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Desplazados en Beirut / Andrea López -Tomàs

Con la llegada de la guerra, también vino la primavera. Salió, finalmente, el sol después de un invierno más lluvioso de lo normal en El Líbano. Aún quedan coletazos del frío con noches glaciares según esta población, mediterránea como ninguna. Más gélidas son para las miles de personas que llevan ya dos semanas durmiendo en las calles. O incluso en sus coches. En la Plaza de los Mártires, en el centro de Beirut, se concentran muchas de ellas. Durante el día conviven con los paseantes que se exponen al sol en una terraza con vistas a la tragedia de su pueblo. Detrás de niños sucios y madres desesperadas, ven el mar. Conviven ahí dos mundos, dos universos. La guerra sin fin, la paz que nunca llega.

Ciudadanos libaneses en un restaurante en Beirut / Andrea López-Tomàs
"Es normal, estamos acostumbrados a las guerras", reconoce Maria, después de impartir una clase de Lagree en un gimnasio del barrio cristiano de Achrafiye. La dificultad de esta modalidad deportiva hace que apenas cuente con dos alumnos en su sesión, mientras que, en la sala de enfrente, todas las máquinas de Pilates Reformer están ocupadas. "Aquí la vida no se detiene", afirma, a la vez que confiesa ver los bombardeos desde su casa. "Por suerte no se escuchan y puedo dormir", dice aliviada a este diario. Un paseo por este barrio de clase alta del centro de Beirut confirma sus declaraciones. Los restaurantes y las cafeterías siguen abiertos, como si nada bélico ocurriera en su misma ciudad, y muchos de ellos, además, están llenos.
Resignación
Apenas a unos cinco kilómetros de distancia, otros barrios están siendo sometidos a constantes ataques israelíes. Al menos una treintena de edificios en Dahiye, los suburbios sureños de Beirut, han sido arrasados en menos de dos semanas. "Solo nos toca esperar, ¿qué más podemos hacer?", afirma con resignación Jihad, que trabaja en la hostelería. Como residente de la capital libanesa, este padre de familia no es la primera vez que pasa por una situación de este tipo, pero, aunque sus dos hijas son mayores, para el más pequeño, de apenas un par de años de edad, todo es nuevo. "Tienen un poco de miedo, pero está bien", confiesa a EL PERIÓDICO sin darle más vueltas, en una posición típicamente libanesa de amoldarse a las circunstancias tal y como llegan.
En uno de los barrios que hace frontera con Dahiye, las cafeterías siguen abiertas, aunque allí sí que están más vacías. "Pero eso es porque es Ramadán", apunta Mohammed, el encargado de un restaurante con un menú especializado con las patatas como base. "Para esta noche, tenemos todas las mesas reservadas, así que el negocio, de momento, no se ha visto afectado", cuenta. Originario de Baalbek, en el castigado este del Líbano, ni se inmuta cuando escucha los impactos de las bombas a apenas unos cientos de metros de su puesto de trabajo. La realidad de los beirutíes podría parecer distópica para algunos lejos de estas fronteras. El pueblo libanés celebra y lamenta a partes iguales su capacidad para acostumbrarse a la tragedia. Están hartos de esta resiliencia obligada que les ha caracterizado a través de generaciones.
Sin refugios ni sirenas
Además, a este lado de la frontera, los libaneses son obligados a enfrentarse a las amenazas de uno de los ejércitos más poderosos del mundo sin forma alguna con la que protegerse. En el Líbano, no hay refugios antiaéreos ni un sistema de sirenas y comunicaciones que avise a la población de cuando se avecina un ataque. En ocasiones, los portavoces castrenses israelíes alertan, a través de las redes sociales, de que van a bombardear un edificio o una zona en concreto y piden la evacuación de quienes se encuentran en el área. La constante sucesión de ataques desata escenas de pánico y huídas a diario en distintos puntos de la capital. Aunque la mayoría se concentran en los suburbios del sur, sobre los que pesa una orden de evacuación generalizada, a menudo el conflicto hace acto de aparición fuera de esos límites. En el Líbano, no hay un frente de guerra claro.

Destrozos en Beirut tras un bombardeo israelí / Andrea López
Estos destellos del conflicto en el corazón de la capital con bombardeos en hoteles o edificios residenciales sirven como recordatorio para una parte de la población, especialmente aquella de barrios cristianos, que vive ajena a la violencia, convencida de que no les alcanzará. Sobre sus cabezas, no obstante, hay un elemento que iguala a todos los residentes de Beirut. El dron israelí zumba en cada rincón de la capital libanesa. Su molesto ruido suena en algunas zonas con más fuerza que otras, pero, en todos lados, suena. Sobre la devastación de Dahiye, suena, y, sobre las terrazas desbordadas de Achrafiye, el dron también zumba. Este elemento es parte de la guerra psicológica que libra el Ejército israelí con la intención de avivar las tensiones sectarias contra Hezbolá.
Solidaridad al alza
Pero, en muchos lugares de la capital, hay un ruido que suena mucho más alto. Es la combinación de varios sonidos: decenas de cuchillos troceando verduras, un puñado de máquinas de coser creando nuevos cojines, otro convoy de furgonetas transportando colchones y mantas, unos brazos fuertes removiendo la cazuela, y un solidario etcétera. "Cuando vi las noticias de que la guerra había vuelto al Líbano, pensé: "Vale, estoy lista y quiero ir a ayudar a mi gente"; esto es exactamente lo que sentí, sentí la fuerza en mí", explica Marie Alice Berberi, tras confesar haber sufrido ansiedad y depresión durante la guerra del otoño de 2024 que la paralizó. Desde el primer momento de esta nueva ofensiva, Marie Alice se unió a los esfuerzos de la organización Ahla Fawda para cocinar y coordinar la ayuda a los desplazados, que son casi 800.000.

Un edificio golpeado por un bombardeo israelí / Andrea López-Tomàs
"Hay gente desplazada, niños que duermen en la calle; ¿por qué iba a quedarme en casa y disfrutar de la comodidad de mi hogar mientras mi gente sufre?", defiende, con convicción. Esta oenegé, normalmente centrada en proyectos comunitarios de reciclaje, ha recuperado su estrategia de asistencia que aplicó durante el anterior conflicto, que mató a 4.000 personas y desplazó a alrededor de un millón. Como Ahla Fawda, hay decenas de espacios e iniciativas que se han reactivado. "No quiero cerrar los ojos y pensar que no debo hacer nada, porque no me está afectando directamente", afirma esta joven cristiana."“Me está afectando porque está afectando a mi gente; todos somos uno, y voy a ayudar a mis hermanos y hermanas. Así somos el pueblo libanés; somos como una familia", concluye, antes de volver al trabajo.
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