Entrevista
José Luis García Delgado, catedrático en Economía Aplicada: "Habrá que reajustar prestaciones sociales para alimentar los gastos de defensa"
El economista e historiador analiza el impacto de las crisis globales en la UE y la dicotomía entre seguridad nacional y prosperidad global

Retrato de José Luis García Delgado, ponente de la conferencia 'Europa, de la plenitud a la inseguridad: ¿una trayectoria circular?'. / Sandra Román / EPC
El oasis de estabilidad que Europa levantó tras sus propios suicidios históricos se agrieta hoy ante una implacable policrisis global: del Brexit a la vuelta de la guerra a nuestras fronteras. En este complejo escenario, el economista e historiador José Luis García Delgado (Madrid, 1944), catedrático en Economía Aplicada, académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y ex-rector de la Universidad Menéndez Pelayo, analiza, en el marco de la conferencia Europa, de la plenitud a la inseguretat: una trajectòria circular? organizada por Club de Roma y celebrada en Palau Macaya de Fundación “la Caixa”, con mirada larga y profunda, la pérdida de productividad de la UE frente a EEUU, el inevitable reajuste del bienestar para financiar la defensa y los desequilibrios de una economía española suspendida entre el motor del turismo. Un lúcido baño de realismo que, pese a todo, no pierde la fe en el milagro de la integración europea.
Cuando analiza el último siglo, vemos que Europa siempre ha respondido a los momentos de plenitud con un exceso de confianza que precede a una gran crisis. ¿Estamos cometiendo hoy el mismo error de complacencia que las élites de hace un siglo?
No, hoy el clima dominante es de máxima preocupación. Hubo dos períodos interseculares donde Europa se sintió segura de sí misma. El primero, a finales del XIX y comienzos del XX, con un salto tecnológico extraordinario, apertura de fronteras, cosmopolitismo y avances como la electricidad o el ferrocarril —había 100.000 kilómetros de vías entre Moscú y Lisboa antes de la Primera Guerra Mundial—. El segundo arranca tras la caída del muro y dura unos quince años: una etapa de gran crecimiento en la que la UE, al ser la región más abierta del mundo, fue la más beneficiada por la globalización. Sin embargo, tras el 2008, Europa solo ha conocido una crisis tras otra: la Gran Recesión, la crisis de la deuda soberana y el Brexit en 2016, que fue un auténtico golpe en la mandíbula de la UE. Hoy vivimos una incertidumbre extraordinaria, siendo plenamente conscientes de nuestra vulnerabilidad y de nuestro escaso peso geopolítico frente a gigantes como EEUU o China. Somos un actor menor en el concierto internacional, con un problema de seguridad enorme porque, hasta ahora, esa factura nos la cubría Washington.
Los últimos indicadores económicos y tecnológicos, como el informe Draghi, alertan de que Europa corre el riesgo de convertirse en un gran museo que vive del pasado y en un mero regulador de normas.
En términos de productividad, Europa se distancia de Estados Unidos. Hacemos una investigación básica excelente en física, química o biomedicina, pero nos falta el escalón de la aplicación comercial. Ello debilita nuestra productividad y la brecha con EEUU sigue creciendo. A Europa le ha llegado la hora de actuar de forma más eficiente. La UE es un milagro en sí misma tras haber surgido de una Europa devastada que se había suicidado dos veces en el siglo XX. Es extraordinario que hayamos cedido soberanía por un proyecto común, pero la complejidad de este proceso ralentiza la toma de decisiones, justo cuando la innovación tecnológica y la inteligencia artificial exigen actuar con agilidad inmediata.
¿Nos hemos obsesionado con poner límites y normas a las tecnologías que apenas podemos inventar?
Nos defendemos con hiperregulación. Es verdad que Europa es una potencia regulatoria y regula bien, pero tal vez eso en algún momento crea cortapisas y nos ralentiza en los procesos de decisión.
La geopolítica nos exige rearmarnos y gastar miles de millones en defensa. ¿Es presupuestariamente viable mantener el estado del bienestar si nos vemos obligados a ser una potencia militar?
