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El vehículo oficial de Xi Jinping, conocido como la "Bandera Roja", se utiliza desde 1959.

El vehículo oficial de Xi Jinping, conocido como la "Bandera Roja", se utiliza desde 1959. / EPC

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Adrián Foncillas

Adrián Foncillas

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Estaba hastiado Mao de sentarse en limusinas soviéticas cuando salió de la fábrica de FAW, empresa estatal de automóviles militares e industriales, el primer camión. “Sería genial que algún día pudiéramos conducir nuestros propios coches a las reuniones del partido”, dijo. Y de ese suspiro en 1956 nació Hongqi o Bandera Roja, el coche nacional chino, innegociable durante décadas para su élite política y los escasísimos mandatarios extranjeros de visita. Su historia de miserias y glorias resume la del país. A bordo de un Hongqi pasaba revista Mao a los guardias rojos durante la Revolución Cultural, fue recibido Richard Nixon en su seminal visita a Pekín en 1972, saluda Xi Jinping a las tropas antes de los desfiles militares y, a otro escala histórica, llegó Pedro Sánchez a la Universidad Tsinghua semanas atrás.

MOTOR AIRBAG SALON DE PEKIN HONGHOI COCHES DE MAO

MOTOR AIRBAG SALON DE PEKIN HONGHOI COCHES DE MAO / EPC

Los inicios sólo podían ser arduos. El primer vehículo, diseñado para el uso de Mao por ingenieros enviados a Rusia durante meses, contaba con asientos recubiertos en seda, techos de terciopelo, frontal de madera lacada y mandos de marfil. La mecánica era otro asunto. El coche tragaba quintales de gasolina y se empeñaba en averiarse. Pero ni siquiera las estrecheces del Gran Salto Adelante, que derivó en la mayor hambruna de la Historia contemporánea, limaron el entusiasmo. Las convulsiones de la Revolución Cultural sí afectaron a su producción. En aquella década funesta, cuando unas gafas descubrían a un intelectual y los profesores eran apedreados, los ingenieros de Hongqi fueron enviados a las líneas de ensamblaje y a los obreros de estas se les encargó el diseño y desarrollo. La pureza ideológica sobrevuela cualquier estudio en la materia, pensaron. Salió como era previsible. Fallos de calidad permitieron menos de 300 unidades entre 1969 y 1976. Sobre el blindaje nunca hubo dudas. Los disparos de los guardias apenas arañaron la carrocería del Hongqi en el que huyó al aeropuerto el general Lin Biao, epítome de la ignominia en China, tras traicionar a Mao. Tuvo que caer su avión a la altura de Mongolia para que la afrenta quedara castigada.

Comparación sangrante

Con la muerte del Gran Timonel se fue apagando la mística de un vehículo asociado a él. Los Hongqi provocaban oprobios diplomáticos a un país con anhelos de grandeza. Muchos se rompían con dignatarios extranjeros a bordo y fue sonado el fallo de los frenos que casi mata al presidente rumano en la Gran Muralla. Deng Xiaoping había decretado la apertura y la comparación con la tecnología estadounidense, alemana y japonesa era sangrante. “Importados”, respondió el primer ministro, Zhao Ziyang, cuando desde FAW le preguntaron en qué coches viajarían los líderes si cerraba la fabrica. El fin de la producción fue anunciada en el Diario del Pueblo en 1981.

MOTOR AIRBAG SALON DE PEKIN HOGHOI COCHES MAO

MOTOR AIRBAG SALON DE PEKIN HOGHOI COCHES MAO / EPC

Durante muchos años, una arrogante flota de berlinas negras alemanas con cristales tintados cubría la inmensidad cementera de la Plaza de Tiananmén en cada Asamblea Nacional Popular. La frugalidad impuesta por Xi Jinping la sustituyó por autocares que cargaban a los miles de delegados como colegiales de excursión.

A mediados de los 90 reabrieron las plantas de Hongqi, ya dirigido al público en general, pero a pocos pareció importar. En 2004 se vendieron 14.000 unidades; en 2008, menos de 500. Xi llegó a la misma conclusión que Mao medio siglo después: chirriaba que se le viera en coches extranjeros. En 2017 ordenó a la banca estatal que abriera una línea de crédito para lo que necesitara y poco después se anunció el fichaje de Giles Taylor, ex director de diseño de Rolls Royce. Y así entró aquel fósil maoísta en el siglo XXI.

hongqi golden sunflower soymotor

El Hongqi / EPC

Su catálogo cuenta hoy con SUVS, vehículos eléctricos e híbridos. Vende más que la media de los constructores chinos. El pasado año alcanzó el medio millón de unidades y planea alcanzar pronto el millón. Durante décadas solo interesó a coleccionistas; ahora muchos jóvenes encuentran en él esa mezcla única de nostalgia maoísta, exclusividad y la tecnología más puntera. Su aura presidencial se pierde fuera de China pero quiere Hongqi que un cuarto de sus ventas en 2030 lleguen del extranjero. En 2028 ofrecerá 25 modelos en Europa. Llega al público y conserva su finalidad original. El Hongqi presidencial es un acorzado de siete metros que necesita un Boeing 747 para sus traslados aéreos y aguanta sin complejos la comparación con 'La Bestia', el Cadillac de Donald Trump.

Es probable que sus próximos capítulos se escriban muy cerca. Negocia con Stellantis, propietaria de Fiat o Jeep, su fabricación en España, probablemente en la planta de Zaragoza. Las presiones de Sánchez en Pekín para que compartan su tecnología en las inversiones en España abrochan el relato de Hongqi y China: aquel armatoste que recomendaba santiguarse de un país cerrado en sí mismo ocupa hoy la vanguardia global.