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Drama humanitario

León XIV clama en Lampedusa contra el turismo que se siente amenazado por la inmigración y desarrolla "indiferencia" o "contraposición"

El Papa también denuncia los "cálculos criminales" de quienes se lucran con el drama de los migrantes y pide a Europa un plan estratégico de acogida a largo plazo

León XIV homenajea a los migrantes fallecidos en el Mediterráneo como parte de su visita a Lampedusa

Javier Vendrell Camacho

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Irene Savio

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Roma
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León XIV ha realizado este sábado una conmovedora visita a la isla italiana de Lampedusa, símbolo de los migrantes que mueren en el mar y termómetro de la vergüenza europea. En el día del 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, el Pontífice peruano-estadounidense ha desembarcado muy temprano, con esa puntualidad de quien sabe que va a un lugar donde el tiempo se mide en tragedias. Ha ido directo al cementerio, a visitar tumbas de migrantes que se ha tragado el Mediterráneo en su travesía —entre ellas, la de Yussuf, un bebé de 6 meses—, algunos sin identificar. De ahí se ha trasladado hasta la llamada Puerta de Europa, ese monumento de hierro que mira al horizonte y que recuerda el drama de los ahogados o desaparecidos.

Allí León XIV ha cruzado la puerta solo—saltándose el guion, un gesto de rebeldía inédito hasta ahora en el manual de este nuevo Papa—, mientras en el fondo, se veía un barco militar. Después, el Papa se ha encontrado con María y Leonardo, dos niños migrantes acompañados por sus padres. María, de casi 5 años, nació en la isla y debe su nombre a Maria Raimondo, la enfermera que salvó su vida y la de su madre durante el parto. Y Leonardo, de 11 años, que llegó a Lampedusa en junio de 2016, después de que su madre falleciera en una barcaza. El niño le ha entregado al Papa un balón y una carta con el peso de una biografía rota. "Estaba solo y lo había perdido todo, sobre todo a mi mamá. Me dicen que dejé de llorar solo cuando me dieron un balón hecho de papel; desde ese día el balón se quedó en mi corazón y no he dejado de jugar".

El desinterés y la corrupción

A continuación, León XIV se ha encaminado al campo de fútbol de la isla, convertido en altar improvisado. Ha celebrado una misa, ha saludado a las autoridades con la distancia justa y ha lanzado una homilía que ha repartido culpas a diestra y siniestra, apuntando a los despachos de los países de origen y de destino

"Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de origen, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que fomenta prejuicios y desprecio", ha enumerado el Papa. También ha arremetido contra "los cálculos criminales de quien se lucra a costa del drama de otros" y contra quienes cargan con el virus del racismo porque se "teme contaminarse por entrar en contacto con los demás". "La pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación", ha insistido.

Petición a Europa

Luego le ha tocado el turno a Europa, a la que le ha reprochado su políticas migratorias restrictivas y ha pedido "un plan estratégico de larga duración, que sea capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar". "Europa posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por eso mismo, una equivalente responsabilidad", ha argumentado. "Europa tiene la capacidad de afrontar la crisis de modo orgánico", ha añadido con claro tono de reproche.

Tampoco se ha olvidado de su reciente viaje a Tenerife para trazar un paralelismo incómodo. "También en Lampedusa la cultura de la acogida tiene una vocación turística que, por desgracia, puede sentirse amenazada por las rutas migratorias y desarrollarse en la indiferencia o incluso en contraposición a sus aspectos más dramáticos", ha afirmado. Y así ha puesto el dedo en la llaga de la doble moral de nuestros veranos. "Incluso parece que se deba elevar un muro invisible entre el mar de los náufragos y el de los veraneantes". 

A estos últimos les ha pedido "la audacia de pensar de modo diferente". "Hay auténtico descanso allí donde se reencuentra el sentido de la vida; hay verdadero bienestar cuando la economía es justa y fraterna". "No nos dejemos vencer por el miedo".

El grito de los pueblos heridos

Filippo Mannino, el alcalde de Lampedusa y Linosa, también ha recibido al Papa con un discurso sin artificios, de los que muerden. Ha hablado de pescadores, socorristas y voluntarios, gente que ha aprendido a mirar el mar no como un foso fortificado sino como un mapa de socorro. Ha evocado la luz "de quien no se rinde ante la indiferencia". Es "la luz de quien sigue creyendo que toda vida humana es sagrada". Luego ha echado mano de la cultura popular y ha citado al cantautor Claudio Baglioni, vecino de la isla, y su verso sobre "una radio para saber que la guerra terminó", para arrancar una bendición: para los niños, los viejos, los que desembarcan, los que se marchan y los que han naufragado antes de llegar. Una bendición, en fin, "para todos los pueblos que esperan la paz".

No ha habido espacio para la grandilocuencia; ha sido solo una isla pequeña relatando sus cicatrices. El regazo de este Mediterráneo, ha resumido el alcalde, custodia esperanzas y heridas globales. Lampedusa ha conocido "el miedo, el cansancio, el dolor, la rabia", pero nunca ha dejado de "tender una mano". Su cierre ha sonado a ruego laico y político: ha pedido a los despachos del poder que escuchen "el grito de los pueblos heridos", que elijan la paz y que entiendan, mirando a este pañuelo de tierra, que ninguna noche es tan oscura como para apagar una linterna.

En una línea idéntica se ha expresado el arzobispo de Agrigento, monseñor Alessandro Damiano. Ha radiografiado ese "Mare Nostrum que, para nosotros, es fuente de prosperidad y generador de belleza, y que se ha convertido en una vorágine de desesperación y un abismo de muerte". Y ha añadido: "Quién sabe a cuántos ha retenido en sus fondos, además de a los que ha devuelto y que descansan en varios cementerios de esta archidiócesis". Al final de la jornada, el obispo ha rescatado la memoria del difunto Francisco, el primer Papa que ha hecho de este trozo de roca el kilómetro cero de uno de los ejes de su pontificado.

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