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Escalada belicista

La guerra en Oriente Próximo plantea riesgos energéticos a China, pero le abre oportunidades geopolíticas a largo plazo

El gigante asiático recibe la mitad de su suministro a través del estrecho de Ormuz, con lo que un cierre prolongado sería catastrófico

China y el esquinazo a los aranceles de Trump

Donald Trump y Xi Jinping, durante su encuentro en Busan, Corea del Sur, el pasado 30 de octubre.

Donald Trump y Xi Jinping, durante su encuentro en Busan, Corea del Sur, el pasado 30 de octubre. / MARK SCHIEFELBEIN / AP

Adrián Foncillas

Adrián Foncillas

Pekín
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Los diplomáticos chinos admitían años atrás que un líder tan volátil y levantisco como Trump les desconcertaba. En la primera guerra comercial apenas pudo China achicar agua hasta acordar el aumento de importaciones que impuso Washington. En su siguiente mandato había hecho los deberes China y venció sin esfuerzo en la segunda guerra comercial. Para una tormenta arancelaria tiene respuesta China pero hay dudas razonables de si también pronosticó esta furia bélica. Fue Trump quien afeaba a los demócratas que perdieran tiempo y dinero en guerras y defendía el regreso a los cuarteles.

Venezuela, Irán y el punto de mira en Cuba y Colombia. No parece casual que los damnificados confirmados y potenciales sean tan cercanos a Pekín. Con los primeros calcó la reacción: condenó los ataques por ilegales, exigió el respeto a la soberanía nacional, ensalzó el diálogo como vía de resolver conflictos y denunció el matonismo y la ley de la jungla. Sin auxilio militar, como tampoco lo disfruta Rusia en Ucrania. Esa ofensiva estadounidense a la que China solo opone su retórica compromete, según algunos análisis, su seguridad energética y estrategia geopolítica. La realidad es menos dramática y a largo plazo no escasean las oportunidades.

China, el mayor comprador de petróleo del mundo, recibió el pasado año el 80% de la producción iraní. Representa el 13% de sus importaciones globales. Por el estrecho de Ormuz le llega la mitad del petróleo global y un cierre prolongado sería catastrófico. El cuadro se completa con el secuestro estadounidense dos meses atrás de la industria petrolera venezolana, aunque el volumen que vende a China es mucho más pequeño. Las malas noticias se agolpan cuando Pekín necesita mucha energía para alimentar la Inteligencia Artificial, un pilar básico de su nueva economía.

El presidente chino, Xi Jinping, canta el himno nacional en la apertura de la Asamblea Nacional Popular, este jueves en Pekín.

El presidente chino, Xi Jinping, canta el himno nacional en la apertura de la Asamblea Nacional Popular, este jueves en Pekín. / ANDRÉS MARTÍNEZ CASARES / EFE

Pero China, con la seguridad energética subrayada en todos sus discursos oficiales, se ha cubierto. Ha acelerado la transición hacia las energías verdes en los últimos años y en el pasado aumentó sus importaciones de crudo un 4,4%. El grueso de ese excedente se destinó a unas reservas que le bastarían para varios meses, calculan los expertos, y para alargarlas prohibió esta semana a las empresas estatales la exportación de crudo. El cierre del estrecho de Ormuz más allá de ese umbral no provocará un apagón chino sino global y Pekín, en cualquier caso, podría recurrir al amigo ruso.

Es más probable que sus facturas se hinchen. China disfruta de amistosos descuentos en la quinta parte de la factura global de hidrocarburos gracias a la pulsión de Occidente por sancionar a cualquier país que le irrite: Rusia, Venezuela o Irán. A un hipotético cambio de gobierno en Irán le seguiría el levantamiento de las sanciones y el fin del chollo.

Filipinas o Japón

A la tradicional influencia estadounidense en Oriente Próximo y Latinoamérica ha opuesto China su ofensiva comercial y diplomática en las últimas décadas. El ímpetu democratizador de Trump pretende extinguir su huella. “Es evidente que quiere debilitar a los gobiernos afines a China y fortalecer a los rivales como Filipinas o Japón. Va estrechando el cerco y ya solo queda Taiwán y el Mar del Sur de China”, señala Xulio Ríos, asesor emérito del Observatorio de la Política China. El giro conservador del continente y las amenazas cotidianas de aroma mafioso para los reacios aceitan la estrategia en Latinoamérica. “Coincide con la llegada al poder de líderes anacrónicos, muy de derechas y con discursos serviles.

No es descartable un alineamiento tremendo con Washington que pondría en aprietos a China. Hasta ahora su mayor problema era la inestabilidad, ahora es la política de amenazas de Estados Unidos. Le espera una situación muy volátil que tendrá que gestionar con mucho tacto y dinero”, advierte. El tiempo fijará sus efectos pero dos factores sosiegan a Pekín: Estados Unidos carece de medios e interés para sustituir las infraestructuras que levanta China y esta ya es el principal socio comercial de la zona. Voltear la estructura no es una tarea fácil ni rápida.

Los últimos meses confirman que, cuando llueven las bofetadas, conviene más al lado la potencia adicta a las guerras que la alérgica. Ni a Maduro ni a Alí Jamenei le sirvieron de mucho China pero señalarla como un socio poco fiable es erróneo. Ni ellos ni Putin recibieron nunca de Pekín un compromiso de defensa. China tiene socios, no aliados; firma tratados de comercio y desarrollo, no militares; y su Ejército está diseñado para la defensa de su territorio y periferia cercana, no para aventuras bélicas en Europa, Oriente Medio o Latinoamérica. Las encuestas certifican las crecientes simpatías globales hacia China mientras se hunde la reputación estadounidense incluso en aliados tradicionales como Europa.

“La diplomacia china a largo plazo le procurará más adhesiones y fortalecerá su posición en el mundo. En su discurso se presenta como un país que no crea problemas ni los agrava, que apuesta por políticas de diálogo y cooperación, que colabora en la lucha contra el cambio climático”, termina Ríos.

Mianmar certifica los límites en los cambios de regímenes que impulsa Estados Unidos en la actualidad. Cuando Aung San Suu Kyi, la Nobel de la Paz, relevó a la Junta Militar, muchos pronosticaron que su gobierno prooccidental cortaría sus lazos con Pekín. Ocurrió lo contrario: aumentaron los contactos diplomáticos y las inversiones. Cualquier dirigente sensato sabe que no puede vivir hoy de espaldas a China y menos aún en contra de China.

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