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Sudán en el olvido: drones contra civiles, hospitales e infraestructuras
La violencia sexual contra mujeres y niñas por parte de militares armados se intensifica mientras el conflicto entra en su cuarto año

2/07/2025 EL FASHER (SUDÁN), 11 de julio de 2025 – Una niña prepara comida en un campamento de desplazados en El Fasher, región de Darfur del Norte, Sudán, el 9 de julio de 2025. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) informó el viernes que el número de niños que padecen desnutrición aguda grave (DAG) en la región de Darfur del Norte, Sudán, se ha duplicado como consecuencia del conflicto militar que asola el país. / Europa Press/Contacto/UNICEF

Los ataques con drones se han convertido en una de las expresiones más nítidas del deterioro de la guerra en Sudán: ya no golpean solo cerca del frente, sino que alcanzan a la población civil y amplían el radio del miedo sobre un país devastado tras tres años de conflicto. "Una de las cosas que más nos preocupa, sin duda, es el incremento en el uso de drones", advierte Esperanza Santos, coordinadora de emergencias de Médicos Sin Fronteras en Sudán. Y resume así la percepción que recoge sobre el terreno: "Entre la población, la sensación es que en ningún lado estás a salvo".
Cuando la guerra entra en su cuarto año, tras estallar en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, los datos muestran hasta qué punto esa amenaza se ha intensificado. Naciones Unidas ha informado de que casi 700 civiles han muerto en ataques con drones desde el inicio de 2026. Y UNICEF ha señalado que los drones fueron responsables de cerca del 80% de los al menos 245 niños muertos o heridos en el primer trimestre del año. "Los civiles están siendo objetivo desde el inicio del conflicto", insiste Santos, que subraya que esa violencia se ejerce además "muy lejos de la línea del frente".
Sobre el terreno, los equipos de MSF asisten a heridos con metralla, traumatismos craneales y fracturas graves. "MSF ha visto drones impactando en medio de un mercado concurrido, en depósitos de gasolina, en camiones que transportan gasolina", relata Santos. El resultado son escenas de devastación inmediata: "Cuando están muy cerca muchas veces no hay heridos: son directamente muertes". Entre quienes logran llegar vivos a los centros de salud hay también niños con heridas extremas. "Hemos visto niños con trozos de metralla insertados incluso en la cabeza", añade. En las últimas semanas, además, el salto cualitativo ha sido aún más alarmante: "En el último mes hemos visto incluso ataques con drones en dos hospitales".
Vivir con miedo
Para Shabnam Baloch, subdirectora nacional de Oxfam en Sudán del Sur, el uso creciente de estos aparatos no solo ha alterado y “ha ampliado el alcance del conflicto" sino que ha cambiado la lógica del conflicto: "La gente vive con un miedo constante a ataques repentinos, sin ninguna advertencia", explica.
Esa sensación de amenaza permanente se ha convertido en una de las razones centrales para marcharse, según Baloch. Las familias, dice, llegan "traumatizadas, exhaustas y casi no traen nada". Muchas describen trayectos peligrosos y una certeza compartida: dejaron Sudán porque sentían "que ya no había ningún lugar seguro". El daño no es solo físico. "El miedo y el trauma son muy altos", resume. Y ese clima, prolongado durante meses y años, ha expuesto a miles de personas a problemas psicosociales severos.
Una crisis que desborda las fronteras
Las consecuencias son regionales. "La guerra en Sudán ya no está contenida dentro de sus fronteras: está impulsando una crisis regional cada vez mayor", sostiene Baloch. Países vecinos como Sudán del Sur y Chad siguen recibiendo a grandes cantidades de personas que escapan en busca de seguridad, mientras sus propios sistemas de acogida operan al límite. "La comunidad internacional tiene que mirar esta crisis con una lente regional, no solo como una crisis de Sudán", reclama.
En Sudán del Sur, la presión es especialmente visible. Baloch recuerda que dos tercios de la población ya necesitaban asistencia humanitaria antes del último gran flujo de llegadas. Ahora, se han sumado 1,3 millones de personas procedentes de Sudán, y cada semana siguen cruzando la frontera más de mil personas, mientras la capacidad de respuesta se desploma por falta de financiación: "Hace unos meses podíamos apoyar a unas 40.000 personas al mes; ahora esa cifra se ha reducido a 4.000". La brecha, avisa, "es enorme".
Las fronteras permanecen abiertas para permitir la huida pero los centros de tránsito están desbordados y albergan hasta cuatro veces más personas de las que deberían. La mayoría de quienes cruzan son mujeres o menores no acompañados. Aun así, añade Baloch, la limitación principal no es la hostilidad de la población local, sino "la falta de recursos" en un país que ya era uno de los mayores focos de hambre del mundo.

