en juego precisamente Rusia, origen, según los últimos datos disponibles, de entre el 30% y el 33% de los abonos minerales. Un liderazgo que, además, se disputa con China, a su vez aliada de Moscú: los suministros chinos de sulfato de amonio y formulaciones de nitrógeno y fósforo han crecido de forma espectacular en los últimos años, circunstancia que ha sido celebrada con alborozo por medios afines o pertenecientes al ecosistema de propaganda rusa como Spútnik, TV Brics o Tele Sur.
En un momento de pugna geopolítica como el actual, no constituye ninguna sorpresa que esta dependencia de un producto vital haya venido acompañada de presiones y tentativas de influencia política. El propio profesor Guimaraes explicó, en una entrevista concedida al Institut Montaigne, la razón por la cual en 2022, tras el ataque ruso a Ucrania, Brasil, en aquel momento presidido por el ultraderechista Jair Bolsonaro, adoptara respecto al conflicto una política que definió como de "ambigüedad", limitándose a condenar la invasión pero sin aplicar sanciones. "Existe una causa estructural detrás de la ambigua postura diplomática de Brasil, arraigada en la dependencia del país respecto a los fertilizantes rusos y bielorrusos. Si Brasil respaldara las sanciones impuestas a ambos países (por la UE y EEUU), no podría importar fertilizantes", constató entonces el profesor Guimaraes.
Nada ha cambiado en los cuatro años y medio transcurridos desde entonces. Esta dependencia sigue en pie, y aunque entre las autoridades ha arraigado por fin la conciencia de que existe una grave debilidad sistémica en su economía, no es un tema que se pueda revertir a corto plazo o medio plazo. "Existe un plan nacional para cambiar esta situación con el objetivo de reducir a la mitad esa dependencia (de fertilizantes extranjeros) para el año 2050; en el mejor de los casos, se podrá reducir al 80% en cinco años", asegura, antes de constatar: "la dependencia estructural de los fertilizantes rusos va a continuar".

Trabajadores en una plantación de café en el estado brasileño de Minas Gerais, en 2014. / Patricia Monteiro / Bloomberg
Con matices, la situación en Brasil se repite en otros países de gran producción agrícola en América Latina, como México o Colombia. En el primer estado, solo en 2024, Rusia exportó fertilizantes por valor de 580 millones de dólares y las autoridades mexicanas han presionado intensamente a la comunidad internacional para excluir estas importaciones de los diferentes paquetes de sanciones que se han venido aprobando. "Afectaría las compras de México a Rusia de diversos fertilizantes, en particular la urea, que es la más utilizada en cultivos como el maíz, el sorgo, el trigo e incluso el aguacate", advirtió entonces Raúl Urteaga, exalto funcionario del Ministerio de Agricultura mexicano, a la agencia Reuters. En particular, insistió, "elevaría los precios" de este último producto, "el 80%" de cuyas exportaciones se destinan al mercado estadounidense. Colombia, país productor de flores cortadas, frutas y café, también importa una cuarta parte de sus abonos minerales de Rusia.
Un caso que merece seguimiento es el de Argentina, una excepción en la región, ya que su dependencia de los abonos rusos es reducida, menor al 10%. Pero esta circunstancia podría acabar modificándose en un futuro no lejano: en 2025, el último ejercicio, el comercio bilateral con Rusia se incrementó en un 80%, impulsado por el aumento de las importaciones de sustancias químicas destinadas a la producción agropecuaria.
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