Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Entender más

Crónica desde Estambul: el fútbol, la otra pasión turca

Crónica desde Estambul, donde puede hacer la compra a las 3 de la madrugada

Crónica desde Estambul, donde el oro se compra y se vende a gritos

Ambiente en un bar de Estambul durante el derbi del pasado domingo.

Ambiente en un bar de Estambul durante el derbi del pasado domingo. / Adrià Rocha Cutiller

Adrià Rocha Cutiller

Adrià Rocha Cutiller

Estambul
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Savas, cerveza en una mano, cigarrillo en la otra, grita y lanza insultos hacia el televisor. Sus amigos, a su lado, le siguen en el empeño. "¡A tomar por saco ya! ¡Dimisión todos, este equipo es un absoluto desastre!", grita el joven, entre sorbo y bocanada.

Al rededor de los tres chicos, decenas de personas se les suman. Todas miran al mismo televisor. Todas están de pie. Y todas, por supuesto, siguen los mismos modales que Savas y sus amigos, y tienen las manos ocupadas. "Ser del Fenerbahçe es un desastre. No ganamos nunca, y cuando estamos cerca siempre nos pasa esto. Los árbitros lo hacen a posta. Y encima de todo somos unos absolutos desgraciados", dice Savas, que entre enfado y enfado suelta varias carcajadas y risas, como quien disfruta del caos.

Los jóvenes viven muy cerca del estadio de su equipo, en el barrio de Kadiköy en Estambul, pero apenas van una o dos veces al año a ver el partido en directo. Demasiado caro.

Por el contrario, su ritual de día de fútbol es cargar de energía las piernas, comprar algunas cervezas y, de pie, ver el partido en uno de los múltiples bares que dan el partido en directo. Algunos establecimientos colocan sábanas negras en las terrazas, para ahuyentar curiosos con la cartera vacía. Otros desisten.

"Hace un tiempo íbamos a los bares que están justo al lado del estadio, porque ahí antes del partido se monta una gorda. La atmósfera es divertida. Pero dejamos de ir, porque escuchábamos los silbidos y los goles desde el campo como 30 segundos antes de que los viésemos en la tele. Así que ahora venimos aquí", comenta Savas. A su alrededor, un par de decenas de sobre todo hombres, de todas las edades, gritan y lanzan improperios contra la pantalla.

Ambiente en la calle de Estambul durante el último derbi.

Ambiente en la calle de Estambul durante el último derbi. / Adrià Rocha Cutiller

Esta noche se juega el gran derbi de Estambul, el Galatasaray-Fenerbahçe, y ambos equipos, primero y segundos en la liga turca, se juegan el ganar el campeonato. La última vez que el Fenerbahçe ganó la liga fue hace 12 años, en 2014. El Galatasaray, el gran rival, la gana casi siempre.

"Se ha vuelto nuestra identidad. Claro que queremos ganar, pero ser los segundos y perder siempre se ha vuelto nuestro negocio. Además, la directiva es un auténtico despropósito. Es curioso seguir las noticias", dice un hombre de mediana edad, que sigue el partido al lado de Savas.

Una tradición


Cada día de partido es la misma historia: varias horas antes los alrededores de los estadios en Estambul se llenan de hombres y mucho alcohol. Si el partido es importante, como el de este domingo, entonces las bebidas empiezan a correr desde la mañana.

Una parte de los asistentes a este macrobotellón entrarán a las graderías, a desgañitarse y gastar toda su energía acumulada durante días a través de forzar la garganta. Pero la mayoría se queda fuera: estos hacen lo mismo que los que van al estadio, perder la voz y las formas, pero por las calles de la ciudad, pululando por bares o, directamente de pie, intentando ver esa pantalla allí alejada, tapada por una selva de cabezas que intentan esquivarse mutuamente para mantener la línea visual.

"A veces vengo con mi novio y un par de amigas. Nos lo pasamos bien por aquí, y nunca hemos tenido ningún problema", asegura Merve, una turca interesada en el partido pero tampoco tanto. Estas concentraciones —sobre todo si todo va bien en el campo— se convierten en fiestas improvisadas en las calles, permitidas por una policía que apenas mira desde lejos. En Turquía, beber en las calles y parques no está permitido, pero tampoco penado ni multado. Esto da vía libre a todo aquel que lo haga, aunque con una condición: que el consumo de alcohol ocurra en zonas y momentos donde hay una "justificación". Es decir: un partido en marcha.

"¡Ya vale, hombre! ¿No ves que se ha tirado? Esto es una conspiración contra nosotros para que perdamos, y nadie del equipo dice nada", se queja Savas, ante una ocasión de posible penalti en contra.

Todo el mundo —tanto los de pie como los suertudos que ven el partido sentados en el bar— carraspea y se lamenta. Pero entonces, cosas del destino, el árbitro se pone las manos en el pinganillo. Rectifica: el penalti queda anulado.

La calle se vuelve exultante, ahora parece que sí que sí, que podemos ganarles de una vez al Galatasaray. "Colores que conquistan el corazón, ¡Que viva el Fenerbahçe! Mi corazón turco late por ti, ¡Que viva el Fenerbahçe!", canta Savas. La canción es el himno no oficial del club, y es una copia de la canción de Manolo Escobar. Finalmente, el Fenerbahçe perdió el derbi por tres goles a cero y, con ello, la posibilidad de ganar la liga. Otro año más.

Suscríbete para seguir leyendo