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Dos caballos llorones erróneos y uno con la sonrisa correcta, en una juguetería china.

Dos caballos llorones erróneos y uno con la sonrisa correcta, en una juguetería china. / Lyu Bin / Reuters

Adrián Foncillas

Adrián Foncillas

Pekín
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Un error en la más potente maquinaria productiva de la historia ha animado las fiestas de año nuevo chino. De toda la mercadotecnia asociada al caballo que ha inundado mercados y hogares ha destacado uno menudo y paticorto, con collar dorado sobre el peluche rojo y el deseo escrito en el costado de riquezas inmediatas, al que un trabajador despistado le cosió la boca del revés, convirtiendo la sonrisa en una mueca melancólica. Ese caballo resume el ánimo nacional en estos tiempos inciertos cuando las vacaciones familiares sugerían la algarabía.

La historia, mil veces contada en la prensa local, ocurrió en las vísperas de la festividad más relevante del calendario chino en una pequeña tienda de Yiwu. La propietaria, Zhang Huoqing, ofreció devolver el importe de los vendidos cuando reparó en el descuido pero ningún cliente lo exigió. Poco después descubrió que su caballo era una celebridad en internet. Cientos de millones de mensajes con la etiqueta del caballo llorón en Douyin (la versión nacional de TikTok), fotografías de jóvenes apretujando un peluche que les representa y una romería hasta su establecimiento preguntando por él. Ordenó regresar a la edición errónea, lo publicitó en retransmisiones online e incrementó de dos a 12 las líneas de producción para lidiar con una demanda de decenas de miles de unidades diarias y pedidos también desde el extrajero. A la historia ya la adornan los contornos borrosos de las leyendas: según unos, la propietaria premió al autor del desliz con un bono de 8.888 yuanes (unos 1.100 euros) durante los próximos 12 años, cuando el horóscopo cite de nuevo al caballo; según otros, nunca pudo identificarle y repartió la suma entre la plantilla.

El asunto deja un par de certezas. La primera son los reflejos y el músculo de la maquinaria china. Yiwu, en la costera provincia de Zhejiang, era un aldea de campesinos que malvivían vendiendo azúcar moreno 40 años atrás, en los albores de la apertura, cuando las autoridades pensaron que un pequeño mercado al aire libre fomentaría el comercio local. Hoy es el escaparate de la fábrica global. Yiwu junta edificios elefantiásicos donde se aprietan centenares de miles de diminutos puestos especializados: una vende sacacorchos, otra paraguas, cerraduras la de más allá. "Lo tenemos todo. Y si no lo tenemos, pídenoslo y te lo hacemos", le decían a este cronista años atrás. Es también Yiwu una torre de Babel con letreros en decenas de idiomas para los propietarios de tiendas de todo a un euro, un dólar o una libra que acuden a Yiwu. Entre esa atomizada oferta, un azaroso desliz premia a un pequeño negocio acostumbrado a las migajas del pastel, y le basta un santiamén para multiplicar su capacidad productiva y afinar la logística para enviar sus peluches al extranjero: es eso, y no los salarios, lo que sigue trayendo a las multinacionales aquí.

Ánimo alicaído

La otra es el ánimo juvenil alicaído. El caballo llorón, explican los expertos chinos en la prensa, es la respuesta psicológica a su fatiga social. Sabe esta generación que no disfrutará de las vacas gordas como la anterior y encadenar jornadas maratonianas se le hace insoportable. Su tristeza es la del caballo y muchos se lo llevan a la oficina para sentir su solidaridad. Otros son víctimas de un paro juvenil inédito en un país donde nunca escaseó el trabajo. Frente a las expectativas sociales del trabajo y la familia, muchos se han entregado al 'tan ping', algo parecido a "permanecer tumbado", que prioriza la vida sosegada, el ocio y la libertad. De ellos surgieron después los 'laoshu ren', las personas-rata, entregados a la molicie desacomplejada: pasan el día en la cama, socializan a través de internet y piden la comida a domicilio.

Esas tendencias tan alejadas de la fórmula sobre las que China edificó su milagro económico son un quebradero de cabeza para el Gobierno. Los jóvenes trabajan menos, ganan menos y gastan menos, lo que dinamita la pretensión de que el autoconsumo releve a las exportaciones como el motor económico. La exagerada percepción de la desaceleración económica como un tsunami devastador agrava el cuadro. Las últimas vacaciones del Festival de Primavera concluyeron con un récord de viajes pero el gasto per cápita bajó ligeramente.

Ese peluche deprimido contradice el vigor y la ambición que la tradición le atribuye al caballo. Cuando coincide con el signo de fuego, como es el caso, sus virtudes se intensifican. Ocurre cada 60 años y la historia certifica el drama cuando se desboca la energía: la última vez, en 1966, se inició la Revolución Cultural, un trauma nacional aún. Y así, entre caballos llorones e inquietantes vistazos a las hemerotecas, ha transcurrido el Festival de Primavera.

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