El coste de la guerra: Los niños y las niñas pagan el precio más alto en el conflicto de Oriente Medio

Inger Ashing, directora general de Save the Children Internacional, en su visita a un refugio en Beirut, Líbano, para conocer de primera mano la respuesta y el apoyo de Save the Children a las familias desplazadas. / Foto: Save the Children
Inger Ashing, directora general de Save the Children Internacional
Mientras los titulares mundiales se centran en el aumento vertiginoso de los precios del petróleo y la crisis financiera, existe el riesgo de pasar por alto el verdadero coste humano del conflicto de Oriente Medio: el devastador impacto que está teniendo en las niñas y los niños.
La pérdida de hogares, seguridad, estabilidad e infancia durante el último mes está devastando a las familias, y las repercusiones de este conflicto se extienden mucho más allá de la región.
Trabajando con la infancia en casi 110 países, estamos presenciando la ola de miedo que ha generado esta crisis. Niñas y niños en numerosos países están asustados y ansiosos, y algunos preguntan a sus padres si esto es el comienzo de la Tercera Guerra Mundial.
En Líbano, más de un millón de personas han sido desplazadas. Familias que huyen de la violencia llegan a los refugios llevando consigo los pocos objetos que les permiten vivir con normalidad. Los niños y las niñas se aferran a sus juguetes, mochilas escolares y, a veces, a sus mascotas, intentando conservar pequeños consuelos mientras su mundo se desmorona repentinamente.
Las escuelas, destinadas a la educación, se han convertido en refugios para familias desplazadas, y los parques infantiles e instalaciones deportivas en lugares para almacenar y distribuir ayuda humanitaria. Ningún niño debería tener que vivir esto.
Pero Líbano es solo una parte de una tragedia mayor que se desarrolla en toda la región.
Desde el 28 de febrero, más de cuatro millones de personas han sido desplazadas en varios países afectados por este conflicto. Cientos de niños y niñas ya han perdido la vida.
En Irán, el país llora la muerte de más de 100 niñas asesinadas en un ataque a una escuela en Minab. En Israel, Líbano y otros lugares, las familias lloran a niños y niñas que no tuvieron ninguna participación en esta guerra, pero que han pagado el precio más alto.
Las consecuencias de este conflicto no terminarán cuando cesen los bombardeos. El daño perdurará durante años.
Un joven de 17 años en Líbano le dijo a Save the Children: “Lo único que queremos es vivir seguros, no vivir hoy sin saber si habrá un mañana para nosotros”.
Para millones de niños y niñas en toda la región, el miedo es constante. Las escuelas están cerradas, los hospitales tienen dificultades para funcionar y las comunidades que antes brindaban estabilidad están devastadas por el desplazamiento y la inseguridad.
Pero el coste de esta guerra no se limita a Oriente Medio.
Los ataques con misiles y drones han interrumpido la infraestructura energética y marítima en todo el Golfo Pérsico, incluido el Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y gas. Las rutas marítimas se están desviando y los costos del flete están aumentando drásticamente. El resultado es un aumento en los precios de los alimentos, el combustible y el transporte en todo el mundo.
Para las familias que ya luchan por sobrevivir, estos costes crecientes no son una simple molestia, sino una amenaza para su supervivencia.
El mundo ya enfrenta una crisis de hambre sin precedentes. Hoy, más de la mitad de los niños y niñas del mundo no pueden permitirse una alimentación saludable. Las Naciones Unidas han advertido que, si el conflicto actual continúa desestabilizando los mercados globales, el número de personas que padecen hambre aguda podría aumentar a 363 millones este año, el nivel más alto registrado hasta la fecha.
Las organizaciones humanitarias ya están sintiendo el impacto.
Las interrupciones en las rutas marítimas han retrasado suministros médicos vitales destinados a algunos de los contextos más vulnerables del mundo. Solo Save the Children tiene actualmente retrasados envíos médicos esenciales por un valor aproximado de 600.000 dólares (unos 523.000 euros), lo que afecta a programas que apoyan a cientos de miles de niños y niñas en países como Sudán, Yemen y Afganistán.
La escasez de combustible está empezando a afectar la vida cotidiana, especialmente en el sudeste y sur de Asia, donde países como Filipinas y Bangladesh se encuentran en una situación crítica con sus reservas de combustible. Filipinas fue el primer país esta semana en declarar el estado de "emergencia energética nacional".
Para las economías frágiles que ya sufren las consecuencias de los recortes en la ayuda y los impactos climáticos, las consecuencias del aumento de los precios de los alimentos y las interrupciones en el suministro podrían ser catastróficas. Varios países de bajos ingresos y en desarrollo, especialmente en el África subsahariana y algunas partes de Asia, dependen en gran medida de las importaciones de alimentos, lo que los hace particularmente vulnerables a las crisis de suministro global y la volatilidad de los precios.
En cada etapa, las niñas y niños se ven afectados y, para ellos, el costo de la guerra se paga doblemente: primero, con la pérdida inmediata de seguridad, hogar y educación. Y luego, bajo la larga sombra de escuelas, hospitales y sistemas de agua destruidos, cuya reconstrucción llevará generaciones.
No tiene por qué ser así.
Los líderes mundiales deben elegir urgentemente un camino diferente. La diplomacia debe sustituir la escalada, y la protección de la infancia debe primar sobre los objetivos militares.
Todas las partes en conflicto deben cumplir con el derecho internacional humanitario. Deben cesar los ataques contra escuelas, hospitales y personal humanitario, y debe permitirse el libre tránsito de suministros humanitarios, incluso a través de rutas cruciales como el estrecho de Ormuz.
Los niños y las niñas no pueden seguir pagando el precio de una guerra que no provocaron.
Ninguno debería crecer sin hogar, con su aula convertida en refugio o su patio de recreo en almacén de ayuda humanitaria. Sin embargo, para millones de niños de esta región, esta es su realidad cotidiana.
Esta guerra debe terminar y el futuro de la infancia debe ser protegido.
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