Alemania ya está marcando el paso. Su canciller ha anunciado con valentía que hay que reajustar determinadas prestaciones sociales para alimentar los gastos de defensa y construir una mínima industria militar. Los europeos gozamos de un Estado de bienestar muy superior al de EEUU, aun cuando su renta por habitante es mayor. Esto ha sido posible porque desviamos a sanidad, educación o pensiones los fondos que ellos destinaban a la defensa colectiva. Debemos asumir que eso se tendrá que reajustar. No hablo de recortar drásticamente, sino de reajustar y quizá no ser tan generosos en el número o volumen de las prestaciones que se atienden.
Ante el auge de opciones nacionalistas y extremistas, ¿corre la UE el riesgo de disolverse si cada país busca soluciones individuales?
No creo que estemos en el punto de que la UE se disuelva. Sin embargo, hoy prima la seguridad nacional por encima de la prosperidad global. Veníamos de una era donde la globalización garantizaba el crecimiento; hoy domina el unilateralismo nacional, con el "América primero" estadounidense a la cabeza. Ese unilateralismo es a veces agresivo, no solo con sus rivales, sino también con sus propios aliados tradicionales.
¿Y qué papel juega España en este escenario? ¿Seguimos siendo el eslabón débil del sur?
No somos el eslabón débil, pero todo lo que ocurre en Europa tiene reflejo en España, y viceversa. Nuestra economía crece más que la de nuestros vecinos, pero se debe a que somos anualmente más trabajadores. Se produce más porque somos más personas produciendo, pero la riqueza en términos de renta por habitante sigue plana.
¿Qué vicios económicos detecta la economía española?
Sufrimos de sobrecualificación en muchos puestos de trabajo mientras que faltan perfiles técnicos para otros. El sistema educativo es uno de los grandes puntos débiles de nuestra democracia: hemos tenido siete leyes generales de educación en apenas 50 años, frente a una sola ley de sanidad desde 1986. Algo no funciona cuando las leyes educativas no se logran pactar por consenso. Además, nuestra economía se ha hecho fuerte en dos extremos. Por un lado, actividades poco cualificadas vinculadas al turismo masivo. Por otro, la exportación de servicios a empresas de altísimo valor añadido y especialización (ingeniería, diseño, servicios jurídico-mercantiles). Hay constructoras y gestoras españolas liderando autopistas y aeropuertos por todo el mundo. En medio de estos dos extremos, nos queda un sector industrial débil que no alcanza el peso de los países de nuestro entorno.
Europa envejece y necesita inmigrantes para sostener su sistema. ¿Cómo se resuelve la paradoja de necesitar abrir fronteras por urgencia económica mientras la política exige cerrarlas?
Con mucha pedagogía social. Nuestros gobernantes deben concienciar de que Europa sufre una demografía regresiva. Para 2050, Nigeria tendrá la misma población que toda Europa junta (unos 450 millones). Necesitamos inmigrantes para sostener nuestro modelo productivo, y el gran reto no es decidir si se les deja pasar o no, sino lograr que quienes vengan se integren bajo una ley y unas pautas comunes. Hoy ponemos el esfuerzo en levantar vallas y controles en lugar de diseñar políticas de integración eficaces. Si se forman comunidades aisladas que no se integran, surgen fracturas internas graves, como vemos periódicamente en Francia y otros países. El debate real es la integración, no la entrada.
¿Qué esperanzas de futuro tienen con el proyecto europeo?
Hay que apostar por la pedagogía social. Foros como el Club de Roma, creado en 1968, son fundamentales para concienciar de que los problemas de Europa son abordables si existe voluntad política y exigencia ciudadana. "La pedagogía social como programa político" era el título de una conferencia magnífica que dio Ortega y Gasset en 1910. Lo mejor que pueden hacer nuestros gobernantes es concienciar a la sociedad de que, si actuamos en conjunto bajo denominadores comunes, se puede avanzar.
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