Hombres sudaneses caminan junto a un edificio destruido en la capital, Jartum, el 16 de abril de 2026. De los casi cuatro millones de personas —aproximadamente la mitad de la población de Jartum antes de la guerra— que huyeron durante el conflicto, más de 1,8 millones han regresado en el último año. Sin embargo, según las Naciones Unidas, menos de 80.000 personas han vuelto al centro de Jartum. / Khaled DESOUKI / AFP
Hambre, desplazamiento y ayuda en retroceso
Según Naciones Unidas, casi 34 millones de personas, cerca de dos tercios de la población sudanesa, necesitan apoyo humanitario. El Programa Mundial de Alimentos sitúa en más de 19 millones las personas que padecen hambre aguda, mientras la amenaza de la hambruna se extiende por amplias zonas de Darfur y Kordofán. A ello se suma una generación de niños apartada de la escuela y cientos de miles de menores con desnutrición aguda.
A ese deterioro se añade ahora otra capa de fragilidad: la perturbación de las cadenas de suministro humanitario. La guerra entre EEUU, Israel e Irán ha obligado a organizaciones de ayuda a recurrir a rutas más largas y costosas, ha afectado a corredores logísticos clave desde centros como Dubái, Doha y Abu Dabi y ha encarecido productos básicos como alimentos, combustible y fertilizantes. Para una respuesta humanitaria ya crónicamente infrafinanciada, el impacto es doble: menos capacidad de llegar y mayor coste para hacerlo.
La violencia sexual, una herida apenas visible
La violencia sexual también se ha disparado. En uno de los programas abiertos por MSF, detalla, detectaron más de 900 casos de violación en apenas "un mes y medio o dos meses" en una población de 800.000 personas. "En cuanto hemos abierto un programa, los casos aparecen inmediatamente", explica Santos, que aun así cree que es apenas "la punta del iceberg".
No se trata únicamente de mujeres que no denuncian: muchas ni siquiera se atreven a pedir ayuda médica por el trauma y el estigma social. "No hay un sistema de protección y no hay un sistema de justicia", lamenta. "Las mujeres tienen mucha más vulnerabilidad, mucha menos red de protección, tanto familiar como comunitaria, y tampoco oficial", resume Santos.
En ese contexto, las mujeres quedan expuestas en todos los frentes: durante los desplazamientos, en los lugares de acogida y dentro de unas comunidades arrasadas por la guerra.

Dos niños en una escuela atacada de Sudán del Sur / UNICEF
Impunidad total
Esa combinación de violencia intensificada y sistema humanitario exhausto está golpeando de lleno a la infraestructura sanitaria. El 2 de abril, un ataque con drones alcanzó el Hospital Al Jabalain, en el estado del Nilo Blanco: uno de los impactos cayó sobre el quirófano y otro sobre el área de maternidad. Murieron al menos 10 personas, entre ellas siete sanitarios, en plena campaña de vacunación infantil. Apenas dos semanas antes, otro ataque había causado 70 muertos, incluidos 15 niños, en el hospital de El Daein, en Darfur Este. Y a lo largo de la frontera con Chad, MSF ha atendido desde febrero a 457 heridos en ataques lanzados por las partes en conflicto y grupos aliados.
Santos cree que esa repetición no es accidental ni marginal. "Esto es lo que tienen los drones: son anónimos. Nadie te va a decir 'he sido yo'". Esa opacidad, unida a la ausencia de rendición de cuentas, alimenta la sensación de que en Sudán se ha instalado un marco de violencia sin límites. "Estamos en un clima de impunidad total", afirma. "Se crea un clima de 'todo vale'".
Los drones condensan algo más amplio que una táctica militar: revelan hasta qué punto la guerra ha borrado la frontera entre combatientes y civiles, entre objetivos militares y vida cotidiana, entre supervivencia y desamparo. Esa es, para Santos, la verdadera medida de la catástrofe sudanesa: una población atrapada en un conflicto en el que ya no hay refugio, ni protección, ni reglas.
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